ANA ALFAGEME – El País, Madrid – 21/08/2005

Se juntan en grupos un par de veces por semana. Hablan, releen su programa de 12 pasos, se despiden tomándose de las manos y deseándose valor. Unos 10.000 españoles mantienen en Alcohólicos Anónimos (AA) -dos millones en el mundo- su conciencia de ser enfermos, una batalla diaria contra la primera copa. Forman parte de un sistema internacional que se inventó hace 70 años en EE UU y que se basa en la experiencia de otros alcohólicos. No aceptan subvenciones. Se financian con lo que recogen, de forma secreta, en cada reunión. Dicen que su anonimato les protege, e incluso les defiende del afán de protagonismo que les atacaba cuando bebían. El 8,6% de los españoles adultos abusa del alcohol. Ésta es la crónica de una reunión de AA.

Se juntan en grupos un par de veces por semana. Hablan, releen su programa de 12 pasos, se despiden tomándose de las manos y deseándose valor. Unos 10.000 españoles mantienen en Alcohólicos Anónimos (AA) -dos millones en el mundo- su conciencia de ser enfermos, una batalla diaria contra la primera copa.

-Cogí a mi mujer de la pechera. Y mi hijo, que entonces tenía 17 años, me dijo: «A ver a quién vas a pegar, jodío borracho». Ella, como tantas veces, tenía esa mirada de terror, la misma de la protagonista de Te doy mis ojos.

Un tipo corpulento, de pelo cano, rememora su última borrachera, en la que los desplantes a su esposa estuvieron a punto de convertirse en algo más grave. Acaba de presentarse. Como en las películas.

-Me llamo Antonio, soy alcohólico y hoy no he bebido.

-Hola, Antonio, -responden 10 voces.

Por la ventana entran gritos infantiles, ladridos y olor a calamares fritos. Esta escena puede estar repitiéndose ahora mismo hasta 497 veces. Es el número de grupos de Alcohólicos Anónimos (AA) que hay en España. Si se multiplica por 18 (los miembros que cada uno tiene de media), sale una cifra que roza las 10.000 personas. En 2005 están de cumpleaños. Hace medio siglo un médico de Madrid solicitó información a la sociedad de autoayuda, creada en Estados Unidos en 1935.

Se sientan alrededor de una mesa, con una decena de folletos y volúmenes ordenados sobre ella. Carlos [su nombre es falso, como todos los citados, para respetar el anonimato que exigen], el moderador, abre un libro azul, su particular evangelio, y lee el «enunciado»: «A A es una comunidad de hombres y mujeres que comparten su mutua experiencia…» Para entrar no se necesita carné, ni pagar cuotas, ni abstinencia, «el único requisito», recita, «es el deseo de dejar la bebida». «¿Alguna inquietud?, ¿alguna alegría?», pregunta al acabar.

Tres mujeres y siete hombres le miran en silencio. Desde la pared, también mira Bill W., el hombre de negocios neoyorkino que fundó AA. Le rodean frases enmarcadas: Vive y deja vivir. Lo primero, primero. Hágalo con calma. Sentencias que cuelgan en las sedes de 100.000 grupos en 150 países. Aseguran tener más de dos millones de miembros.

Carlos vuelve a abrir el libro, por la página 55, para releer los 12 pasos, el meollo del programa de AA. Empieza así: «Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol, que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables».

Él tiene 43 años. Hace 12, una madrugada, estaba en la Gran Vía de Madrid, ciego de cerveza, whisky y cocaína. Ya no era aquel adolescente que, cuando bebía, abandonaba sus complejos. Sino un profesor que se resguardaba en los rincones más oscuros de los bares para vomitar demonios sobre un papel. No tenía trabajo e iba a perder a su esposa. Había intentado suicidarse. Así que sólo deseaba beber, beber hasta reventar. Entonces se acordó que le habían hablado de AA. En la primera reunión vio a gente que sonreía. Él llevaba años sin reir. Carlos es el primero en hablar.

-Mi verdadero cambio fue a los cuatro años de abstinencia, cuando me busqué un padrino [un mentor], escribí mis resentimientos, mis miedos, y pedí perdón. Perdonar no es olvidar. Es librarse del dolor.

En los pasos de AA se dice que hay que realizar un inventario de los defectos, hacer una lista de las personas ofendidas, reparar el daño causado, y llevar el mensaje de este «despertar espiritual» en el que se invoca a Dios, a otros. Un Dios, dicen, «tal y como nosotros lo concebimos».

-Gracias, Carlos, -corean.

Antonio, el hombretón de pelo gris, le sigue. Tiene 55 años.

-Nadie me hablaba en casa. Estaba en la oficina de mi negocio, hasta las seis, hora en que me tenía que ir porque me habían cortado la luz. Dejé de beber, así que sudaba tanto que empapaba el periódico.y se pegaba a la mesa. Un día estaba abierto por la agenda. Ví el teléfono de AA y llamé. Oí las primeras palabras amables en cinco días.

De aquello hace 11 años.

-Como no dormía, me leí el libro en una noche, y pensé, «éstos son un hatajo de meapilas». Pero como lo tenía tan crudo, volví a ir, quería recuperar a mi familia. Tardé cinco meses en bajarme de la burra, en pensar que tenía que dejar de beber por mí. Este programa me cambió y me mantiene sobrio.

