E. MIRET MAGDALENA  El País, 10/11/1990

Todos los días se habla o escribe de sectas, y se cuentan mil disparates o inmoralidades que se dice cometen estos grupos. Y se pretende una legislación prohibiendo tales pequeñas agrupaciones.Yo he vivido este problema en la época que dirigí la Protección de Menores, y he tenido ocasión de conocer directamente tanto estos variados grupos como también aquellos que pretenden contrarrestar su acción.

Lo que falta -según mi experiencia- es percatarse de que el mal no está en el grupo como tal, sino en su cerrada postura cuando llega a límites negativos, postura que suele llamarse sectarismo, pudiendo llegar hasta el extremo del fanatismo.

Y entonces bastan las leyes que nos preservan de cualquier coacción perjudicial que coarte nuestra libertad, protegida como está por la Constitución, o cuando explote ilegalmente a quienes entran en uno de estos grupos.

Secta es un término técnico que la sociología emplea desde Weber para entender este fenómeno social generalmente de carácter religioso más o menos explícito. Iglesia suele ser una organización religiosa amplia, claramente institucionalizada; y secta es un pequeño grupo que generalmente se ha desprendido de esa organización más amplia. La secta tiene una estructura cerrada, que pretende salvar a sus pocos seguidores del mundo, contra el cual se encuentra en cerrada oposición, siguiendo a un líder carismático que propaga un mensaje salvador de todos nuestros males.

Y nada podemos decir de ello que sea ilegal, salvo que nos guste más o menos su postura concreta.

El cristianismo primitivo, según H. R. Niebuhr, fue primero una secta, para luego convertirse en una Iglesia. Pero también han aparecido después en su historia numerosas sectas desgajadas del gran núcleo central -llámese Iglesia, al estar institucionalizada, o simple movimiento religioso, como sigue siendo el budismo- Es lo mismo que le ha ocurrido también a este último al diversificarse, y que tanta semejanza tenía con el, cristianismo en sus pretensiones primitivas de ser un gran movimiento espiritual más que una religión con sus ritos, su clero y su disciplina escrita, cosa añadida después a uno y otro.

Existen muchos cristianismos, como existen muchos budismos; y proliferan en ellos sectas y más sectas que pretenden ser las únicas puras y poseedoras de la total verdad. Del mismo modo que la espiritualidad oriental ha dado lugar a un sinfín de pequeños grupos más o menos esotéricos, que entran en competencia con aquéllos y que invaden nuestro país, reclutando sus fieles entre la juventud desanimada ante el panorama descorazonante para ella del mundo creado por los adultos, donde no tienen sitio, y el formalismo de las grandes iglesías y su falta frecuente de vitalidad, llenas como están de rutinas y a falta de una puesta al día razonable.

Sin embargo, el peligro de las sectas, fuera y dentro de las iglesias, es evidente y tiene un nombre: sectarismo. Porque este fenómeno no se da sólo al desgajarse un grupo pequeño de la gran institución, sino de modo más solapado se produce también dentro de ella. En el mundo católico se da el sectarismo de los grupos, sean órdenes o congregaciones de religiosos, o movimientos organizados de laicos, institutos seculares o semejantes. Yo todavía he conocido en ejercicios espirituales, diciéndolo de tú a tú para impresionar más, que si ingresábamos en una determinada orden religiosa teníamos asegurada la difícil salvación; y a los que estaban dentro de ella se les ponían los pelos de punta ante la salida de sus filas, porque se aseguraba que la condenación eterna se les vendría encima. Y, ¿no es esto -o algo parecido, pero aparentemente más al día- lo que se han dejado decir algunos movimientos católicos, igual que pretenden algunas de las sectas -cristianas o no que denunciamos duramente?

El gran mal es el sectarismo, que es la ciega sistematización e inflación de lo que es una secta, se encuentre donde se encuentre. Es la coacción, la identificación de la verdad absoluta con lo que dice el líder, el exclusivismo, la explotación de la buena fe, la búsqueda oculta de los intereses materiales de los dirigentes y los métodos de disminución de la personalidad libre. Y yo, como católico, me siento con dificultad para tirar la primera piedra contra los de fuera, si no hago un examen profundo de conciencia con el fin de evitar en mi religión lo que achaco a otros que están alejados de mí. Y además, este virus no sólo está desarrollándose en el plano religioso, sino que lo hace al modo laico hasta en los grupos sociales y políticos, que ofrecen a veces el oro y el moro si se pertenece a ellos de modo sumiso.

Sólo venceremos esa tentación de seguridad y de falsas ventajas que prometen estos pequeños grupos si, en vez de luchar discriminatoriamente contra algunos de ellos, no hacemos excepción alguna allí donde veamos surgir clara o rebozadamente el sectarismo cerrado, sea conservador o progresista. Debemos guiamos por el antiguo libro del Eclesiástico cuando dice: “Guárdate del consejero, mira antes cuáles son sus necesidades; ( … ) más bien atiende al consejo de tu propio juicio, porque nadie es más digno de confianza que él”. O lo que Jesús enseñó a sus oyentes: “¿Por qué no juzgáis lo que es justo por vosotros mismos?”; y san Pablo recomendaba: “Examinado todo y quedaos con lo bueno”. Lo mismo que enseñaba Buda -según el Anguitara Nikaya- a quienes le oían: “No os guieís por lo que oís decir a otro, ni por las revelaciones de los llamados libros sagrados ni por abstractas deducciones lógicas, ni por las opiniones establecidas; no os guiéis por fenómenos aparentemente reales, ni por las palabras de un asceta o un maestro; pero, si puesto en práctica, causa desgracia y sufrimiento en vosotros y en los demás, desechadlo entonces; y si redunda en liberación y felicidad para vosotros y los demás, aceptadlo entonces y vivid conforme a ello”.

Y así tendremos que acostumbrarnos, nos guste más o nos guste menos, a aceptar -siempre que no caigan en el sectarismo despreciador de la libertad humana de decisión, y no hagan daño real- toda suerte de grupos, religiosos o no, producto de ese perspectivismo que descubrió Ortega y Gasset y en el que se mueve necesariamente la naturaleza humana, que no puede ser nunca la poseedora exclusiva de la verdad absoluta.