Paco Cerdà, El Mercantil Valenciano, 15.11.2010

Ni esto es un club de «gordos» ni sus miembros se reúnen para hallar la dieta milagrosa. La hermandad de los Comedores Compulsivos Anónimos está formada por gente que entiende la comida como una droga. Que no puede resistirse a un atracón o a comer a deshoras. Eso les destroza la vida. Y luego se juntan para ayudarse y poner remedio.

Si usted tiene sobrepeso y no resiste ninguna dieta, tendrá la fácil tentación de identificarse con los comedores compulsivos de este reportaje. Pero cuidado, porque esto no es una problema liviano de tallas y picoteo. No es una broma oír a Antonio, con 27 años y 142 kilos, decir que su vida está «destrozada» («autoestima por los suelos, ambiente familiar maltrecho y una obesidad que ya repercute en dolores crónicos») por culpa de la comida. Cuenta que ha llegado a rescatar donuts que antes había arrojado a la basura para no caer en la tentación de comérselos. O que ha comido alimentos medio congelados porque no se aguantaba a que se descongelaran. «Sólo vivo que para darme atracones de comida», admite con tristeza este veinteañero.

Tampoco pueden compararse los típicos lamentos posnavideños, por los kilos ganados, con el relato de Begoña. Ella, con un tono entre avergonzado y arrepentido, explica que la semana pasada sufrió un cólico. «Me comí cuatro porras seguidas. Mejor dicho: me las tragué rápidamente por miedo a que mi marido me viera comer. Después sufrí un cólico y me pasé enferma toda la semana». Y todo por culpa de su droga: la comida.

Ellos nunca tienen suficiente. Atracones en las comidas, picoteo a deshoras, incursiones nocturnas a la cocina. Y muchas veces, pese a no tener hambre. La comida es su vía de escape a las presiones, los nervios, las depresiones o los bajones emocionales. Amparo, por ejemplo, dice que llegó a estar «desesperadamente» enganchada a la nevera cuando sentía ansiedad. «No es hambre; es necesidad de estar comiendo», dice. «Y cuando estamos en una celebración familiar, sufro horrores para no coger los pasteles, porque me los comería todos yo sola. Es un sacrificio enorme para mí resistirme a eso», agrega.

Amparo lo cuenta delante de Antonio, Begoña y otros compañeros en la reunión de Comedores Compulsivos Anónimos. Esta hermandad, con delegaciones en todo el mundo y que en Valencia funciona desde 1994, aglutina a 24 personas que mantienen «una relación perjudicial con la comida». Bulímicos, anoréxicos, obesos. Todos ellos se reúnen dos veces a la semana (lunes y jueves) en una parroquia céntrica de Valencia (en la calle Pouet de Sant Vicent, 1) para poner en común sus experiencias y ayudarse los unos a los otros. Han copiado el sistema de Alcohólicos Anónimos. Incluso se han inspirado en él para confeccionar el programa de Doce Pasos que siguen para desintoxicarse.

El primer paso es admitir que son enfermos «impotentes ante la comida» y que sus vidas se han vuelto «ingobernables». A partir del segundo paso, mentan a un Poder Superior o Dios que les ha de ayudar a recuperar el «sano juicio». ¿Por qué un poder superior o una deidad «No somos una secta -se afana a precisar Antonio- ni pedimos que nuestros miembros sean religiosos. Yo, de hecho, soy agnóstico. Pero es muy duro pensar que de este agujero vas a salir tú solo con tus propias fuerzas. El poder superior puede ser un Dios, la fortuna, tu madre, la fuerza del grupo o la moto que tienes que pagar y por la que necesitas ir a trabajar y no recluirte en casa. Necesitamos algo que nos dé la esperanza de salir. Y este programa, que tiene una dimensión física, emocional y espiritual, nos ayuda a conocernos y a recuperar nuestras vidas», precisa Antonio.

«Me muero emocionalmente»
Por si caben dudas de las grandes diferencias que mantienen con el común de la gente descontenta con sus kilos de más, Rebeca -nombre falso, como el resto- afirma que no está en Comedores Compulsivos Anónimos -«ni por dietas ni por bajar unos kilos». «Estoy aquí porque me muero emocionalmente y tengo la autoestima por los suelos», concluye. Ella sólo pesa 85 kilos. Sus compañeros se mueven por los 74, 77, 80, 60 kilos». No son obesos mórbidos. Pero son adictos a la comida y no tienen control sobre ella. El próximo sábado, como cada tercer sábado de noviembre, celebrarán el Día Internacional de la Abstinencia: una jornada sin atracones ni alimentos prohibidos. Ese día se reunirán para la terapia de grupo y luego irán a comer. Nada de excesos, prometen. Y así lo quieren creer.