El País, 30/03/1997

LAS SECTAS destructivas -como la de la Puerta del Cielo, que ha llevado al suicidio colectivo a 39 personas en San Diego (California)- tienen tantas raíces en la historia como las religiones de las que se presentan como desviaciones o rupturas; es decir, que casi pueden remontarse a los primeros orígenes del hombre. Este último drama recuerda algunos acontecimientos milenaristas, sólo que un millar de años después, aunque ahora venga envuelto en una cultura seudocientífica que revela la persistencia de algunos fanatismos, pero también la existencia de nuevas supersticiones. El grupo existía desde los años setenta, pero es la primera secta con dimensión multimediática que logra tan negra notoriedad.Lo acaecido en San Diego podría haber ocurrido -de hecho ocurre- en otros países, pero era más probable que ocurriera en Estados Unidos, y aún más en Califomia. En ese país, la proliferación de sectas -destructivas o no- corresponde también a una proliferación de religiones de la que nos hacemos poca idea en Europa, no digamos ya en España. Es una sociedad que tiene una profunda fe religiosa -lo que básicamente la diferencia de la religiosidad más escéptica de los europeos-, y cuyas preocupaciones se ven a menudo reflejadas por el alto nivel de ventas de obras sobre el tránsito de la vida a la muerte. A lo que hay que añadir una dimensión sexual que se ha traducido en la aparente castración de algunos de los sectarios. Estados Unidos es también una sociedad sin asideros, en la que la tremenda tensión que se produce entre la promesa anunciada del sueño americano y la realidad de lo que se logra es pasto para los telepredicadores -los mismos de siempre, sólo que subidos al galope multimediático- y para las sectas destructivas.No estamos ante una tragedia obra de jóvenes, sino ante el suicidio colectivo de unas personas de edad madura, que se suponía bien formadas. Los miembros de la Puerta del Cielo eran profesionales relacionados con las nuevas técnicas de comunicación. Vendían servicios a empresas para la red de redes, Internet, que parecían venerar. Y es que en este drama está muy presente la nueva dimensión tecnológica. Esta secta se anunciaba en Internet. Creía que «el planeta Tierra está a punto de ser reciclado», y que los extraterrestres estaban al alcance, con la llegada del cometa Hale-Bopp; una nueva forma de politeísmo. Tales despropósitos a menudo apare cen en debates en nuestros propios televisores, y ahí es peramos que se queden: en tonta palabrería.

La ciencia mal entendida, mal explicada y mal asimilada puede también producir monstruos, como el sueño de la razón goyesca. Es el riesgo de reemplazar una superstición por otra. El camino para combatir estos movimientos -y sus perniciosos efectos- no es, desde luego, frenar la ciencia, sino impulsarla, con conciencia, sin embargo, de los límites siempre renovados del conocimiento científico. Del mismo modo, no cabe acusar al fenómeno Internet de cobijar este tipo de sectas destructivas, Aunque le pese a MacLuhan, el problema no es el medio -aunque Internet genere a su vez nuevos problemas-, sino el mensaje. No obstante, es previsible que esta tragedia sirva para alimentar los argumentos de los que en EE UU quieren limitar Internet.

Desde luego, en estas sociedades, las sectas tienden a proporcionar a sus miembros un sentimiento de pertenencia que otras instancias han renunciado a dar. Y de ahí que sea, por desgracia, previsible que este tipo de dramas puedan multiplicarse en estos próximos años inciertos. Desde luego, en la sociedad estadounidense, pero también en las nuestras, hay una especial receptividad a los estímulos sentimentales. De ellos viven los impulsores de este tipo de sectas, aunque, como el líder de la Puerta del Cielo, Marshall Applewhite, acaben su vida con su secta. Es ejemplo de una reacción fanática y supersticiosa a lo que algunos denuncian como un re brote de la angustia en nuestras sociedades, de la perplejidad general que domina en el mundo de hoy.