Y hablará Rubén, 58 años, el que siempre huía, el que piensa que el alcoholismo es una enfermedad para obedientes, no para inteligentes. Y también Sara, 38, que no podía ni levantarse para dar de desayunar a sus hijos. Una noche, en una discoteca, coincidió con un AA que sorbía kiwi con naranja. Seis años y ocho meses después, es lo que bebe ella. Luis, un ex militar suramericano, cuenta que tocó fondo en Madrid, después de haber perdido todo. Hay conceptos que se repiten. Pérdida. Sufrimiento. Prepotencia. Cambio. Enfermedad. Hoy hace siete meses que Luis, de 29 años, dejó de beber.

Todos tienen dos edades, la del carné de identidad y esa que les llena la boca al pronunciarla: el tiempo de abstinencia. El sello de su empeño. Ellos no han abandonado. Viene mucha gente, dicen. Se queda muy poca. Alrededor de un 10%. No le funciona a todo el mundo. La más joven, en ambas edades es Alicia. Cierra los ojos para escuchar. Es alta, rubia, y tiene 31 años. O cuatro meses y medio.

-Aquí ví espejos. No me sentí sola, sino acompañada, y dejé de beber. Creo que todo se puede recomponer.

Carlos alarga una bolsa de tela negra para que metan la mano y nadie sepa si ponen dinero o no. Es su única forma de financiación, aunque visiten instituciones y alcaldes: «La gente gasta la mayor parte del tiempo en pedir subvenciones. Nosotros, en contar lo que hacemos».

-Con el tema de Dios me cabreé muchísimo, porque soy agnóstico. Pero creo que ese poder superior es la energía que hay dentro de AA.

José es enjuto y locuaz. Tiene 49 años. Se acerca, en edad, al perfil de los miembros: 48 años de media en los hombres, 47 en las mujeres, con una proporción de 13 a cinco. Suelen ser empleados (27%), profesionales (14%) o parados (14%). Casi la mitad se reúne dos veces por semana y un 36% llevan entre uno y cinco años sin beber. Un 39% viene por presiones familiares o por síntomas o deterioro físico (32,9%).

María lleva las uñas cuidadosamente pintadas. Tiene 48 años, cuatro hijos y, parece, pocos problemas económicos. Hoy, con 30 meses de abstinencia, no se considera más feliz, pero sí más fuerte.

-Pensaba que AA era para gente terminal, sin techo, ¡como si yo no fuese terminal! Intenté dejar de beber muchas veces. En mi primera reunión, al ver a gente que contaba su experiencia, me inflé a llorar. He ayudado a montar un grupo. Tengo la sensación de ser útil.

Hace poco que Manolo descubrió que, cuando bebía, echó a su mujer de casa, en plena noche, con su hija febril. Porque la niña le molestaba.

-Mis hijos ya no se sobresaltan cuando estoy de viaje. Hoy soy feliz, porque tengo problemas, y los afronto y creo que estoy en paz conmigo mismo. Me puedo mirar al espejo. Y cada mañana me digo, «¿qué vamos a hacer hoy, macho?, ¿vamos a fastidiar el día?»

Lo importante es no beber hoy. Mañana será otro día. Tras el último ritual, brazos enlazados, pidiendo valor, Carlos se despide:

-Felices 24 horas.

300 ‘franquicias anónimas’

 Fueron los primeros. Luego llegaron otros «anónimos». Jugadores, Comilones, Cocainómanos, Sexoadictos, Deprimidos, Deudores, Adictos al Trabajo… también siguen el programa de 12 pasos que inició Alcohólicos Anónimos en 1935. Carlos, uno de ellos, calcula que hay unas 300 organizaciones que usan su modelo, basado en la experiencia. Tachado de secta a veces. «Las sectas quitan la libertad y aquí no hay ni afiliación, ni vinculación a ningún partido», responde Carlos, «y si nos acusan de generar dependencia, bendita dependencia».

«Debe valorarse desde una perspectiva histórica, surgió en una época en la que los médicos no mostraban interés por el alcoholismo», manifiesta Antoni Gual, jefe de la Unidad de Alcohología del Hospital Clínico de Barcelona. «AA dan una respuesta altruista y poseen un modelo organizacional ejemplar. Es un recurso más en un proceso de tratamiento. Tampoco es el único. Lo vemos como complementario en la fase de deshabituación de la enfermedad». De la misma opinión se muestra Enrique García Bernardo, jefe de Psiquiatría del hospital Gregorio Marañón de Madrid. «Nosotros lo ofertamos como parte de la terapia, compatible con otros sistemas. Lo que ayuda es el testimonio concreto de alguien que es como tú. Te asignan a otra persona, a un padrino, y eso está bien. Tiene un barniz ideológico-cristiano», dice, «¿pero qué grupo no lo tiene? Es un sistema que está absolutamente asentado».

«Somos distintos de AA al cien por cien. No tenemos ningún paso, ni damos gracias a Dios, ni pedimos perdón a nadie y no observamos el anonimato», dice Pedro García Domínguez, secretario de la Federación Nacional de Alcohólicos Rehabilitados. «Nosotros hacemos terapia de grupo, no dejamos que participe nadie que esté bebiendo e integramos a los familiares en todos los grupos [en AA hay grupos cerrados y otros abiertos]».