Clarín (Argentina), Rafael Morán, 5.05.2004

Hemos fracasado, pero insistimos». El que habla es Mario Luis Rodríguez Cobo, más conocido por el apodo con que se lo conoce desde la década del 60, Silo, cuando se transformó en el predicador de una corriente espiritualista y, más tarde, inspirador de un partido político, el Humanista. Los años han pasado y las circunstancias son otras. Pero el hombre no parece dispuesto a rendirse, más allá de que reconoce «el triunfo provisorio de la cultura del antihumanismo».

Unas cuatro mil personas se han congregado para escucharlo en esta localidad cordillerana, ubicada a 2.300 metros de altura y a 167 kilómetros de la capital mendocina, al cumplirse 35 años de su primer «sermón de la montaña». Y celebran sus palabras con el mismo entusiasmo que en aquellos tiempos cuando en las paredes de Buenos Aires podía leerse la leyenda «Silo es bueno».

El acto incluye algunos «casamientos» bendecidos por el propio líder, con el único objetivo de promover «vínculos nuevos y en lo posible duraderos», como él mismo los llama.

El sol es espléndido, pero el viento corta como una navaja y hace frío: cero grado de sensación térmica. Los acólitos de Silo provienen de dos decenas de países, incluso de Nigeria y Noruega, pero son en su mayor parte de Chile y Argentina. Se han ubicado ordenadamente en las laderas de un monte pequeño, el mismo sitio que Silo eligió el 4 de mayo de 1969 para lanzar su proclama de «curación del sufrimiento», concepto que reiteró en varios libros.

Místico, por momentos histriónico, orador de pausas calculadamente profundas, Silo imprime al momento un fuerte sesgo de características religiosas. Se ve a algunos cerrar los ojos, como en trance, y a otros derramar lágrimas. La emoción se palpa.

Mario Luis Rodríguez Cobo es mendocino y tiene 66 años. De chico sus padres lo veían «flaco y largo como un silo», de ahí su apodo. A los 30 era vendedor de lubricantes y ahora cultiva una viña familiar en Luján de Cuyo. En los 60 fundó un grupo espiritualista que propugnaba la salvación mediante «la real sabiduría que está en el fondo de las conciencias, como el amor verdadero lo está en el fondo de los corazones». En 1968 se aisló seis meses para meditar en un refugio de Punta de Vacas. Y en 1969 hizo su primera arenga en esta misma localidad porque los militares de la dictadura habían prohibido los actos públicos en zonas urbanas. Un general le había dicho: «Vaya a hablarle a las piedras». En 1999, al cumplirse los 30 años de aquel mensaje al que asistieron unas 500 personas, muchas de ellas paralíticas y enfermos terminales que lo creían un sanador, volvió a la montaña para dar su segundo discurso contra la violencia.

El de ayer es el tercero. Sus palabras también tienen un fuerte tono político: condena la invasión armada en Irak y la mano dura para combatir la inseguridad en nuestro país. Pero el eje de sus expresiones están dirigidas a consolidar las bases filosóficas de su movimiento. «Es la fe en nosotros mismos, en nuestro proyecto de humanización del mundo, por lo cual seguiremos intentando nuestra prédica aunque fracasemos una y mil veces». Y convoca a montarse en «este pájaro llamado intento».

La gente responde con curiosidad y entusiasmo. Lucrecia Mendes, portuguesa, de 20 años, vino a ver a Silo para » entenderlo mejor». Y la socióloga francesa Ariane Weinberger, de 48, quiere comprobar el rumbo: «La vida es corta para perderla en algo que vaya a fracasar». Allí, en Punta de Vacas, es como si el tiempo no hubiera pasado.