Cómo el creador de la Cienciología cambió su vida en las Islas Canarias

Vanity Fair (España), Eduard Bravo, 2.08.2017

Que las Canarias es uno de los destinos turísticos más importantes del mundo es algo sabido por todos. De hecho, posiblemente esté leyendo este texto desde allí mientras disfruta de sus vacaciones o se disponga a viajar en breve a alguna de las siete islas. Los paisajes volcánicos, su riqueza biológica y la herencia guanche han sido algunos de los atractivos que han llevado hasta ese archipiélago a visitantes de todo el mundo. Desde personajes anónimos a figuras destacadas de las artes y la sociedad, que encontraron en esas islas paz, inspiración para sus obras y respuestas a sus cuestiones vitales como sucedió con el Premio Nobel José Saramago o el fundador de la Cienciología, Ron L. Hubbard.

Nacido en Nebraska en 1911, Ron L Hubbard es para muchos un simple charlatán. Para otros es un elegido. Un hombre de inusual talento, capaz de escribir poesía, tocar varios instrumentos, desarrollar investigaciones marinas, escribir ensayos filosóficos, emprender estudios históricos, percibir los sentimientos de las plantas e idear decenas de novelas de anticipación para publicaciones pulp. Esa fructífera capacidad creadora le ha permitido ostentar el Récord Guinness al autor con más obras publicadas. Nada menos que 1084. Por si no fuera suficiente, también es el autor con más audiolibros editados y el que más traducciones de un mismo título tiene en su haber.

El libro en cuestión es The Way to Happiness, pero podría haber sido perfectamente Dianética: la ciencia moderna de la salud mental, el best seller que Hubbard escribió en 1950 y que es considerado el «Libro Uno de la Cienciología».

Creada a mediados del siglo XX, la Cienciología es una melange de filosofía, psicoanálisis, técnicas de autoayuda y ciencia ficción, mucha ciencia ficción, más ficción que ciencia. El objetivo de este conjunto de creencias es liberar a los hombres de las supuestas experiencias traumáticas vividas en existencias anteriores y ayudarles a alcanzar la felicidad en un mundo sin guerras, sin violencia ni maldad. Décadas después de su fundación, esta organización laica a la que muchos calificaron de secta ha sido declarada como religión en Estados Unidos y otros países occidentales como España, que la reconoció como Iglesia en 2008.

Pero hasta que eso sucedió, Ron L. Hubbard y sus acólitos tuvieron que recorrer un largo camino. Un periplo que les llevó, nada más y nada menos, que a las Islas Canarias.

El incidente

Todo comenzó hace, más o menos, 75 millones de años. Xenu, el caudillo de la Confederación Galáctica, comprobó que el universo estaba superpoblado y decidió hacer una pequeña limpia entre aquellas personas disidentes y contrarias a su autoritario gobierno. Para ello, trasladó a millones de personas a la Tierra y las confinó en las inmediaciones de diferentes volcanes. Posteriormente, lanzó unas bombas de hidrógeno y los aniquiló a todos.

Este hecho, conocido entre los cienciólogos como «el incidente», acabó con los cuerpos de esas personas pero no con sus almas, que se adhirieron a otros individuos. Desde entonces, 75 millones de años ni más ni menos, no hacen más que entorpecer la existencia de los humanos. El único modo conocido de desprenderse de esos espíritus es un largo, laborioso y oneroso proceso creado al efecto por Ron L. Hubbard.

Fueron muchos los estadounidenses que confiaron en él para que los liberase de esos espíritus que lastraban su crecimiento como personas. Conferencias, libros, seminarios y sesiones individuales con el E-mater –instrumento de medición de los flujos eléctricos del cuerpo humano inventado, cómo no, por el propio Hubbard, que era un manitas– fueron algunos de los métodos empleados en ese proceso de desarrollo y liberación personal.

En un primer momento todo fue bien. Así continuó hasta mediados de los años sesenta, fecha en la que las autoridades de Estados Unidos comenzaron a poner el foco sobre Hubbard, la Cienciología y sus actividades. La alerta la habían dado los familiares de algunos de los miembros la organización. Según ellos, la Cienciología no era más que una secta destructiva que abusaba de sus seres queridos al tiempo que los privaba de todos sus bienes materiales.

Ante semejante panorama, Ron L. Hubbard decidió hacer otra de las muchas cosas que se le daban bastante bien: viajar.

Free Madiba!

Hacia 1966, Hubbard se afincó en Rodesia. Allí estableció una de las primeras sedes de la Cienciología fuera de Estados Unidos, la cual también tuvo que abandonar precipitadamente.

Según la hagiografía publicada por su iglesia en dieciséis volúmenes, la razón de su huida fue el hostigamiento de las autoridades de Rodesia y otros países de su entorno a consecuencia de la frontal oposición de Hubbard al aparheid y su defensa de los derechos de la mayoría negra. Sus detractores, sin embargo, aportan una explicación más prosaica: nuevos problemas con las autoridades británicas derivados del funcionamiento sectario de su organización.

A pesar de todo, como Xenu aprieta pero no ahoga, Ron L. Hubbard vio en ese nuevo inconveniente una gran oportunidad. Se agenció un velero llamado Enchanter (más tarde Diana) y puso rumbo a las islas Canarias. Además de su riqueza geológica, su clima, su fauna y su flora, el archipiélago era un magnífico lugar para desarrollar sus investigaciones destinadas a averiguar por qué las civilizaciones humanas han fracasado irremisiblemente a lo largo de la historia.

