Un exmiembro de los Testigos de Jehová nos cuenta su traumática salida de la comunidad

By |2018-02-01T13:58:13+00:001 febrero, 2018|Testigos de Jehová|

Código Nuevo (España), Alba Losada, 1.02.2018

Cuando a Mikel Nájera, exmiembro de los Testigos de Jehová, le expulsaron de la organización cristiana por adulterio, le alertaron de que volviera pronto para librarse de un terrible destino llamado Armagedón (el fin del mundo según los Testigos de Jehová). Aunque, eso sí, la reconciliación no le saldría gratis. Para regresar tenía que pagar (como cualquier expulsado) un precio muy alto asistiendo a reuniones en las que nadie le hablaría y en las que sería invisible a ojos del resto de sus excompañeros.

Aún así, Mikel se atrevió a dar el paso en una asamblea de 1.000 adeptos. Demasiado heavy como parar poder soportarlo. Ante el silencio de todos los presentes y el rechazo de personas que dejaban sus asientos cuando él se sentaba cerca suyo, se sintió tan mal que acabó desafiando como nunca había hecho a los miedos que le habían inyectado en la cabeza durante casi toda su vida: “que me mate Dios, que me ante el Armagedón, pero me voy”, recuerda este navarro de 37 años sobre el instante en el que, de algún modo, volvió a nacer tras 26 años —desde los 4 a los 30 años— en la comunidad. Una comunidad en la que creció, se educó y conoció el mundo a través de un prisma muy particular.

Actualmente hay por todo el mundo unos 8,3 millones de adeptos de los Testigos de Jehová, una organización cristiana cuya creencia se basa en su singular interpretación de la Biblia y que acarrea tras sus espaldas un amplio historial de acusaciones controvertidas. Una de las más recientes se remonta a 2015, cuando la Real Comisión sobre el Abuso Sexual de Menores de Australia le acusó de haber ocultado durante 60 años unos 1.000 casos de presunto abuso sexual a menores. En España las últimas polémicas estallaron a finales de 2016, cuando varios exmiembros les demandaron, según publicó El Periódico de Catalunya, por abusos sexuales, coacción e intromisiones en su vida privada.

Uno de los casos es el de Noelia Piris, que después de ser agredida sexualmente por otro miembro a los ocho años, los ancianos (nombre que reciben los líderes de las congregaciones) le dijeron que si contaba a alguien lo sucedido, Jehová dejaría de quererla y se quedaría “sin paraíso”. También la sometieron a cinco interrogatorios en los que tuvo que repetir una y otra vez lo sucedido. En uno de ellos se encontraba su agresor y ella solo pudo romper a llorar, de acuerdo con sus declaraciones al mismo diario.

Un mar de prohibiciones

“A alguien que no conozca los testigos le diría que es una cárcel: no puedes celebrar los cumpleaños ni las navidades, no puedes comer morcilla, hacerte transfusiones de sangre, no puedes tener amigos ni pareja de fuera de la organización, no puedes tener relaciones sexuales antes del matrimonio y tampoco escuchar heavy metal. Y, por supuesto, si eres homosexual te expulsan”, nos cuenta Mikel que durante esas casi tres décadas en los Testigos de Jehová participó en varias congregaciones de toda España.

Fue durante ese lapso cuando se le disuadió para que no estudiara una carrera ni tuviera un trabajo a jornada completa que le ocupara “muchas” horas. Lo lograron a base de recordarle regularmente que el Armagedón estaba a la vuelta de la esquina y que, por tanto, si no invertía el máximo tiempo posible en reclutar a nuevos miembros, sería culpable de la muerte de muchas personas. “Interpretan y manejan la Biblia a su antojo. Es un juego psicológico muy cruel. Siempre quise estudiar ingeniería informática, pero estuve muy coaccionado. Es mejor que seas tonto para que te manipulen”, afirma indignado.

Como explicaba el mismo Mikel al principio del artículo, su ‘escape’ de la comunidad se fraguó siete años atrás, cuando confesó a los ancianos que había sido infiel a su esposa. Quería sacarse la culpa de dentro, pero ahora reconoce que con aquel gesto solo consiguió que le sometieran a un comité judicial (juicios paralelos que se hacen en la comunidad) en el que le preguntaron qué posturas sexuales había hecho, si había practicado sexo oral y una batería más de consultas que no hicieron más que humillarle.

