M. FRAIJÓ El País, 12/02/2005

Con frecuencia, y con razón, se ha sostenido que, en España, el auge de la práctica religiosa no siempre ha ido acompañado de la debida reflexión teológica. Este dato confiere a nuestro pasado religioso un cierto aire de preocupante desinformación. En efecto: creer sin teología encierra el peligro de no saber exactamente en qué se cree; y, cuando se abandona esa fe no ilustrada, tampoco se sabe propiamente qué es lo que se deja atrás. Podría, pues, ser cierto que ni en el pasado sabíamos en qué creíamos, ni en el presente sabemos en qué hemos dejado de creer. Entre nosotros, la religión ha sido largamente practicada, pero escasamente pensada.

Nuestro catolicismo careció de figuras comparables a Kant o Hegel, grandes maestros en el arte de pensar la religión. En los días de la Modernidad, tan pujantes filosóficamente, el catolicismo se asfixiaba intentando mantener un pasado que ya no podía ser futuro. Mientras los grandes pensadores europeos del momento articulaban la rica tensión existente entre fe y razón, entre autoridad y argumentación, la jerarquía católica se decantaba, ya desde el siglo XVI, por una “mística de la autoridad” (Congar) y por un populismo misionero bien intencionado, pero declaradamente timorato a la hora de afrontar los debates teóricos.

Problemas de este género se dilucidan en la última obra de J. J. Tamayo. Toda ella es un bien trenzado alegato en favor de un cristianismo pensado y sentido. Pero el cristianismo no es el único protagonista de estas páginas, por cierto muy bien escritas. Con soltura, con naturalidad, se va dando entrada a lo que solemos llamar “las otras” religiones. El lector recibe una información objetiva, serena y dialogante, sobre las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam), pero también sobre las llamadas religiones místicas, como el hinduismo y el budismo.

Tamayo inicia su reflexión con una lúcida contraposición entre los logros de la secularización y el nuevo despertar de las religiones. Quien en décadas pasadas pensase que, por fin, nos íbamos a contentar con la austeridad de lo secular se topa hoy con un variopinto resurgir de nuevas prácticas y creencias religiosas atentas a las demandas de nuevas sensibilidades. Con frecuencia se trata de sectas que se desgajan de su matriz originaria y se abren a nuevos recorridos, a nuevas experiencias. No responden a lo que se suele entender por un “concepto fuerte” de religión, pero ofrecen cobijo y calor a los que desconfían de las grandes tradiciones religiosas y se abren a los relatos breves, puntuales y “débiles” de la posmodernidad.

Lo que Tamayo propone es que todas las religiones se sienten a dialogar. La categoría central de su obra es el diálogo interreligioso. Sólo él podrá evitar el choque de civilizaciones, anunciado por Huntington. Un diálogo que, como la historia muestra, es difícil, aunque no imposible. Todo empieza por conocerse mejor, por estudiarse a fondo, por abandonar rancias e infundadas descalificaciones. Especialmente complicado es el diálogo entre cristianismo e islam. Es más fácil entenderse con el hinduismo o con el budismo, que nos quedan lejos geográficamente y llegan hasta nosotros con una aureola de exótico encanto. Con el islam, en cambio, casi siempre hemos andado a la gresca. Nos hemos disputado la misma geografía, el mismo Dios, los mismos lugares sagrados. Hemos procedido según el lema: “Quítate tú que me pongo yo”.

El gran obstáculo para el diálogo interreligioso es, naturalmente, el fundamentalismo. Son muy atinadas y valiosas las reflexiones que Tamayo dedica a los fundamentalismos, sobre todo al religioso y al económico. El fundamentalista absolutiza su propia verdad, su religión, su cultura, su sistema económico. El colmo del fundamentalismo es pretender imponer por la fuerza la propia verdad. Y, sin llegar a tanto, también el encumbramiento desmedido de la propia tradición puede frenar el diálogo.

Ninguna religión es la única religión verdadera. Y, desde luego, ninguna religión posee carácter absoluto. El registro de la verdad puede ser ampliamente compartido, pero el carácter absoluto no. En algún sentido, todas las religiones son verdaderas. Acertadamente, Tamayo relaciona esa verdad con los derechos humanos. Una religión será tanto más verdadera cuanto más se comprometa con los derechos humanos. No es el único criterio de verdad, pero sí uno de los más decisivos. Y algo muy importante: el “pecado” de los movimientos fundamentalistas no se localiza en su búsqueda del fundamento. Esa búsqueda es necesaria y esencial. Sin ella se esfuma la identidad y se camina a la deriva. El paso al fundamentalismo se produce mediante el olvido de la historia. Es fundamentalista quien considera que la identidad es un producto enlatado, revelado de una vez para siempre y libre de los avatares del devenir histórico. El fundamentalista rechaza las fatigas de la duda y el ejercicio de la razón crítica. Por lo general, los fundamentalismos reniegan de la contingencia histórica.

A medida que se avanza en la lectura de esta obra de Juan José Tamayo, uno piensa calladamente que libros como éste tal vez podrían, en unas fechas en las que, una vez más, el tema religioso parece dividir a la sociedad española, ayudar a serenar los ánimos y a tratar los asuntos referidos a la religión con cordura. En todo caso, el lector de este libro tiene dos cosas aseguradas: por un lado, recibirá una información rica y actualizada y, por otro lado, disfrutará con la elegancia literaria en la que dicha información se le transmite.