AIM (Argentina), 23.05.2015

Las congregaciones religiosas te despojan “la identidad, la manera de pensar, los vínculos sociales, lazos familiares e ideales”, denunció  la docente y comunicadora social Yanina Lofvall,  quien estuvo en Paraná donde presentó Siervas Trinitarias, libro en el que narró su experiencia sobre su paso Servi Trinitatis, movimiento sectario de la Iglesia Católica Apostólica Romana (Icar) devoto al franquismo, registró AIM.

La palabra irrumpe, denuncia, tensiona y cura. El discurso fue claro y conciso: aún hoy, en la modernidad, el dominio físico e ideológico no sólo pasa por el Estado y el mercado sino que lo residual de la Edad Media aún subyace en el control de los cuerpos mediante el miedo, la opresión y la coerción. La historia de Lofvall devela una trama invisibilizada en Argentina que expone crudamente que la religión opera con sus mayores fuerzas para la destrucción de los ideales del iluminismo y estruja con sus tentáculos la voluntad de cientos de niños y jóvenes de una manera más perversa y siniestra que la habitual.

“Genera una cosa muy compleja asumir socialmente que estuve en un movimiento sectario donde me redujeron, me robaron la vida, la manera de pensar y el poder de decidir”, dijo la comunicadora social en la charla que se realizó en el salón Ofelia Zaragozzi de la Facultad de Trabajo Social en la capital entrerriana.

Lofvall narra lo que sufrió en carne propia en Servi Trinitatis, secta de ultraderecha de la Icar donde “con el tiempo se pierde todo tipo de gusto, de afinidad con todo”, y salir de esos altos y oscuros muros  ideológicos “es la nada misma”, ya que en la sociedad “no queda nada ni nadie, porque quiénes ven los cambios no entienden qué pasó”.

“Nos cooptaron cuando éramos niñas o jóvenes vulnerables, de entre 12 y 18 años, quienes estábamos en un momento de debilidad emocional y ellos, los curas españoles, minaban la consciencia; se meten en tu cabeza de manera que las prohibiciones de a poquito van limitando tu vida y tu identidad”, reveló Lofvall, quien estuvo  años sometida a Servi Trinitatis. Al respecto, detalló: “te prohíben tener amigos, porque es perder el tiempo para llevar las almas a dios; no  se puede abrazar a las familias, no se puede visitarlos; no se puede tener ningún acontecimiento social o cultural; no se puede mirar televisión, ni mirar diarios, ni escuchar música, ni comprar aros, ni comer dulces, ni depilarse,  ni decirle a los padres que se participaba de la institución, ni cobrar el sueldo, que iba directamente a las arcas a la organización, ya que ellos retienen las tarjetas”.

Precisamente, “se tiene un plan de vida, que detallaba lo que se hace las 24 horas del día con autorización del director y se salía de ese cronograma se debía declarar qué pasó a la directora personal”, contó la docente, quien ejemplificó: “si se hablaba por teléfono se tenía que decir con quién se habló, cuál era la razón y por cuánto tiempo o si se recibía correspondencia la veía primero el director y si la consideraba pertinente la entregaba y sino no”.

“Es un régimen cerrado en el que la vida pasa a ser eso; el director, la directora y las hermanas, donde sólo se puede hablar de las cuestiones espirituales y fuera de eso no hay un mundo posible, por lo que el vacío que provoca irse de ahí es la nada misma”, rememoró.

“Al salir me preguntaba qué nos hicieron, quiénes somos, quiénes deberíamos ser si no hubiéramos caído en esta secta; nuestro camino de vida se truncó. Nos robaron la identidad, nuestra manera de pensar, los vínculos sociales, lazos familiares e ideales, ya que teníamos quiebres ideológicos y de la personalidad muy fuertes”.

A años de ese martirio, con un juicio estancado por la influencia de la religión sobre el Estado de Clase, Lofvall rompió ese silencio de resistencia y lo convirtió en un murmullo que desnaturaliza parte de una compleja trama oscura y confusa en la que la religión dominante en Argentina apuesta al olvido y la sumisión.

La periodista cree en la Δίκη (la justicia); una justicia social  que ayude a sanar a quienes fueron sometidos y que permita a quienes aún están encadenados liberarse de esas corroídas y adornadas ataduras, ya que Servi Trinitatisquesigue operando en Argentina como Católicos en acción y Asociación sol en Santa Rosa y Lomas de Zamora, es un síntoma de estas organizaciones que maquinan en las sombras.

Un texto que interpela

Por su parte, Valeria Canoni, integrante de Entre Ríos Laica, contó a esta Agencia que el libro lo terminó “enseguida porque es de una lectura cordial y emotiva que disparan muchas vivencias propias”.

“Cuando a Florencia le decían que no sea tan alegre y afectuosa, recordé el mismo reproche de parte de mis compañeros de iglesia en el grupo Caminos de vida cristiana: ‘no es bueno que seas tan afectuosa, no es bien visto’”, comentó la docente de Filosofía, quien valoró la presencia de Lofvall en Paraná.

En ese marco, la profesora reconoció que personalmente le costó mucho quitarse las fobias y los prejuicios que le inculcaron en diez años de estar militando en la Iglesia católica: “a virginidad, el miedo a la sexualidad, temor a pecar, los exámenes de conciencia, etc”.

“Comencé a asistir para tomar la comunión a los 11 años, influida por los relatos de mi abuelo paterno. Salesiano, con la misión de contagiar a la juventud, vio en su nieta a una persona con potencial dado mi interés en ayudar a todo el mundo. Como era a una niña muy solidaria, él pensó que la iglesia iba sería una buena manera de canalizar mis energías”,  recordó y precisó: “a los 16, con un cuadro de anorexia, fui al retiro espiritual de los Caminantes, invitada por una amiga. Me di cuenta que era un lugar que utilizaba métodos poco ortodoxos pero todo era viable si se trataba de evangelizar. Así que di mi testimonio ante mi familia, prometiendo que cuando saliera de ahí iría a un médico para tratar mi afección”.

“Un tiempo seguí en la institución pero entendí prontamente que no estaba entre los elegidos, tenía muchos cuestionamientos internos y veía al  interior de la iglesia la misma división de clases y privilegios que se reproducían en el resto de la sociedad”, por lo que se fue de la institución desencantada ya que se encontró un sin fe gracias a sus lecturas, que le permitieron comprender que la Icar fue cómplice y partícipe necesario en la última dictadura y también como feminista, tomó conciencia de los derechos que se les siguen negando.

“Todo eso hizo que haga un quiebre y advertí que esta institución no tiene ninguna forma de seguir a no ser adoctrinando y mintiendo”, aseguró.