Clarín (Argentina), Gabriel Giubellino, 9.06.2008

Viernes 23 de mayo. Juez, fiscal, abogado denunciante, policías de ambos sexos de la Brigada de Investigaciones y el obispo de Santa Rosa, La Pampa, se acercan al chalet de la casa O’Higgins 35. El juez había ordenado una inspección ocular a ese lugar donde viven chicas, laicas consagradas. Como católico practicante, el juez estaba preocupado. La denuncia era seria: reducción a la servidumbre, mediante técnicas de lavado de cerebro propias de las sectas, con el poco santo fin de sacarles dinero y bienes. Isabel, una de estas chicas, abre la puerta. Le pide permiso al obispo para hablar. Se lo concede y larga: “Servi Trinitatis es un instituto secular…”. En eso estaba cuando la española que dirige la casa irrumpe: “Qué hacen acá, no puede haber hombres, retírense”. El juez explica la situación. La mujer se planta. “Muéstreme la orden”. El juez cuenta hasta diez y le explica lo absurdo que sería el hecho de firmarse una orden a sí mismo.

-Muéstreme documentos-, insiste la mujer.

-Señora, soy yo el que tendría que pedir los documentos.

Enojada, la mujer se encierra en un cuartito y hace una llamada. Después de cortar, a regañadientes deja avanzar a la Justicia, la Policía y hasta el mismo obispo, que presenció la escena en un segundo plano. La mujer había llamado a España.

En Cuenca, España, se encuentra la sede de Servi Trinitatis, asociación publica de fieles que se debe a una iniciativa del sacerdote diocesano Gratiniano Checa Colmena, más conocido por sus seguidores como padre Grati. El “cenáculo”, como le llaman, de la calle O’Higgins es la casa de las “laicas consagradas”, chicas que trabajan como cualquiera -muchas son docentes- pero que vuelven a la noche a la casa. Si sus movimientos son libres o si actúan con cierto grado de automatismo, con la voluntad minada por sus superiores, es algo que deberán determinar los peritos. No hay en este caso violencia física. Las cadenas, si las hubiera, serían simbólicas. Un caso psicológico.

Las laicas consagradas “se dedican a procurar la santificación del mundo sobre todo desde dentro de él”, se explica en http://servitrinitatis.org. Once denunciantes, entre los que hay chicas que salieron de esa casa, opinan lo contrario: que las aislan del mundo bajo el precepto “ocultar no es mentir”.

El abogado Omar Gebruers es el director de orquesta de la denuncia por “reducción a la servidumbre” contra los curas españoles Antonio Martínez Racionero y Ricardo Latorre Canizares. Buscó notas variadas entre sus once denunciantes. Un matrimonio que tiene a una hija en España, con votos perpetuos, y a otra que se fue del instituto y ahora está en La Plata. Otro matrimonio, cuya hija está viviendo en “el cenáculo” y hacía meses que no la veían. Cuando la denuncia se hizo pública, la chica les recriminó: “Ahora los va a odiar la sociedad”. Otro matrimonio cuya hija estaba en Cuenca “pero se escapó”. Los padres que representan a su hijo menor de edad, que estuvo internado en el colegio de curas de Santa Rosa. Los padres de otra chica, que está en la casa, también enojada por el escándalo. “¿Qué buscaban? ¿Droga? Nosotras vivimos dignamente”, les dijo. Por último, una chica que salió del instituto, declaró y está bajo tratamiento psicológico y psiquiátrico.

Hasta el día de la inspección ocular, solo dos hombres habían ingresado al cenáculo, muy bien ubicado en el centro de la ciudad: los dos sacerdotes denunciados. Ambos curas llegaron a Santa Rosa en 1995. El denunciante Gebruers destaca: Servi Trinitatis fue recién aprobado como instituto secular por el Arzobispo de Madrid en junio de 2007. Ellos mandan en la casa desde mucho antes, vinculados a la Acción Católica.

En la casa hay ocho chicas, pero hasta el viernes el juez no sabía quiénes eran. Cuando firmó la orden para impedir que los sacerdotes españoles salieran de la ciudad de Santa Rosa, ante la sospecha de que tenían planeado un viaje, también pidió que “con carácter de urgente” le remitieran un listado con datos y documentos de las chicas. Un aura de misterio rodea a la casa. Un párroco de esta ciudad dijo a Clarín: “Cada vez que pregunté qué hacían, me respondían con evasivas. Hace años que están, pero recién ahora se escucha el nombre Servi Trinitatis”.

