F. SALES, El País,  Barcelona – 01/07/1984

Vicente Lapiedra Cerdá, acusado por la policía de los delitos de intrusismo profesional, negligencia, estafa, fraude, persuasión coercitiva, corrupción de menores, control mental e inducción a la prostitución y al consumo de drogas, se ha definido como un hombre de principios. Siempre lo ha sido. Incluso cuando se dedicaba sólo a combinar las cartas del Tarot con los rituales mágicos en una pequeña habitación de su piso de la calle de Muntaner y se enfrentaba a las preguntas ávidas de un cliente.

“Si me viene un Señor de 60 años y me pide que haga un ritual para conseguir el amor de una jóven de 16 años, yo no accedo, porque va contra mis principios. El futuro se puede encauzar, pero no determinar. Hace poco, vino una señora que quería que yo le hiciera un ritual para conseguir que una vecina dejara de poner discos de Manolo Escobar. Yo a esto no me presto. Para mí, la magia es algo mucho más serio”.

Cuatro años en un hospital

Lapiedra Cerdá contestaba así a las preguntas de un periodista en el mes de marzo de 1981, mientras continuaba barajando las cartas sobre una mesa, ante una vela encendida. Por aquella época, el adivino, presidente del Centro Esotérico de Investigaciones y diplomado por la Escuela Esóterica de Basilea, anunciaba sus actividades profesionales desde las largas ristras de anuncios por palabras de los periódicos. Con un gesto firme, seguía cortando la baraja del Tarot, mientras su pierna inválida bailaba bajo el tablero de la mesa.Esa pierna es el recuerdo más doloroso de su infancia. Al principio fue una simple caída desde un patinete. Tenía 14 años. Su madre pensó que era una fractura sin importancia y lo llevó a un médico naturista. Pero meses después le diagnosticaron que la lesión se había convertido en un tumor maligno y tuvieron que ingresarlo en el hospital infantil de San Juan de Dios.

Allí pasó cuatro años. Desde la cama, mientras veía pasar a los enfermeros con las batas blancas, recordaba quizá la casa de sus padres en la: calle de La Coruña, en el Clot, la carpintería de embalajes de su padre en la Verneda, o los juegos de su hermano José María en la calle. Fueron tres operaciones. Tal vez la única sonrisa la esbozaba los domingos, cuando los jóvenes trajeados de la Congregación Mariana de San Luis Gónzaga, de cabello engomado y oliendo a colonia, se inclinaban sobre su lecho. balanceando la medalla de la Inmaculada colgada del cuello y le ofrecían, solícitos, la posibilidad de jugar una interminable partida de parchís. Un payaso sin gracia deambulaba por el centro del patio, tocando el saxofón. Se levantó para peregrinar a Fátima con su madre y para después viajar, a diario, en el tranvía de El Clot a la plaza de la Universidad, donde se encontraba la academia que le había de preparar para ejercer de maestro.

“Primero efectúo una lectura general de las cartas; pero luego, a partir de ahí, se puede ver un problema determinado. Nosotros podemos ver cuándo algo va a ir mal, pero damos también las orientaciones oportunas para que aquello no ocurra. El futuro se lo forja uno mismo y se puede variar. El destino ocurre de todos modos. Pero yo entiendo que destino es tan sólo lo relativo al nacimiento y a la muerte. El resto es futuro”.

Lapiedra Cerdá, de 38 años, ahora recluso de la cárcel Modelo de Barcelona, continuaba contestando a las preguntas del periodista. La maldita pierna y los tres infartos. La pastillas siempre cerca.Padeciendo siempre como un Job. Las visitas continuadas y confusas. Dos mil pesetas la hora. El 70% son mujeres de 25 a 30 años. El 30%, hombres de 40 a 50 años, y todos quieren saber algo sobre el dinero, la saludo el amor. Siempre son los mismos temas. Él, Vicente Lapiedra, permanente pedagogo, tiene una respuesta para todos. Había escogido la carrera de magisterio con la esperanza de no verse arrastrado hasta la carpintería de su padre.

La primera oportunidad la tuvo entonces, cuando el director de la academia de la plaza de la Universidad le ofreció la posibilidad de ejercer como maestro en una escuela del Baix Llobregat. Fueron sus mejores años. Los niños, el teatro y una carrera brillante, que lo llevaron a convertirse en director de la escuela. Había logrado quemar las etapas una tras otra, sin apenas detenerse. Poco importaba no tener el título de maestro, si las madres lloraban en Navidad, mientras los alumnos deambulaban por el entarimado esceneficando Jesucristo Superstar. Fue su mejor Navidad. Todo se, desvaneció cuando un compañero “envidioso”, capitaneando un grupo de padres, fue a la inspección y al juzgado para sacarle del puesto y liarlo en un pleito judicial. Aquel incidente se cerró con una sentencia de tres meses de arresto.

De todo ello se enteró tiempo después, en Zaragoza. Fue a raíz de un accidente de tráfico. La policía lo trasladó a la cárcel. Lo sacaron de allí su madre, su hermano y una carta dirigida al Rey, firmada por algunos familiares de sus ex alumnos. Se hartaron de escribir a todos.

“Cuando una persona elige unas determinadas cartas, ella no las ve. Las cartas están boca abajo. Pero el subconsciente no sólo las ve, sino que además conoce su significado, por ello escoge las más idóneas. Un buen cartomántico tiene que adivinar ante todo el pasado, porque de esta forma el cliente se da cuenta de que aquello no es tan sólo un juego. Después, puede ir desvelando el futuro, orientándolo.”

Un experto en cartomancia

Incansable conversador, Vicente Lapiedra Cerdá ha vuelto a barajar las cartas. Prosigue contestando las preguntas del periodista. Marzo de 1981. Jamás podrá olvidar el tiempo transcurrido en prisión. Al salir montó el consultorio del Tarot. Le ayudó David Gómez, un ex fontanero. Desconocía el mundo de las cartas. Jamás le había interesado, pero se convirtió en un experto.El escenario fue lo más importante. La habitación tapizada de negro. Las visitas esperando en solitario, conservando el anonimato, dispuestas a recibir cualquier respuesta, cualquier rito. El de la suerte, por ejemplo, es el más sencillo. Son necesarios 10 billetes de 100. En cada uno de ellos puede escribir un deseo. Hay que escoger uno. El fuego purifica el deseo, mientras el mago entrega las cenizas del billete y se queda los nueve restantes. La tarifa del conjuro es de 500 pesetas, además de los nueve billetes restantes. En su consulta, mezcla la magia con las cartas, los ritos, el tratamiento psicológico y, sobre todo, el consejo.

“Aquí han venido personas desesperadas a punto de suicidarse, con de presiones terribles. Siempre han salido mejoradas, porque nuestro trabajo es positivo. Buscamos siempre el equilibrio de la persona”.