La Nueva España, Azahara Villacorta, 15.04.2005

Mario Cabral, originario de Guinea Bissau, agrónomo de formación, se define como «un joven de 64 años». Activista del movimiento de liberación contra el colonialismo portugués y militante del Partido Africano de la Independencia de Guinea y Cabo Verde, ocupó puestos de responsabilidad en el Gobierno desde la independencia, en 1974, un territorio con casi un millón y medio de habitantes, con una esperanza media de vida de 45 años y un índice de analfabetismo superior al 60%. Cabral trabajó en la Unesco, fue embajador en varios países y ahora es coordinador de Relaciones Internacionales de la ONG Humana People to People.

 -¿Qué proyectos tiene Humana en Guinea?

Un proyecto de formación de agricultores e industriales. A las parejas se les dan cuatro hectáreas de terreno. Un cuarto de esa extensión es para la producción familiar, y al final de cinco años de proceso tienen la capacidad de quedarse con la parcela.

-Parece una novedad respecto al tradicional sistema de propiedad masculina de las tierras.

Es uno de los objetivos. El sistema tradicional dice que el propietario es el hombre, y aunque éste muera, los terrenos nunca pasan a manos de sus parejas. Para conservarlos, las mujeres tienen que casarse con un cuñado, un primo, un familiar, en suma, de su marido fallecido. Con nuestro programa, la propiedad se pone en manos de ambos miembros de la pareja desde el principio.

-¿Otros proyectos?

En Mozambique, Angola y Malaui tenemos proyectos de formación de profesores, porque en las zonas rurales no hay gente suficiente para atender a los niños con las actuales tasas de natalidad. Hemos formado miles de profesores, pero todavía no son suficientes. El objetivo es tener una escuela por provincia. La idea es que ellos tengan sus propias armas para luchar contra la pobreza.

-¿Qué acciones llevan a cabo con la población infantil?

Estamos intentando movilizar a la población para respetar las leyes internacionales. Sobre todo, la Carta de los Derechos del Niño, porque el Estado no tiene capacidad ni recursos para hacerlo. No hay dinero para crear y mantener jardines de infancia, por lo que las mujeres, que son quienes mayoritariamente se ocupan de la agricultura, en un porcentaje que ronda el 60 o el 70%, se ven obligadas a llevarse a sus bebés al campo atados a la espalda y a exponerlos a condiciones muy duras. Así que invitamos a las comunidades a crear sus propias guarderías. Les ayudamos a organizarse, pero la gestión es suya. Y funciona.

-¿Cuál es la situación actual de las cifras sobre sida?

Los datos son cada vez más preocupantes. Cada vez tenemos más huérfanos y más niños infectados. Las abuelas se suelen hacer cargo de ellos, con el problema añadido de que no suelen tener un salario y los niños trabajan desde muy pequeños. Intentamos garantizar su escolaridad. También tenemos un programa basado en la idea de que sólo tú eres responsable de protegerte frente al virus. En África, el sistema de información es de boca a oreja, porque no existen suficientes medios técnicos. Nosotros formamos oficiales de campo, jóvenes, los dividimos por poblaciones y así informamos a las comunidades. Este programa cuesta un dólar por persona y año. El problemas es que, a veces, los gobiernos no quieren utilizar ese dinero para ese combate.

-¿Cuáles son los países más afectados?

En Mozambique, la tasa de personas afectadas ronda el 20% de la población total. Y Botswana, casi el 40%. Si excluimos a los niños y a los ancianos, que no tienen actividad sexual, resulta que la mitad de la población entre 15 y 49 años está afectada, pero no se pueden hacer milagros cuando no hay recursos.

-La ONG que usted representa es polémica. Se la ha acusado de quedarse con un elevado porcentaje de los beneficios que obtiene gracias a la recogida de ropa usada, su principal fuente de financiación, e, incluso, algunos países como el Reino Unido les han retirado el sello de organización sin ánimo de lucro.

Pido que al menos se nos otorgue el beneficio de la duda y que no se nos juzgue antes de conocer nuestra labor. También es cierto que algunas acusaciones han venido de jóvenes que han trabajado con nosotros como voluntarios sobre el terreno, que ya suman en torno a 6.000. Hay que tener en cuenta que no todos han regresado contentos, porque no entienden que cuando estás en África tienes que vivir en las mismas condiciones que los africanos, que son especialmente duras.

-¿Pero existe el negocio de los trapos sucios?

El negocio de la ropa es muy complicado. A veces, nos llegan prendas que ni siquiera se pueden utilizar. Otras no tenemos dinero ni para los gastos de transporte y clasificación, porque, además, el precio de la ropa, ahora, está muy bajo, y la industria textil está amenazada por el gigante chino. En Asturias, por ejemplo, hemos tenido que retirar algunos de los contenedores que teníamos.

-También se les acusa de perjudicar a la industria textil local.

Esa acusación es incierta. Es mas, hay toda una industria trapera que recibe ropa gratis y después la vende. Estas prendas, a veces, son de buena calidad y para las personas pobres es como si fuesen nuevas. En Mozambique, por ejemplo, se ha hecho un estudio que dice que las personas tienen capacidad de comprar este tipo de ropa de cinco a siete veces al año, mientras que sólo podían adquirir una o dos prendas en el comercio tradicional. La gente nos compra lo que necesita y con esos recursos financiamos proyectos.

-¿África es la gran olvidada por el resto del planeta?

Yo no diría que la gran olvidada, porque se está beneficiando de la cooperación internacional, sino la gran expoliada por intereses, personas privadas. Y los africanos lo sabemos. Cuando van a tu casa y sacan lo que tú no puedes sacar porque no tienes dinero, como el petróleo, eso es robar.

La deuda externa y eterna.

-Todo lo que África recibe es para pagar su deuda. Y nunca paga la cantidad principal, sino los intereses, así que nunca se acaba. Está demostrado que Occidente no está dispuesto a condonarla. No hay perdón. En eso hay un problema político, pero también moral.