El aberrante crimen en Venezuela de hace 40 años atribuido a la secta marplatense de yoga

By |2018-08-30T13:25:01+00:0030 agosto, 2018|Vivekayuktananda|

La Capital (Argentina), Fernando Del Río, 30.08.2018

La historia de Zoraida Josefina Fernández está guardada en la memoria de las personas y también en los artículos periodísticos de hace 40 años. A nadie por estos lados, tan ajenos a Caracas, y en estos tiempos, tan distantes y olvidadizos, podría interesarle la fatal suerte corrida por esa mujer una noche de junio de 1980. Pero -porque siempre hay un pero- el recuerdo y los registros periodísticos pueden converger en un punto único del presente y producir un destello de atención y asombro. Siempre.

Un puñado de hombres -y un par de mujeres- conocen lo que pasó con Zoraida Josefina Fernández dentro de una casaquinta en Caracas. El 16 de junio de 1980 su cuerpo descuartizado fue descubierto en un sector boscoso de Los Teques, a menos de 30 kilómetros del centro de Caracas. Algunos de esos hombres vivieron en Mar del Plata hasta hace pocas semanas: ahora lo hacen en la cárcel de Ezeiza, acusados de integrar una secta de yoga que captaba seguidores, los violaba y los reducía a la servidumbre.

Zoraida Josefina Fernández era una ejecutiva nacida en Quiriquire que a fines de los ’70 buscó la trascendencia espiritual que respaldara su incipiente carrera. Tenía menos de 30 años y, por medio de distintos contactos, llegó hasta un grupo de personas practicantes del yoga como canalizador de la paz y la armonía. Los referentes en Caracas de esa organización eran los jóvenes de 34 años Eduardo Nicosia y Sinecio de Jesús Coronado Acucero.

El matutino “Ultimas Noticias” dijo al esclarecerse el asesinato: “El capítulo final de la más horrible pesadilla quizá sufrida por ser humano alguno en los últimos años en Venezuela se cierra con la confesión del argentino residente en el país Juan Nánez González”.

Por aquellos años Zoraida Josefina Fernández había sido fundadora y accionista de la empresa Inversiones Río de La Plata, tras ingresar con cincuenta mil bolívares que equivalían, al cambio del momento, a algo más de 10 mil dólares. Dicha firma tenía su oficina en el edificio Catuche del complejo residencial del Parque Central de Caracas. Ocupaba el departamento S del piso 11, mientras que Zoraida Josefina Fernández residía en el departamento C del piso 17. Cautivada por los efluvios espirituales de la secta, Fernández se unió y al poco tiempo no solo fue despojada de sus acciones y de la dirección de la empresa inversora, sino también que fue confinada al rol de secretaria. En las actas de entonces, según los medios caraqueños, Eduardo Nicosia figuraba como uno de los principales directivos.

La estafa fue parte de uno de los padeceres -sin dudas el menos dañino- de Fernández, quien durante meses fue víctima de una historia de chantaje sexual, drogas y ritos satánicos hasta que Juan Nánez González la mató a golpes de sartén. González confesó el crimen cometido y en el comienzo de la investigación se les atribuyó complicidad a otros cinco argentinos y el conocimiento del hecho a tres venezolanos.

Esta noticia fue retransmitida a todo el mundo por la agencia Ansa Latina y reproducida en el país por, por ejemplo, el diario La Razón.

La Policía Técnica Judicial de Venezuela (PTJ) detuvo a Eduardo Nicosia, Juan José Yañez, César Carroza, Rafael Shiony, Javier Quioda y Juan Nánez González, todos argentinos. También fue detenido Sinecio de Jesús Coronado Acucero, al que por entonces se lo sindicaba como el líder. Las únicas dos mujeres apresadas en la redada fueron Nora Hernández y María Penalver.

El asesinato

El cuerpo de Zoraida Josefina Fernández estaba seccionado en trece partes cuando apareció a la orilla de la ruta Panamericana en el tramo boscoso que va desde Caracas a Los Teques. Los forenses determinaron que la mujer presentaba intoxicación por la ingesta de drogas no medicinales y que había sido estrangulada y golpeada en la cabeza hasta producirle la fractura de la base y la bóveda craneana. Luego la habían desvestido y descuartizado con una sierra.

Las manos presentaban quemaduras y, luego de algunos días sometidas a tratamiento químico, se pudo recuperar 6 pulpejos con los que hicieron el cotejo dactiloscópico que permitió la identificación.

La pesquisa efectuada por el PTJ (Policía Técnica Judicial) de Caracas se abrió definitivamente al conocerse quién era la víctima y su particular modo de vida. Al cabo de unas pocas averiguaciones se logró establecer que Juan Nánez González vivía con ella y que él, junto a otros, se habían apropiado de sus inversiones: todos eran parte del mismo grupo espiritual.

Según algunos testigos vinculados a los líderes de la secta, no hubo condena en Venezuela. Tanto Nicosia como Acurero -aseguran- resultaron absueltos. Este dato no lo tiene verificado la Justicia de Argentina.

El móvil del crimen en un primer momento se relacionó con la ingesta de drogas y las prácticas sexuales de la víctima, pero poco después se orientó hacia algo más simple: la mujer había pretendido abandonar a Nánez González.

Lo que la Justicia venezolana resolvió en torno a este caso está siendo investigado por el juez Santiago Inchausti, del Juzgado Federal de Mar del Plata, que tomó conocimiento a partir del aviso de LA CAPITAL sobre la inminente publicación de esta historia. Aún se aguarda el informe solicitado a Interpol con gran expectativa ya que este crimen, su fecha, sus implicados y las características son similares a las narradas por un testigo en la causa iniciada este año en Mar del Plata.

En los primeros días de julio, el hotel City de Diagonal Alberdi al 2500 fue allanado por la Policía Federal en base a la investigación del fiscal Nicolás Czizik y el juez Inchausti. En su interior funcionaba una cooperativa liderada por Silvia Capossiello, la mujer de Nicosia, el propio Nicosia, Sinecio de Jesús Coronado Acucero, un hijo de ambos y otro hombre, Luis Fanesi. Los trabajadores del hotel eran en realidad seguidores de la misma organización espiritual detectada en aquel homicidio brutal en Venezuela, seguidores retenidos en contra de su voluntad o, al menos, de una voluntad disminuida.

Las declaraciones de las víctimas que pudieron escapar de la secta, entre ellas varios hijos de Nicosia, revelaron torturas, abusos sexuales, esclavitud y crímenes cometidos en Venezuela.

Es permanente e inagotable la lucha contra el olvido de aquellos hechos que no serán traspasados a líneas de tiempo académicas, que no lograrán ser película, ni aportarán próceres a la sociedad. Son hechos que perderán esa batalla y apenas, los más favorecidos y en el mejor de los casos, podrán ser reflotados y comentados una vez más. Una vez más.