FERNANDO SCHWARTZ El País, 21/04/1993

Decir que la culpa de todo la tiene el FBI, que no se puede tolerar que entren sus huestes a saco en el Monte Carmelo y se carguen con casi 100 vidas sólo porque después de casi dos meses les temblaba el dedo del gatillo, es un despropósito. Tenemos una vieja manía de ver en la autoridad competente de EE UU un arma letal áiempre lista para aherrojar a los pobrecitos individuos. Me cansa esta rémora del pensamiento progre, instintivamente dispuesto a adivinar intenciones imperialistas en el Gran Satán. Vaya.¿Y el mesías Koresh? Tampoco era manco, Dios le tenga en su gloria. Para empezar, junto a la Biblia tenía un espectacular arsenal militar, y, cuando unos agentes fueron a preguntar lo que se proponía hacer con ambos instrumentos de proselitismo, se llevó a cuatro por delante. Luego se encerró con sus fieles y anunció que llegaba el fin del mundo -sobre todo para ellos- y que se suicidarían antes de entregarse.

Secta o no secta, me parece que la obligación de cualquier grupo de ciudadanos es respetar la ley y que esgrimir la Biblia no exime del cumplimiento de aquélla. Es cierto que estos grupos seudorreligiosos, nacidos de la diversidad social norteamericana (extremadamente tolerante hasta con los integrismos Más disparatados), tienen una tendencia al secretismo que les hace rechazar cualquier mirada extraña. Y, cuando no pueden, se suicidan (unos cuantos, porque a los demás los obligan).

Janet Reno, fiscal general de Estados Unidos, que sabe que la acción de la policía decidida por ella fue patosa, ha puesto su cargo a disposición del presidente. Es más de lo que hacen los políticos de por aquí. Cuando les pillan en un renuncio, dicen: “Naturalmente, el ministro del Interior asume toda la responsabilidad del caso. Otra pregunta”. Y ahí queda la cosa.