Clarín (Argentina), 27.11.2005

Todo se descubrió por un control rutinario de la Policía mexicana. El 9 de abril de 1989 detuvieron una camioneta cerca de la frontera con EE.UU. Los policías la revisaron y hallaron algunos kilos de marihuana y una pistola del calibre 38. El chofer fue detenido y tras un violento interrogatorio dijo que traficaba droga que ocultaban en un rancho de Santa Elena, en el estado de Matamoros.

La Policía Judicial allanó el rancho. El hallazgo de 110 kilos de marihuana era esperable. Lo que si resultó una sorpresa, fue lo que había dentro de un caldero de hierro: rastros de sangre seca, un cerebro humano, 40 botellas vacías de aguardiente, machetes, ajos y una tortuga asada.

Luego hicieron excavaciones y en una fosa común, encontraron doce cadáveres descuartizados, a los que le habían extirpado el corazón y el cerebro. Así se descubrió una secta de “magia negra” macabra. En ese rancho habían realizado docenas de sacrificios rituales con seres humanos. La prensa los bautizó como los “Narcosatánicos”.

La Policía comenzó a buscar a los miembros de la banda: en pocas semanas detuvieron a varios implicados que confesaron que participaron de los rituales por orden del “Padrino” Adolfo Jesús Constanzo.

Constanzo tenía entonces 27 años. Era hijo de un estadounidense y de una cubana practicante de la Santería y el Palo Mayombe. Su madre le había enseñado las artes mágicas desde que tenía tres años.

Con los años, el “Padrino” se fue perfeccionando y captando adeptos: los rituales de purificación le dejaban entre 8 mil y 40 mil dólares por sesión entre sus clientes, la mayoría, importantes empresarios estadounidenses.

Así empezó a invertir dinero para traficar marihuana desde México como “negocio” complementario. Pero ávido de más poder, comenzó a hacer sacrificios en sus rituales para dar mayor sensacionalismo, siempre ayudado por una joven que se convertiría en su musa: Sara Villarreal Alderete, de 24.

Sara se convirtió en “Gran Sacerdotisa”. Participaba en todas las ceremonias y reclutaba a nuevos miembros de la secta.

Luego de descubrir el rancho de Santa Elena la Policía comenzó una cacería de “Narcosatánicos” por todo México. Cayeron decenas de miembros, entre ellos, policías.

Rodeado, Constanzo y otros cómplices se refugiaron en una mansión del Obispado de Monterrey. Pero el 6 de mayo de 1989 fueron descubiertos por la Policía, pero los “Narcosatánicos” los atacaron a tiros. Constanzo y los demás habían acordado un pacto suicida si no lograban deshacerse de los policías. Entonces, se mataron entre ellos a tiros. La Policía contó 15 muertos y 3 fueron detenidos.

Sara pudo ser apresada y confesó varios crímenes, pero negó su participación por propia voluntad. Aseguró que el “Padrino” la forzaba a hacerlo. Ella fue condenada a 50 años de prisión y su historia inspiró la película “Perdita Durango”, del director Alex de la Iglesia.