Diario de Yucatán, 19.02.2012

Nahayeilli Juárez Huet. Investigadora del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) Peninsular

Las religiones afroamericanas como la santería, el candomblé, el vudú y el palo-monte, por mencionar sólo algunas de las más conocidas, se originan con el comercio trasatlántico de esclavos africanos de casi cuatro siglos (s.XVI-XIX). De acuerdo con Roger Bastide (1971), uno de los investigadores clásicos el tema, dichas religiones pudieron germinar en el seno de los llamados cabildos y cofradías, que eran asociaciones mutualistas organizadas bajo advocaciones católicas y constituidas en cada ciudad por africanos y afrodescendientes de una misma procedencia étnica.

A la larga, en estos espacios nacieron las religiones afroamericanas en sus distintas variantes, aunque hay que subrayar que poseen elementos en común tales como: la existencia de un ser creador pero inaccesible; la creencia en intermediarios entre el creador y el hombre (en la santería se les llama orishas) a quienes se les puede granjear favores y protección con ofrendas; el culto a los ancestros; y el uso de métodos y técnicas de adivinación (oráculos) y comunicación con seres del mundo espiritual (mediumnidad, videncia…) con los que se negocia para lograr un camino de vida menos adverso.

La santería nace en Cuba, se considera de base yoruba; se difunde ampliamente en el continente americano después de la Revolución cubana (1959). Es una religión que se gestó dentro de un contexto colonial predominantemente católico, pero que también integró a lo largo de su conformación elementos del espiritismo kardeciano que tomó gran fuerza en el siglo XIX. Se complementa con otros cultos de origen africano, como el Palo Monte, por ejemplo. No está en lo absoluto circunscrita a poblaciones afrodescendientes, como lo ilustra justamente el caso de México.

Su presencia en México es un fenómeno contemporáneo que ha sido impulsado por las industrias de la música y el cine (especialmente en la primera mitad del siglo XX), los flujos migratorios, el turismo y las tecnologías de comunicación. Cabe destacar que, aunque la santería en nuestro país es practicada como religión desde finales de los años 60, siendo la capital mexicana su lugar principal de concentración, es sobre todo a partir de los 90 que se comienza a hacer más visible en otras ciudades y regiones del país, como es el caso de la Península de Yucatán, donde además de Mérida también se practica en Campeche, Cancún y Chetumal.

A pesar del catolicismo dominante, hoy la pluralidad religiosa es ya una característica del paisaje religioso meridano, en el cual la santería se va abriendo camino y espacio. El periodo de su difusión más palpable comienza hace una década a través, por un lado, de santeros del D.F. que emigraron o vivieron por un tiempo en Mérida y Progreso, y, por el otro, de la migración cubana y del flujo de visitantes yucatecos a Cuba.

Una gran mayoría de sus adeptos mexicanos se sigue considerando católica y al mismo tiempo varios son (antes de que conocieran la santería) espiritistas. A lo anterior se suma una diversidad de prácticas orientalistas que sus mismos adeptos hacen complementarias, en especial en el terreno de las “mancias” (lectura de cartas), técnicas terapéuticas (limpias, sanación) y manejo de energías de corte oriental.

Es difícil saber el número de afiliados a esta religión ya que la vasta mayoría se declara ante el Censo como católico. Hay que subrayar, sin embargo, que por primera vez se incluyó la categoría “afro” en el Censo de 2010, aunque ésta encierra muchas variantes y no existe una sistematización de datos por el INEGI que nos pudiese dar mayor información al respecto.

A lo anterior debemos sumar que a nivel social a menudo se le categoriza como secta, brujería, charlatanería y “falsa religión”; se le vincula al imaginario de lo demoniaco y, de manera ambigua, con la delincuencia. Esto debido a las representaciones que históricamente construyeron los grupos dominantes (la Iglesia Católica, las empresas coloniales, etcétera) sobre la misma, y a una difusión tergiversada y sensacionalista de algunos medios de comunicación más contemporáneos. Estas representaciones tienden a confinarla a la estigmatización.

Sus practicantes provienen de distintos estratos socioeconómicos y niveles educativos heterogéneos. Aunque no se trata de personas de recursos escasos ya que las servicios religiosos y sobre todo las ceremonias de iniciación o festivas en un nivel colectivo implican un desembolso económico llamado “derecho” que puede superar hasta más de 10 veces el salario mínimo (por el número de personas que trabaja en los rituales que duran a veces hasta 7 días, además de la materia prima que se necesita, entre otras cosas).

El nivel de escolaridad varía ampliamente, desde primaria (terminada o truncada) hasta posgrado e incluye también algunos oficios (artesanos, costureras…). Las ocupaciones de sus iniciados se distribuyen en áreas diversas: comerciantes, profesores, técnicos, empresarios, amas de casa, funcionarios de gobierno, abogados, ingenieros, artistas (músicos, bailarinas), y estudiantes. Hay una predominancia de mujeres, aunque las jerarquías más altas las ocupan los hombres. Los yucatecos iniciados en esta religión que decidieron mantenerla como el eje fundamental de su devoción y práctica religiosa aseguran haber encontrado salud, estabilidad y recursos simbólicos gracias a los cuales cobra sentido la vida e incluso la desgracia.

Así, a pesar de su estigmatización, resulta paradójico que el atractivo de la santería no parece disminuir; todo lo contrario, hoy es parte de la cotidianidad religiosa de muchos meridanos. También están aquellos que sin ser iniciados no dejan de consultar con el santero de su confianza, de hecho, esta población de consultantes parece ser mayoritaria con respecto a los iniciados. La presencia de esta religión en un México caracterizado por una gran diversidad de prácticas y creencias, en muchos sentidos análogas con la santería, dan pie a nuevos préstamos y permanentes sincretismos.