Movimiento, grupo y secta

By |2013-03-08T06:35:25+00:0015 julio, 2011|Lubavitch, Ultra Ortodoxia Judaica|

El País Cultural, Uruguay, Ioram Melcer, 15.07.2011

Un libro periodístico sobre los Lubavitch en la Argentina era algo poco probable hace 20 años. Pero hoy los hombres de barba, traje negro y camisa blanca, portando el emblemático sombrero tipo Al Capone de ala ancha, se han transformado en una presencia ubicua. Desde Brooklyn hasta Nepal, pasando por París, Mumbai, Montevideo, Kobe, San Francisco, México y Sidney, los judíos ultra-ortodoxos del grupo conocido en hebreo como “Jabád” (o Chabad) y en el mundo como “los Lubavitch”, llevan el nombre del pueblo de Lyubavich en Rusia, sede de los líderes del grupo durante más de un siglo, entre los años 1813 y 1916. El nombre actual completo del movimiento se traduce como “Movimiento jasídico JABAD Lubavitch”, en el que JABAD es una sigla en Hebreo que representa tres categorías de la divinidad, según la Cábala del siglo XVI.

Los Lubavitch son un movimiento, parte de una rama importante, grande y variada dentro del Judaísmo, la jasidút. Son un movimiento, pero no son el único movimiento jasídico. Son ultra-ortodoxos, pero hay decenas de otros grupos ultra-ortodoxos.

TRAUMAS HISTÓRICOS. Con la expulsión de los judíos de España en 1492, toda la comunidad judía sufrió un trauma en el plano espiritual que se puede comparar con el Holocausto. El mundo de antaño parecía derrumbarse. Se preguntaban dónde estaba Dios, por qué sufrían tanto, y si el fin del mundo era inminente. No era fácil procesar sucesos tan terribles como la expulsión, el destierro, las matanzas y las conversiones de cientos de miles de judíos.

Las consecuencias fueron dos: encerrarse en el mundo ancestral del rito antiguo, aumentando la observación de los preceptos de la religión judía que rigen todo detalle de la vida del hombre y de la comunidad, y buscar consolaciones espirituales y psicológicas. La primera vía era la clásica, el reflejo innato de los judíos: encerrarse. La segunda fue revolucionaria: desarrollar la Cábala, que intenta interpretar la realidad con herramientas místicas y aspira a estudiar a la divinidad. Pero la Cábala era realmente un asunto reservado para las élites más selectas. Muchos judíos “simples”, lo que Marx llamaría “las masas”, buscan apoyo en ideas mesiánicas: si todo ha estado tan mal, será que el Mesías está por llegar. Y aparecen mesías, varios, muchos, durante la crisis de finales del siglo XV y principios del XVI, en Portugal, luego en otras partes. Hasta que aparece un “mesías” mayor, Shabbetai Zví, en el Imperio Otomano, que había absorbido a muchos judíos expulsados de España y Portugal. Se forma un movimiento de seguidores, el entusiasmo es enorme, pero pronto llega la decepción al ver que Shabbetai Zví se convierte al Islam en 1666. Además decenas de miles de judíos se convirtieron al Islam en Turquía y Grecia, en los Balcanes y en las zonas de las actuales Rumania, Hungría, Polonia y Ucrania.

En Lituania, centro importantísimo del estudio clásico y riguroso del judaísmo, se encierran aún más. En Ucrania y Polonia surgen líderes carismáticos que ofrecen nuevas maneras de acercarse a Dios. Hay elementos de la Cábala popular, la idea de un líder como conducto a Dios, el rito como un éxtasis, el rezo libre, en la naturaleza, y hasta ciertas influencias del Budismo transmitido a través de contactos con el mundo no-judío del este del Volga. Este es el origen del jasidismo. En hebreo jasíd significa adepto, y efectivamente se trata de grupos de adeptos que siguen a rabinos que son sabios carismáticos, que a su vez fundan dinastías de líderes de comunidades de adeptos. Hacia finales del siglo XVIII se va formando el movimiento jasídico conocido hoy como “Jabád Lubavitch”, uno de muchas decenas de grupos que forman el mundo del Jasidismo.

