FRANCISCO GOR El País, Tribuna, 26/10/1997

Incluso en un periódico laico como EL PAÍS, que ha apostado firmemente en sus páginas desde su fundación por el pluralismo religioso y la plena igualdad de las confesiones religiosas sin privilegios históricos o institucionales en el marco de lo establecido en el artículo 16 de la Constitución de 1978, se cuelan a veces conceptos o términos que no responden plenamente a tales principios. No es raro que en el lenguaje popular se califique de «sectas», con el fuerte sentido peyorativo que tiene el término (adepto a una doctrina marginal, falsa y fanática), a iglesias y confesiones religiosas constituidas desde hace siglos, con un cuerpo doctrinal vigoroso y acreditado a través del tiempo y con un núcleo numeroso de fieles, que en algún caso han debido arrostrar incluso persecuciones en defensa de sus creencias y prácticas religiosas. Pero tiene menos justificación -además de ser más grave por la desorientación que produce- que esa terminología tenga cobijo en los medios de comunicación social.El término «secta» choca frontalmente con lo que ha sido y es la Iglesia evangélica o protestante. Por eso resulta al menos confuso que se hable de «sectas evangélicas» en una de las crónicas publicadas en EL PAÍS con motivo de la reciente visita del papa Juan Pablo Il a Brasil, salvo que se trate de grupos desgajados o separados del tronco principal de la Iglesia evangélica brasileña como parece desprenderse de la observación de que ‘ tales grupos son «de feligresía ultra». En ese caso no sería incorrecto el término, como no lo es denominar en España «secta católica» a la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz (vulgarmente conocida como Iglesia de El Palmar de Troya). Es comprensible que los evangélicos o protestantes españoles reaccionen de inmediato ante lo que consideran una grave y peligrosa desviación terminológica respecto de su confesión, una de las tres -junto a judíos y musulmanes, aparte del caso especial de la Iglesia católica- con las que el Estado español mantiene convenios de colaboración por su «notorio arraigo» en la historia y en la sociedad españolas. Pedro Tarquis, portavoz de la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE), cree ver en ese tipo de terminología -denominar antiguamente hereje o marrano y ahora sectario a quien tiene o abraza una fe distinta de la católica una manifestación del inconsciente colectivo que todavía perdura en determinados sectores sociales e «incluso en los medios de comunicación más objetivos (no digamos de los subjetivos)». Es posible que así sea. Las cosas se contemplan lógica mente con mayor espíritu crítico desde la situación minoritaria de una confesión religiosa que, como la evangélica o protestante española, ha debido soportar cuatro siglos de un catolicismo excluyente y 40 recientes años de un nacionalcatolicismo represor. No es extraño, pues, que esta visión crítica tiña también el análisis -sin embargo, muy positivo- que Juan Antonio Monroy, presidente de la FEREDE, hace de «la más que meritoria transición política española» en lo referente al reconocimiento e implantación de la libertad religiosa en la España actual. Para Monroy, en este periodo se gestaron las más avanzadas leyes de libertad religiosa, pero ello no ha impedido que, «de la misma manera que la esclavitud en Estados Unidos, a pesar de su abolición legal, persistiera como práctica y como actitud ante ‘el otro’ [el negro], en España los protestantes o evangélicos sigan siendo también ‘el otro’, lo que se refleja en forma de arquetipo cultural soterrado o emergente en la expresión pública de los medios de comunicación». Si esto es así, se deduce fácilmente la responsabilidad que tienen los medios de comunicación -a través de un objetivo y adecuado uso del lenguaje en el ámbito socio-cultural de las creencias- en la reafirmación de los valores constitucionales de libertad y pluralismo religiosos en momentos en que se perciben síntomas de un confesionalismo encubierto pero no por ello menos real. Juan Arias, antiguo corresponsal de EL PAÍS ,en Roma y en el Vaticano y experto en temas religiosos, abunda en esta idea: «El respeto», afirma, «por la objetividad del lenguaje y por la sensibilidad del lector debe hacer que el periodista sea riguroso y respetuoso tanto a la hora de escribir sobre temas religiosos como cuando aborda cualquier otro tema de la vida. Despreocuparse de ello como si lo religioso fuera un tema menor en el que todo estuviera permitido no sólo es injusto, sino anticultural».Debate en entredicho

Es posible que TVE haya dado, de la mano del Gobierno del Partido Popular, uno o varios pasos más por la senda del sectarismo y la parcialidad, ¿pero justifica ello el reproche que un lector de Villalba, Madrid, Enrique Fresno Ballesteros, hace a EL PAÍS por haber recomendado el 7 de octubre el debate de La Primera sobre el fútbol en el programa que dirige Luis Herrero? El lector no aprecia la forma en que se realizó tal debate, señala -el perfil poco plural del grueso de sus invitados y estima que EL PAÍS, con este tipo de recomendaciones, sólo consigue confundir a sus lectores. También se extraña de que se, recomiende ver «un debate previamente grabado, circunstancia que se omite en la información». Es cierto que en la breve sugerencia informativa sobre el debate no se aludió a la circunstancia de su grabación previa, pero, aparte de que la pregrabación sea una práctica habitual televisiva, en EL PAÍS y en otros medios de comunicación se ha publicado lo afirmado por Diego Carcedo, miembro del Consejo de Administración de RTVE, de que Herrero graba previamente su programa para hacerlo compatible con su trabajo noctumo en directo en la COPE. Por lo demás, EL PAÍS siempre ha propugnado la conveniencia de que la televisión pública realice debates plurales y equilibrados sobre temas de actualidad, por lo que es coherente que, llegado el caso, los recomiende a sus lectores. Otra cosa es que tales debates no se atengan a los principios de objetividad, imparcialidad y pluralismo que obligan sobre todo a un medio de comunicación público como TVE. Vigilar que tales principios se respeten es responsabilidad del Consejo de Administración de RTVE y de la propia dirección de TVE. Y es lo que dicho consejo ha hecho recientemente, proponiendo el relevo de Luis Herrero al considerar que su actuación no se atiene a esos principios exigidos por el Estatuto de RTVE.

Pero el lector quiere saber por qué se recomendó ese debate en concretó. Joaquín Prieto, redactor jefe de Comunicación y responsable de las páginas de televisión, le da la respuesta: «Un medio como EL PAÍS, que se dirige a un público plural, no puede soslayar la información sobre las emisoras o los programas cuyos contenidos difieren de su línea. Y en este caso concreto me parece correcto que la sección Televisión / Radio mencionara un espacio recién estrenado, y más cuando se trataba del primer debate organizado por la televisión estatal acerca de un tema indudablemente polémico. Otra cosa es que el tratamiento dado al mismo en el programa emitido resultara muy sesgado, al igual que entregas posteriores del programa Debate, como ha quedado reflejado en esas mismas páginas dé televisión».