Algo que para el psicoterapeuta y especialista en relaciones sectarias, Miguel Perlado, es “un ejemplo de comportamientos con elevados grados de control a personas en un contexto espiritual, que puede terminar desembocando en abusos espirituales, de poder y autoridad y a también controlar aspectos de la vida cotidiana”. En otras palabras, que puede condicionar sus pensamientos hasta el punto de despojarles de cualquier atisbo de criterio propio.

Y es que, por mucho que hubiese abandonado la confesión, los Testigos de Jehová nunca dejaron de seguir los pasos de Mikel llegando, incluso, a llamar a su madre en repetidas ocasiones para que le dijera que volviese. Pero para Mikel, esto no fue más que la confirmación de la intención de estas personas de jugar emocionalmente con una mujer que confiaba férreamente en sus ideales y que, en aquel momento, temía que su hijo pudiese acabar muerto fuera de la congregación, es decir, sin poder salvarse del Armagedón.

Separarles de sus allegados

De hecho, abandonar la confesión es lo más difícil que Mikel ha hecho en la vida. Ya hace siete años que los amigos de siempre, su hermano, su sobrino y su cuñada no le dirigen la palabra, y como él apunta, eso se debe a que los miembros de los Testigos de Jehová tienen prohibido hablar con expulsados o personas que han abandonado la confesión. Un modus operandi que hace que el pavor se quede anclado en el interior de cualquiera que se le pase por la cabeza salir de este universo.“Si te echan y llevas toda la vida es como si te arrancaran la vida porque te lo quitan todo. No tienes vida ni sabes relacionarte con los demás. Al salir no tenía ni idea de dónde ir”, lamenta Mikel al hablar de los momentos en los que temió estar acabado para siempre.

“Tienen grabado en la cabeza que con los mundanos de fuera estarán acabados. Están llenos de miedo a las posibles consecuencias catastróficas con las que les han estado insistiendo desde que eran pequeños”, comenta el experto Miguel Perlado sobre esas ideas apocalípticas que metieron a muchos en la cabeza cuando todavía no tenían ni la capacidad de racionar. Y este miedo, junto con las coacciones, la exclusión y hacerles 100% dependientes de los Testigos de Jehová es lo que explica que muy pocas personas tomen la decisión de abandonar la comunidad y mucho menos de hablar sobre su experiencia.

Una versión muy diferente

Ante esta batería de acusaciones, hemos contactado con los Testigos de Jehová para que nos den su versión, que ha resultado ser muy diferente a las anteriores. Desde su departamento de prensa, aseguran vía email que desconocen que haya ancianos que hagan preguntas indiscretas y humillantes en los comités judiciales. De hecho, han llegado incluso a condenarlas: “ese tipo de preguntas están fuera de lugar, son del todo impropias, y cualquier persona estaría en su derecho a no contestarlas”.

También sostienen que la relación que los miembros mantienen con los familiares que han abandonado la comunidad es decisión suya. Aunque un fragmento de la Atalaya (revista de la organización) de 2013 sostiene lo contrario: “obedezca a Jehová y corte la relación con su familiar expulsado. No busque excusas para pasar tiempo con él o para seguir comunicándose con él por teléfono o por Internet”.

Ya en cuanto a las llamadas que, según Mikel, recibió su madre se escudan alegando que “los miembros de una comunidad local o congregación podrían interesarse en ver si pueden ayudar a alguien que ha dejado de asistir a las reuniones, pero esas visitas llegarán hasta donde la persona desee”. Además, sostienen para dejar claro que cada exadepto es libre de si quiere darle un rumbo nuevo a su vida o quiere volver al pasado.

Como suele ocurrir en estos casos, la versión del exadepto y los todavía miembros de la comunidad se encuentran totalmente confrontada y parece muy difícil atisbar un punto en común. Pero, de lo que no cabe ninguna duda es que, al menos para Mikel, su salida de los Testigos de Jehová, con divorcio incluido, no fue precisamente un camino de rosas. Eso sí, según nos cuenta, por fin ha encontrado la salvación fuera después de haber estado cuatro años sometido una terapia para acabar con el miedo a vivir su propia vida: “ahora puedo decir que ahora soy libre y eso te da una sensación de paz”.