EL HOLOCAUSTO. La era nazi cambió parte del cuadro, pero no su esencia. Muchos grupos jasídicos fueron exterminados. Algunos rabinos se salvaron y fueron a parar a Estados Unidos o a Palestina, gracias al apoyo de sus adeptos: el rabino jasídico se asemeja a un gurú y es visto como portador de la “chispa divina”.

Pero los Lubavitch se salvaron gracias a una ironía del destino: el sexto rabino de la dinastía fue perseguido por los soviéticos y terminó en Estados Unidos. Ahí los Lubavitch pudieron crecer, acumular mucho dinero y gozar del liderazgo del séptimo rabino, Menajem Mendel Schneerson. Se transforman en una multinacional promotora de un judaísmo fast food, de fácil consumo; funciona como un gigante del marketing moderno. Al consumidor judío no-religioso se le ofrece “acercarse”, participar en rezos, cumplir un par de mitzvót (reglas de la ley judía) para que su vida sea “un poco más judía”. Son el único movimiento proselitista dentro del judaísmo.

La propuesta Lubavitch es un instrumento de doble faz: quiere afirmar la identidad de quien está un poco “alejado” del judaísmo, y por otro lado “juntar chispas de divinidad” con una clara finalidad: ayudar a traer al mesías. El séptimo rabino fomentó ambos aspectos. Tanto que no se opuso cuando sus adeptos empezaron a hablar de él mismo como el mesías que ha de revelarse. Al fallecer Schneerson, “El Rabino de Lubavitch”, no nombró heredero, y la dinastía se quedó sin líder mortal. Incapaces de nombrar un octavo rabino, los Lubavitch se vieron prácticamente divididos en dos grupos: los que hablan del Rabino (el Rebe) conjugando los verbos en el pasado, y los que procuran conjugarlos únicamente en el presente. El segundo grupo habla del retorno del Rabino, el Rey Mesías.

JUDÍOS RIOPLATENSES. En el libro Los Lubavitch en Argentina, Alejandro Soifer lleva a cabo un proyecto periodístico. Describe las realidades del movimiento, una red mundial de cuatro mil sucursales con presencia en 950 ciudades de 75 países. El libro está dirigido a los judíos de Argentina, México o Uruguay, que se preguntan si es bueno que sus hijos se acerquen a los Lubavitch. La mirada de Soifer es cristalina. Sus entrevistas son sinceras y los datos que ofrece son confiables en cuanto a la presencia y actividad de los Lubavitch en Argentina, aunque comete muchos errores en hebreo, en terminología y en conceptos de la religión.

El enorme crecimiento de los Lubavitch en Argentina se debe a la marcada debilidad, por no decir derrumbe, de las instituciones comunitarias. La decadencia de las escuelas, de las organizaciones, de la economía y de la conciencia judía en Argentina creó un vacío. Los Lubavitch se especializaron en llenar tales vacíos, mandando mensajeros, invirtiendo dinerales y organizando comunidades. Mucho de lo que hacen evita la asimilación de parte de la juventud judía. En ciertos casos -Argentina es un ejemplo típico y conmovedor- simplemente salvan vidas ofreciendo dinero, comida y servicios sociales en momentos de gran necesidad. Y ante el mundo no-judío, los Lubavitch se van adueñando de las marcas “Judaísmo” y “El Pueblo Judío”.

Soifer opta por lo accesible, lo relevante al hic et nunc de la comunidad judía argentina. Es una lástima que no haya profundizado en los aspectos problemáticos, en las raíces históricas y espirituales del mundo jasídico y en el problema interno actual en el seno de Jabád Lubavitch. El lector inteligente hubiera gozado, por lo menos, de la anécdota que cuenta el gran rabino anti-jasídico Eliezer Shaj, a quien le preguntaron cuál es la religión más cercana al judaísmo. El anciano, con más de 90 años, no dudó ni un segundo: “Jabád Lubavitch”.

LOS LUBAVITCH EN ARGENTINA, de Alejandro Soifer. Sudamericana, 2010. Bs. As., 334 págs. Distribuye Random House Mondadori.