Cuando el juez Carlos Flores recibió la denuncia, se sobresaltó. Pensó que era el caso más delicado de su vida. Leyó que a las chicas no las dejan tomar mate ni café, estimulantes, que no se pueden atender con médicos varones, que no pueden pasear por la avenida San Martín, ni tomar dulces. La cafeína levanta, el dulce anima. “Debiles son más manipulables”, sostiene Gebruers, quien apoyó su denuncia con mucho material sobre sectas. Para demostrar que el objetivo de la abstinencia no era religioso, tiene un testigo que cuenta que los curas españoles comían dulces: “Bombones de licor antes de la cena, peras al borgoña de postre”. Después, las consecuencias de los votos de pobreza y obediencia: “El de pobreza implica ceder la tarjeta de débito y su clave”, dice la denuncia. Y el voto de pobreza perpetuo “implica la firma de un testamento a favor del Instituto, cediendo sus bienes actuales o futuros”. Algunos familiares describen la actitud de sus hijas con la palabra “poseída”. Una de ellas les dijo: “La familia no es lo más importante”. Se sospecha que les ordenan no decir nada sobre lo que pasa en el Instituto. Nada sobre las normas, nada sobre las prohibiciones. Denuncian: “Se les prohibe tener demostraciones de afecto personales”.

El clic para muchas fue el caso Claudia. Una chica que ingresó en 1996 y tiempo después comenzó a sufrir diversas enfermedades. De corazón, pulmones, cánceres varios. De cada una se recuperaba “milagrosamente”, dice una carta agregada al expediente, escrita por una ex Servi Trinitatis cuando “se avivó”. Por cada una se pedían colaboraciones de dinero.

Suena el timbre del cenáculo. Abre una chica. Su cara, iluminada con la luz de la calle, contrasta con la oscuridad interior. “La directora de la casa no está, no sé cuándo viene”. Portazo. El cronista habla con tres fuentes que ingresaron el día de la inspección ocular. A una le llamó la atención que el baño no tuviera luz. A otra, la piscina del fondo, que no usan. La tercera la describió así: “No hay fotos personales, ni de familiares, ni posters, como uno espera en una casa donde viven jóvenes. Falta alegría”.

Cuando el padre Antonio escuchó hablar de la denuncia por primera vez, le dijo a sus colaboradores. “Hay mucha mentira y mucha malicia”. No habló con Clarín. El obispo de Santa Rosa, monseñor Rinaldo Fidel Bredice, dedicó unas palabras al enviado del diario, antes de dar misa: “¿Llegó bien con los piquetes? Ya ve, acá está todo tranquilo”. Y remitió al comunicado en el que él expresó su “total confianza” en ambos sacerdotes.

Ahora, ¿es delito no comer dulces o ceder la tarjeta de débito? Pueden ser opciones, si uno está en sus cabales. El juez espera que los psicólogos le aclaren si hubo sometimiento o captación de la voluntad en la causa N° 37.494. El fiscal Carlos Ordas es de los que piensa que lo fundamental es demostrar que ingresaron de manera forzada. Entiende que las primeras pericias deben hacerse sobre aquellas chicas que salieron del instituto para no vulnerar el derecho a la intimidad de las que están en el cenáculo. “Este es un tema delicado, en una comunidad católica como la nuestra”.

Gebruers tiene otra carta en la manga. “Todas las chicas cuando entraron eran menores. Y por la ley de Patria Potestad necesitan autorización de los padres para eso”. Para él no hay dudas que hay un delito contra la libertad individual. Reducción a la servidumbre, con penas de 3 a 15 años de prisión.

Un terrenal hilo conductor
Lucas Guagnini
Trabajar y darle el propio sueldo a otro. Preferir irse a dormir en lugar de irse a tomar algo con los amigos. Aislarse de la familia al punto de no tener ni sus fotos. Mirar una pileta en verano sin tener ganas de tirarse. Dejar de comer dulces y de disfrutar del sexo. Así viven las internas del Servi Trintatis. Un juez debe decidir si esos son actos de su libertad individual o están inducidas con un fin. Si la fe las lleva a comportarse de manera que a otros les resulta extraña, ¿cuál es el delito? Un significante, un móvil posible, se repite en los relatos: el dinero. Se habla de testamentos en favor del instituto, de tarjetas de débito entregadas a los curas, de dinero en efectivo traído durante los viajes a España y hasta de colectas para falsas enfermas. Algo tan terrenal sobresale una y otra vez en comportamientos que escudan su legitimidad en lo divino.