IMANOL ZUBERO El País, Tribuna, 18/11/1998

Durante la pasada semana la cuestión de las sectas ha sido abordada en el Congreso de los Diputados, con comparecencia ministerial incluida. Como ocurre en estos casos, los medios de comunicación se han hecho eco del tema, por lo que hemos podido escuchar y ver diversos reportajes sobre las sectas, confesiones de ex miembros, opiniones de expertos, etc. Se manejan cifras diversas sobre su capacidad de penetración en la sociedad, cifras que lo mismo permiten hablar de las sectas como una lamentable pero poco extendida anécdota que como una pavorosa y amenazante plaga. Y es que no es fácil aproximarse al mundo de las sectas, al menos si se pretende huir del efectismo. Para empezar, resulta complicado deslindar el fenómeno sectario de otros fenómenos religiosos o parareligiosos, casi tanto como distinguir convenientemente entre el magma de realidades que se ocultan bajo la denominación de secta: confesiones religiosas minoritarias, manifestaciones de maravillosismo en torno a apariciones y curanderismo, mezclas de esoterismo y parapsicología, o simple y pura estafa. Sobre todo, no se sabe lo bastante de sus miembros, esas personas que, según la afortunada caracterización de Rosen, han alcanzado «las orillas más extravagantes de la cordura». El actual fenómeno sectario suele ponerse en relación con procesos culturales propios de las sociedades modernas, entre los que destacan el pluralismo cosmovisional y el correlativo ascenso de la soledad y el anonimato. Hoy es posible que los individuos se construyan de una manera bastante singular dotándose de un repertorio cultural que no se parezca en nada al de otro ser humano. Puede que comparta diversos componentes de su repertorio con diferentes grupos de personas, pero en tanto que repertorio integrado -en tanto que conjunto de valores que conforman su identidad- pasa a ser una cuestión individual. Esta situación genera oportunidades y riesgos. Hay quienes se adaptan bien a un escenario en el que conviven múltiples interpretaciones del mundo: son los «virtuosos del pluralismo». Para la mayoría de la gente, esta situación genera confusión e inseguridad. Pero el fenómeno sectario no es de hoy. Acaba de publicarse un libro de Damian Thompson titulado El fin del tiempo. Fe y temor a la sombra del milenio, mediante el cual podemos recorrer a lo largo de la historia el componente de inseguridad y de miedo presente en todas las sectas, miedo que se acentúa con la cercanía del fin de un milenio. Este temor contrasta fuertemente con la tranquila conciencia expresada por los científicos Leakey y Lewin en su libro La sexta extinción, cuando dicen: «Si alguna certeza podemos inferir del conocimiento del flujo de la vida y de las fuerzas que lo forman es que llegará el día en que pereceremos todos, nosotros y nuestros descendientes, y la Tierra y sus pobladores seguirán andando sin nosotros». Claro que alguien podría decir que es muy fácil mostrarse templado ante la muerte siempre que ésta no tenga señalada su día y su hora, máxime si este día y esta hora son ya mismo. En la película Gringo viejo (basada en la novela homónima de Carlos Fuentes) asistimos a una durísima escena en la que se pone de manifiesto lo distinto que es enfrentarse a la muerte como posibilidad futura o como hecho actual. En cualquier caso, a pesar de todas las dificultades, conviene mantener una actitud de atención vigilante hacia el fenómeno sectario. Para ello, la vieja distinción de Max Weber sigue siendo de utilidad: una iglesia es una institución en la que, necesariamente, caben justos y pecadores, mientras que una secta es una comunidad constituida únicamente por los verdaderos fieles, por los renacidos, y sólo por ellos. Conviene sospechar siempre de aquellos que nos invitan a formar parte de la comunidad de verdaderos creyentes previo paso por el peaje de la regeneración, tenga esta como referencia simbólica el Palmar de Troya, Lizarra o Guadalajara.