Incansable trotamundos, Hubbard ya había estado en España en otras ocasiones. Hay fotos que documentan su paso por Sitges en 1953 y Madrid en 1956. Ambas ciudades se enmarcaban dentro de la gira que realizó por diferentes países europeos para presentar Scientology a las comunidades religiosas y académicas de Francia, Alemania y España. Sin embargo, la experiencia canaria acabaría teniendo una mayor trascendencia para el desarrollo de su organización.

Igual que en el siglo XIX Heinrich Schliemann se basó en los poemas homéricos para localizar la antigua ciudad de Troya, Hubbard hizo lo propio con textos de la Cienciología. Partiendo de ellos, concretamente del conocido como OT III, dedujo que uno de los volcanes en los que Xenu había detonado sus bombas de hidrógeno era el Teide. Definitivamente, las Canarias se revelaban como un lugar de infinitos atractivos para Hubbard.

Durante su estancia en el archipiélago, el fundador de la Cienciología aprovechó para tomar hermosas fotografías del lugar, rodar varios rollos de película de 16 milímetros con su cámara Bolex, encontrar inspiración para sus odas y poemas y, lo más importante, fundar la Organización del Mar.

Este grupo era una especie de cuerpo de élite de la Cienciología del que solo podían formar parte un número muy reducido y selecto de seguidores. No en vano su objeto era y es, pues se mantiene hasta la actualidad, “velar por que no se desvirtúe la esencia de esta religión y que se mantenga pura”.

Para ello, los miembros de la Organización del Mar estaban sometidos a una dura disciplina en la que se sucedían jornadas de trabajo extenuantes, entrenamiento paramilitar, raciones de alimentos escasas y duros castigos, infringidos contra aquellos que no estuvieran a la altura de la importante misión a la que habían sido convocados.

Por último, para formalizar la entrega total de estos monjes cienciólogos a la obra de Hubbard, los miembros originarios, al igual que los actuales, firmaron y firman un documento de compromiso cuya duración es de mil millones de años.

“Súbete a la moto…”

Durante el periodo de creación de la Organización del Mar, Hubbard fue ampliando su flota naval. Al Enchanter se sumó el Avon River (posteriormente Athena) y en noviembre de 1967 le fue donado el Royal Scotman, un buque de segunda mano de más de tres mil toneladas al que rebautizó con el nombre de Apollo.

Hubbard, completó la adquisición con una chaqueta blazer con botones dorados, una gorra de oficial de marina, se autonombró Comodoro y se echó a la mar con un nutrido grupo de acólitos.

“Yo y el viejo mar acordamos que yo podía hacer lo que quisiese e ir donde quisiera, siempre que mantenga una admiración completa y cortés de su habilidad para aplastar como un juguete, en un instante, las obras de los humanos. Por lo tanto, a bordo, mis hombres siempre me llaman Señor y yo siempre llamo al viejo mar Su Majestad. Es un trato que hemos hecho”, contaba Ron L Hubbard por esa época.

Sin embargo, no hubiera estado mal que, a ese trato basado en la admiración y el respeto, le hubiera sumado cierto conocimiento en las artes de la navegación para él y su tripulación. Según cuentan, seguramente sus detractores, la inexperiencia de los miembros de la Organización del Mar era tal, que produjo más de un «incidente» durante la travesía.

Sea como fuere, durante los siguientes ocho años, Hubbard hizo del Apollo su casa. Con él emprendió un viaje por el Mediterráneo y el Atlántico que lo llevó a puertos como Corfú, Tánger, Curação, Madeira y, por supuesto, Canarias, lugar al que regresó en varias ocasiones entre 1967 y 1974.

En una de ellas, se produjo un hecho que marcaría a Hubbard y a algunos de sus seguidores de por vida. En 1973, tras recalar en Tenerife, el fundador decidió salir a dar una vuelta con su motocicleta, con tan mala suerte que sufrió un accidente. A pesar de tener un brazo fracturado y varias costillas rotas, consiguió regresar al puerto donde estaba atracado el buque. Una vez a bordo, fue atendido por sus seguidores sin intervención de un equipo médico cualificado.

Eso provocó que, durante varios días, Hubbard sufriera intensos dolores que agriaron su carácter, hasta el punto de hacer dudar a algunos de los miembros de la Organización del Mar de su personalidad superior. Para disipar esas dudas y acabar con cualquier posible disidencia, a partir de entonces Hubbard se mostraría más huraño y severo en el trato con los miembros de la Organización del Mar.

Recuperado del accidente, la flota retomó sus viajes por el Mediterráneo, el Atlántico y el Caribe. Aunque el objeto de los mismos era la realización de investigaciones de muy diversa índole, las idas y venidas a los puertos canarios terminaron por llamar la atención de la policía franquista.

Según el libro Canarias, ¿paraíso de las sectas? de Jaime Rubio Rosales, las autoridades comenzaron a dar pábulo a los rumores que afirmaban que en el Apollo se hacían orgías, se consumían drogas, se conspiraba contra el Caudillo y que Hubbard era un agente de la CIA.

Todo apunta a que esa versión que pintaba al Apollo como “Sodoma y Gomera” resultaba un tanto exagerada. Más todavía en lo que se refiere a los vínculos de Hubbard con la CIA, habida cuenta de los problemas que tuvo posteriormente con esa central de inteligencia. Sin embargo, antes de tener que dar explicaciones, Hubbard decidió abandonar Canarias durante una larga temporada.

Ese alejamiento se ha prolongado hasta el día de hoy. A pesar de la importancia del Archipiélago en el devenir de la Cienciología, ninguna de las siete islas cuenta con una sede de esa iglesia como las que existen en distintas ciudades españolas. Hubo una en Las Palmas, otra en Tenerife, es cierto, pero acabaron siendo cerradas para disgusto del medio centenar largo de cienciólogos que viven en esas Islas Afortunadas.