El País, Jacinto Antón, 6.02.1994

“Miércoles, 14 de julio, 1993. Macas. Lluvia, lluvia, lluvia. Siempre duermo bien en la selva con el sonido de la lluvia. Lo que sí me impide dormir tranquilo es notar a los vampiros volando cerca. Me horroriza pensar que me pueden chupar fácilmente la sangre de la cabeza y sé que aunque me esconda en el saco de dormir pueden atravesar la tela y llegar a mi sangre”. Josep Maria Fericgla, el antropólogo catalán especializado en la investigación de los estados alterados de conciencia (experimentó, ingiriéndola, con la seta alucinógena Amanita muscaria), tiene por fin listo para publicación el esperado diario personal de su estancia entre los jíbaros schuaras de la Amazonia ecuatoriana. Dicho diario corresponde a su tercera campaña con los schuaras, de junio a agosto del año pasado, realizada en el marco de un estudio sobre la ayahuasca -la pócima alucinógena de los jíbaros- que le ha financiado la Generalitat de Cataluña.Fericgla convivió con los indios (le apodaron Nyéke, velludo), recopiló gran cantidad de información etnológica (desde usos culinarios al empleo de una planta que retira la menstruación) y, para mejor conocer su sistema de pensamiento, se hizo iniciar como chamán -iwishín- por un notable brujo.

Dardos mágicos

 

En el curso de ese “meritoriaje chamánico” y tras obligarse a singulares purificaciones (nada de relaciones sexuales en tres meses y la primera, entonces, en un río, sin coito y precedida del autochupado (?) del pene mediante una cañita), el antropólogo realizó numerosas tomas rituales de ayahuasca. Émulo de Carlos Castaneda -el estudioso de la brujería de los yaqui mexicanos con cuya peripecia vital la de Fericgla guarda paralelismos-, el científico catalán aprendió de su maestro jíbaro el uso de diferentes técnicas mágicas, entre ellas el uso de los, dardos tséntsak -para curar, pero también para atacar a brujos rivales-.

Algunas de las iniciativas de Fericgla, profesional de reconocida solvencia, han provocado cierta inquietud en círculos académicos, como el hecho de que efectuase electroencefalogramas a los jíbaros bajo el efecto de la ayahuasca y proporcionara dosis de LSD a varios chamanes “para que compararan”.

El brujo Pedro Juank, con dos dosis de LSD puro en el cuerpo, explicó que le provocaba efectos similares a los de la ayahuasca, “pero con más sueños de flores y como de puntitos brillantes”, y que podía curar “muy y muy bien con el ésede”, como pronunciaba él. Otro brujo afirmó que el LSD “es magnífico” y que tuvo la sensación de volar y vio “estrellas, flores, muchas flores, y el cielo que tomaba formas” (Fericgla anota que las visiones de los jíbaros recuerdan la iconografía hippy, pese a que, evidentemente, no han tenido contacto con esa cultura).

Redactado sobre el terreno, el diario (que aparecerá en marzo, en catalán, editado por La Cam pana y bajo el título Jíbaros, el pueblo de los sueños) es un voluminoso texto que combina teoría científica, aventura, pasión, poesía y humor (“Domingo, 18. Macas. Adicto al allioli”). Lejos de los escritos etnológicos más al uso, el de Fericgla, sin rehuir algunas disquisiciones muy técnicas, presenta una franqueza despatarrante. En particular, llaman la atención del lector los frecuentes enfados de Fericgla por el modo de ser de los indios, la crítica visceral de la “corrupción” de las misiones cristianas y el apunte detallado de estados de ánimo (“…Voy sorbiendo caipiriñas, antes de darme cuenta ya tengo una trompa de espanto”).

“Es cierto”, reconoce el autor, “explico lo que no se dice nunca del trabajo de campo, lo feo, lo contradictorio, lo que no cuadra con las ideas preconcebidas, lo íntimo. Me va a costar garrotazos por parte del mundo académico”, reflexiona.

El diario se abre con una explicación del plan, de trabajo de Fericgla entre los jíbaros, un estudio enmarcado en su hipótesis del uso universal de sustancias visionarias para facilitar la adap tación del ser humano a núcleos ecológicos, mentales y sociales específicos. El interés concreto por los jíbaros responde a la importancia que éstos, dan a sus sueños y visiones (les indican, dicen, el futuro y les informan de lo que pasa en otros lugares), y a que son uno de los pueblos del mundo que consumen mayor cantidad de sustancias alucinógenas. Principalmente el natem o ayahuasca, que se prepara con la liana del mismo nombre (Banisteriopsis caapi) junto con otras plantas (yají -que sintetiza dimetiltriptamina, DMT-, parápra, chiriquiásip o samíki) con diferentes acciones neuroquímicas que inciden en el estado mental (de hecho, si se hierve sola la liana y se bebe, lo único que provoca es sonidos fuertes y vómitos). Y el maikiwuá (Brugmansia sp.), “la planta con efectos alucinógenos más potente que existe en la tierra” (produce escopolomina y otros alcaloides, y deja al usuario entre dos y cuatro días inconsciente y con visiones in temas; una variedad, el kawa maikiwuá se la dan los jíbaros a los pe rros para que alucinen y aprendan a cazar). Los shuaras, según Fericgla, creen en lo que ven cuando toman esas sustancias y consideran que el futuro es modificable volviéndolas a ingerir y mejorando la visión.