Ana López-Bravo Arnaiz, EL País, Madrid. – 15/09/1994

El otro día decidí visitar a mis amigos de El Escorial.Era viernes y, como lo estábamos pasando la mar de bien, me quedé a dormir.

Al introducirme lentamente en mis sueños no sabía que al despertar iba a encontrarme con una compañía con la que no contaba.

Una voz de ultratumba hablaba a grito pelado dirigiéndose a unos fieles convencidos. Abrí los ojos alertada por el ruido, de la megafonía y pensé: «Debo de estar soñando. Están rezando el rosario»

La cosa es que, quisiera o no, uno tenía que escuchar a aquel hombre que, en vez de orar, parecía estar sacrificando a aquellos fanáticos, al tiempo en que yo sacrificaba mi sueño.

A éstos los imaginaba sudando la gota gorda y respirando profundamente, para que el aroma a rosas que ellos prometen desde el árbol les llegara muy adentro.

No me extraña que los vecinos de El Escorial estén hasta el moño de las hazañas de esta secta de virginianos que en su pueblo se ha asentado, de la voz tétrica y misteriosa de las cintas magnetofónicas en las que la vidente da razón de las apariciones, de los gritos apabullantes de ese hombre que se hace escuchar en toda la región.

Pero lo que más me duele es el montaje que han organizado allí donde antes de 1981 se vivía en paz. Y mientras ellos se lamentan y planean fugarse en busca de tierras más tranquilas donde poder meditar o rezar en silencio y cuando les plazca, el negocio de los otros va prosperando, los visionarios enriqueciéndose con los meses y amenazando con la colonización del pueblo.