MONCHO ALPUENTE El País, 22/09/2004

El sábado pasado Tom Cruise bendijo a sus fieles y simpatizantes madrileños como ministro de la Iglesia de la Cienciología, una iglesia de ciencia-ficción creada por un prolífico autor del género que vio cómo muchos de sus lectores estaban dispuestos a creerse sus fantasías y decidió adoptarlas él mismo en forma de religión codificada y autoproclamarse líder y guía espiritual de la misma. A los fanáticos seguidores de la Cienciología lo que más les molesta es que en medio mundo se tache a su organización de secta, un término que suena peyorativo, por lo de sectario, pero que en justicia podría aplicarse a la mayor parte, sino a todas, las religiones existentes. A los cienciólogos también les molesta profundamente que los departamentos de Hacienda y los tribunales de muchos países se entrometan en sus finanzas y financiaciones, donaciones y evasiones, se sienten una iglesia perseguida, lo cual, aunque les dota de un carisma suplementario, es fuente de muchos problemas en este mundo materialista. La “persecución” a los cienciólogos se produce sobre todo en Europa, continente que sabe más por viejo de dioses y demonios, diezmos y óbolos y en el que muchos de sus pobladores ya ni siquiera creen en sus propias y acreditadas iglesias.

En París el “perseguido” Cruise se convirtió por unos días en perseguidor para hacerse una foto con Chirac, pero el veterano político galo supo esconderse bien tras una cortina de diplomáticas negativas. En Madrid hasta hace muy poco la Iglesia de la Cienciología tenía su sede en unas catacumbas de la calle de la Montera que sus adeptos abandonaban de cuando en cuando para repartir propaganda en las concurridas y promiscuas aceras de la zona en las que reinan el pecado y la confusión. La nueva sede se encuentra en un edificio emblemático, más emblemático aún por hallarse a dos pasos del Congreso de los Diputados y a tres del Ateneo, la iglesia perseguida se ha convertido en la iglesia triunfante gracias a la magia de Hollywood y de L. Ron Hubbard, un dios nacido en Nebraska en 1911 y fallecido hace unos años, un dios del marketing religioso, empresario líder en el ascendente hipermercado espiritual renacido en la segunda mitad del siglo XX, el dios que vino a salvar a Hollywood y resucitó a John Travolta y a Tom Cruise, el dios de Kristie Allen, de Isaac Hayes y de Chick Corea y de una legión de triunfadores del cine, de la política y el deporte, el reverendo Ronald que hizo realidad, virtual, para millones de adeptos, un invento en el que se reconciliaban dos proposiciones irreconciliables, eternas rivales desde el origen de los tiempos, materia sobre la que por cierto siguen discutiendo. La cienciología reconcilia la Religión con la Ciencia y se ufana de utilizar métodos tecnológicos para investigar el alma. Un método casi infalible para captar un suculento mercado entre universitarios con inquietudes espirituales y famosos con crisis de conciencia. El sacramento de la Cienciología es una máquina, el e-metro, o electro-psico-metro, una versión de diseño de la máquina de la verdad, del polígrafo, al que el catecúmeno se somete en presencia del sacerdote que practica su auditación analizando las respuestas inconscientes ante determinados estímulos con el fin de localizar las áreas más conflictivas de su mente y barrer los engramas, sensaciones negativas, de su mente reactiva que es la mala de película frente a la mente analítica que es la protagonista. Los enemigos de la cienciología y los expertos en sectas dicen que la “auditación” de los adeptos es un método de lavado de cerebro que hubiera hecho las delicias de Stalin. Pero los principales enemigos del cienciólogo siguen siendo por este orden los psiquiatras y psicólogos que ponen en solfa su verborrea paracientífica y sus coartadas y los periodistas que denuncian sus maniobras de captación y financiación.

“Sois el mal”, gritaban a los reporteros los cienciólogos de la guardia pretoriana que protegió al reverendo Cruise cuando subió al púlpito. El bien supremo estuvo representado por Su Eminencia David Miscavige, jefe del Centro de Tecnología Religiosa de la Iglesia de las Estrellas, mecánico espiritual, ingeniero financiero de esta ingeniosa fabulación con raíces en Disneylandia.