Esta ex vegana está dispuesta a suplicar para que nadie más se haga vegano

By |2018-07-08T17:50:18+00:007 julio, 2018|Veganismo Radical|

PlayGround Magazine (España), Rosa Molinero, 7.07.2018

“Para que unos vivan, otros deben morir”. Esa fue la máxima que convenció a Lierre Keith a poner fin a 20 años de veganismo. Recogió su experiencia en El mito vegetariano (Capitán Swing, 2018; The Vegetarian Myth, PM Press, 2009), un ensayo en el que intenta desmontar los principales argumentos del veganismo y el vegetarianismo porque, para Lierre, no conllevan dietas más sanas, no están salvando el planeta ni reduciendo las hambrunas y la ética que exigen no nos corresponde.

De allí que la introducción del libro termine con un “Estoy dispuesta a suplicar” para que quienes lean el libro abandonen el veganismo o vegetarianismo si lo siguen y, si no, ni se les ocurra seguirlo.

“Lo diré sin rodeos: te hará daño. Lo sé de buena tinta —afirma Keith sobre la dieta vegana, que sostiene haber seguido entre 1980 y 2000— Cuando llevaba dos años siendo vegana empecé a tener problemas de salud, y eran problemas muy graves”. Una enfermedad degenerativa de las articulaciones, depresión, agotamiento, retirada de la regla, piel tan seca que le dolía mover las rodillas y los codos… La ristra de problemas de salud asusta.

Pero, ¿es culpa de la dieta vegana? Partiendo de la base que los mismos problemas pueden ser ocasionados por una dieta omnívora, el sentido común nos dice lo siguiente: una dieta bien planificada, incluyendo la vegana, no causa enfermedades. Es más, su argumento parece caduco a día de hoy, un momento en el cual desde el campo de la nutrición y la salud se están reconociendo los beneficios de una dieta basada en los vegetales.

Sin embargo, el veganismo no es una dieta, sino una ética que rechaza la explotación, la muerte y el consumo de animales no humanos en todas las esferas de la vida: desde los productos cosméticos y de higiene y hasta la ropa. Lo sabe bien Lierre Keith, que aprovecha la argumentación para darle una vuelta de tuerca más a su favor: “La palabra vegetariano no solo define lo que uno come o en lo que cree. Define quién es, y es una identidad totalitaria”. Con este argumento opaco no sabemos muy bien a qué se refiere, aunque hablar en términos de “totalitarismo” rápidamente recuerda a las actitudes animalistas y veganas que mayor antipatía generan a la sociedad en general.

Lierre no tarda en romper una lanza a favor de los veganos, destacando que son los valores que impulsan la causa animalista (la justicia, la compasión, la sostenibilidad) los únicos “que nos permitirán crear un mundo basado en la conexión en lugar de la dominación, en mundo en el que los seres humanos se relacionen con todas las criaturas del mundo —cada roca, cada gota de lluvia, todos nuestros hermanos cubiertos de plumas y de pieles”.

De hecho, si despojamos su argumentación de las ideas antiveganas, parece que la preocupación de la autora nace de algo mucho más allá de si hay motivos suficientes para dejar de comer carne: nuestra forma de existir en el mundo.

“Quiero una rendición de cuentas completa, quiero ir mucho más allá de los alimentos muertos que servimos a la mesa. (…) Quiero saber lo que le ha ocurrido a todas las especies —no solo a los individuos, sino a la especie en su conjunto—, lo que le ha pasado al salmón real, al bisonte, al gorrión sabanero pechileonado y al lobo. Y no me contento simplemente con saber el número de muertos y de desaparecidos. Quiero que vuelvan”, señala Keith.

Una de las causas de este daño ecológico que le hemos provocado al planeta la sitúa en la agricultura, que bautiza como “lo más destructivo que los seres humanos le hayan hecho nunca al planeta”. Partiendo de esa idea, la lógica que teje Keith es la siguiente: si la agricultura es así de nociva y en la dieta de los veganos solamente caben los frutos de la agricultura, entonces los veganos no están haciendo nada para salvar al planeta, es más, al comer muchos más productos vegetales que el resto, lo están agravando todavía más. De ahí a plantear un escenario catastrófico en el que todo el mundo se ha vuelto vegano hay un pequeño salto que Keith da con gusto para cargar todavía más las tintas.

“La agricultura creó la esclavitud, el imperialismo, el militarismo, las divisiones de clase, el hambre crónica y la enfermedad”, indica Keith, metiendo en el mismo saco la agricultura a pequeña escala y la industrializada y sin tener en cuenta que las consecuencias a las que vehicula son el resultado de un interés humano devastador y de otros tantos factores históricos que tampoco menciona.

En El mito vegetariano se hace mucho hincapié en resaltar que somos unos completos ignorantes sobre la comida que nos llevamos a la boca. No le falta razón. Apenas sabemos nada ya sobre qué productos nos ofrecen las estaciones, cómo se cultivan, cuál es la vida del agricultor. Y, no obstante, Keith esgrime el argumento de la muerte como arma arrojadiza contra la agricultura y los que creen que son sus mayores usuarios, los veganos y vegetarianos.

“La vida sin muerte no es posible”, dice Keith. “Independientemente de lo que comamos, alguien tiene que morir para alimentarnos”. La lista de los animales que se emplean para cultivar alimentos es larga: desde los lugares del planeta en los que todavía se ara con tracción a sangre hasta los abonos y fertilizantes cuyos ingredientes son distintas partes de animales muertos o de sus desechos. Y esto, según la autora, hace los veganos y vegetarianos sean unos hipócritas en su defensa de los animales. La reflexión, más que propia de un vegano ortodoxo o incluso radical, parece más bien utópica e inmovilista: como es imposible liberar al 100% el mundo de sufrimiento animal, es mejor no hacer nada al respecto para minimizar tanto como sea posible nuestra contribución.

Además, tal y como explican Jay Silve, bioquímico y especializado en biotecnología, David Díaz, autor de Respuestas Veganas y Marc Baqué, responsable de comunicación y prensa de ¿Serás su voz? en un texto que analiza los argumentos defendidos por Keith, la actividad agrícola que más ha puesto en jaque al planeta ha sido la destinada a “biomasa vegetal para cebado de animales para consumo humano no vegano, incluyendo terreno de pastoreo para ganadería extensiva”. Recordaban, además, que los piensos con los que alimentos al ganado “se fabrican, fundamentalmente, con soja centroamericana y con cereales africanos, y que debido a esto, la producción de carne está íntimamente ligada a las hambrunas que se dan en países pobres.

Desde su publicación en España, El mito vegetariano ha estado dando mucho de lo que hablar en un año en el que se han descubierto prácticas insalubres y atroces en distintas empresas cárnicas españolas y en un momento en el que la conciencia sobre los beneficios de la reducir el consumo de carne es cada vez mayor.