PEPE RODRIGUEZ PERIODISTA. EL Mundo, Opinión, 26.07.1990

LAS sectas vendrían a ser el equivalente sociológico de la lluvia ácida. Mientras ésta es el producto de un desarrollo industrial sin pies ni cabeza, aquéllas son el resultado de un proceso social sin cabeza. Y, ambas, son basuras contaminantes y difíciles de controlar. Pero, para evitar agravios comparativos, debemos precisar a qué clase de sectas nos referimos. Sectas y sectarismo hay muchos en nuestra sociedad: sectas de jueces, sectas de periodistas, sectas de médicos, sectas de políticos, sectas de obispos, sectas de todo. Ser secta, como tal, no es grave -aunque sí muy lamentable-, pero formar parte de una secta organizada para delinquir ya es harina de otro costal.

DESTRUCTIVAS.-

Las sectas que deben ser blanco de la crítica social y de la acción judicial son las que los expertos definimos como Sectas Destructivas (SD). Una SD será todo aquel grupo que, en su dinámica de captación y/o adoctrinamiento, utilice técnicas de persuasión coercitiva que propicien la destrucción (desestructuración) de la personalidad previa del adepto o la dañen severamente. El que, por su dinámica vital, ocasione la destrucción total o severa de los lazos afectivos y de comunicación efectiva del sectario con su entorno social habitual y consigo mismo. Y, por último, el que su dinámica de funcionamiento le lleve a destruir, a conculcar, derechos jurídicos inalienables en un Estado de Derecho. Si repasamos esta definición con el Código Penal en la mano, veremos que las SD cometen delitos no ya por voluntad lucrativa -que tam bién- sino por su propio diseño vital. La condición de delincuente va obligatoriamente asociada a la de SD. Empezando por el proselitismo ilegítimo (tipificado en el 205/2 del Código Penal), pasando por las amenazas y coacciones (493 y 494 del C.P.) o la estafa y otros engaños (528 y 529/1 del C.P.), y acabando por las lesiones (421 y siguientes del C.P.). En el debate sectario no cabe pues, tal como inteligentemente pretenden las SD, entrar en el campo de la crítica a las ideas o creencias distintas -que gozan de una robusta y necesaria protección constitucional-, el único campo de batalla debe estar encuadrado por el marco jurídico vigente. La cuestión es muy simple, pero el problema, como se verá, es muy otro. Las SD, en este país, pueden campar a sus anchas no por la falta de leyes, sino por falta de voluntad/capacidad de quienes tienen el deber de aplicarlas. La estructura judicial española es aún muy deficiente -con esperanzadoras excepciones y con lenta tendencia hacia cotas aceptables- y perjudica por igual a todos. Bueno, a todos no, a los delincuentes los beneficia. Las SD se ríen a mandíbula batiente de la Justicia española. Y razón no les falta. En unos casos, como en el de la secta Agora/Fundación Anthropos, porque la negligencia de la Justicia sirvió para encubrir y proteger .su enriquecimiento y la masacre humana y económica que provocaron con su actuación. En otros casos, como en el de la secta de Raschimura, porque los únicos procesados y condenados -con remisión de pena- fueron los adeptos que dieron la cara para acusar a su líder. O, como en la secta Iglesia de la Cienciología, porque sus presiones contra la Justicia les han posibilitado que, de momento, los quince tomos de las clarificadoras diligencias judiciales en su contra estén bajo un interesado sopor que permite que la secta siga actuando con toda impunidad. Y hay otros muchos ejemplos similares. Pero ahora parece que la cosa cambia. Se ha juzgado a la secta Ceis (seis años después de ser encausada), se ha actuado policialmente contra los Niños de Dios, en septiembre se juzgará al peculiar líder sectario Jordi Boronat, se están cociendo nuevas actuaciones contra determinadas sectas, hay numerosos procesos judiciales -civiles y penales- que hacen referencia a sectas,… ¿pero la cosa está cambiando de verdad? Sinceramente, creo que no. Hemos adelantado años luz en la concienciación de la sociedad sobre el problema de las SD. A la Justicia ya le empieza a sonar «eso tan raro de las sectas». La Administración ya ha tomado cartas en el asunto (Comisión Interministerial, creada en 1977, y Comisión Parlamentaria, creada en 1988) aunque, como jugador de ventaja que es, aún no ha movido un dedo para realizar la apuesta que les debe a los ciudadanos.

PREVENCION.-

Probablemente el tema de las sectas tenga un futuro con soluciones (renunciando expresamente a ser realista), pero en el momento presente no deben confundirse anécdotas (por importantes que sean) con tomas de posición coherentes. Por otra parte, la problemática de las SD no sólo debe abordarse policial y judicialmente. Eso son parches, necesarios, que se colocan para que la sociedad tenga controladas sus dosis de rufianismo. Las SD necesitan de un tratamiento preventivo a corto y largo plazo. Hoy hay un mínimo de 150.000 españoles víctimas de SD y otros 760.000 jóvenes menores de 29 años presentan rasgos de susceptibilidad a ser captados por ellas (predisposición de carácter que sólo llevará hasta una SD si confluye, en el mismo momento, con un proceso biográfico adverso y con la actividad proselitistaseductora de una SD adecuada): Mucha gente afectada y dema siado riesgo en el aire. Hace falta iniciar políticas educativo-preventivas entre los grupos de riesgo, jóvenes especialmente. Y que corra la información objetiva sobre las SD en los medios de comunicación. Y prever soluciones clínicas, porque el adepto de SD, ante todo, es una personalidad que requiere tratamiento terapéutico. Pero también hace falta que barramos con energía la hipocresía que caracteriza a nuestra sociedad. Las SD son nefastas, que duda cabe, y todo el rigor de la Ley es poco para castigar el daño humano que hacen, pero no son el único malo de la película.

UNA SOCIEDAD ENFERMA.-

Las SD son el fiel reflejo y consecuencia de una sociedad enferma, repleta de naúfragos a la deriva. Son, quizá, como la droga, el precio humano a pagar por lo que con mucho cinismo se denomina la sociedad del bienestar. Las SD brindan soluciones/refugios a personas que no se han sentido satisfechas ni acogidas en la sociedad que gustamos definir como normal. Y aunque sea evidente el hecho de que las «soluciones» de las SD son falsas y conducen a la degradación y explotación a quienes son atrapados por ellas, no es menos evidente que esas personas no encontraron nada mejor para aliviar su angustia vital. La sociedad, sus familias, sus amigos, sus instituciones, pasaron de ellos. «Ahí te pudras» parece ser la norma social más practicada en nuestros días. Y muchos se están pudriendo ahí, en las SD. ¿Cárcel para las sectas destructivas? Sí, por supuesto; pero servirá de poco si no mandamos también al correccional al resto de la sociedad.