AGENCIAS – El País, Rugazi – 28/03/2000

La última fosa común encontrada ayer en el jardín de la casa de uno de los líderes del Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios contenía alrededor de 70 cadáveres, muchos de ellos de niños. Las víctimas, que presentan señales de heridas y en algunos casos pañuelos enrollados al cuello, llevaban muertas menos de tres meses, según la policía ugandesa.

En lo que, por el momento, constituye el último capítulo de la larga lista de horrores que ha dejado a su paso la secta ugandesa, la policía descubrió ayer la nueva fosa común en el jardín de la casa que Dominic Kataribabo, uno de sus líderes, tenía en la localidad de Rugazi. Los prisioneros de una cárcel vecina que realizan las excavaciones encontraron el domingo un primer cuerpo enterrado en el mismo sitio. Kataribabo era uno de los dos líderes de la secta que fallecieron el pasado día 17 de marzo en Kanungu, en el incendio del templo en el que el Movimiento por la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios realizaba sus celebraciones. Más de 500 personas murieron en este suceso, que está siendo investigado por la policía ugandesa, ya que, aunque en principio fue considerado un suicidio, nuevos indicios, como que puertas y ventanas estaban selladas, inducen a pensar que se trató de un homicidio. Además, el continuo goteo de nuevas víctimas, cuyos cadáveres siguen apareciendo en diversas propiedades de la secta, ha llevado a la policía a considerar el caso como una sistemática eliminación de miembros de la secta. Seis cadáveres más fueron hallados en las letrinas de la iglesia de Kanungu y la semana pasada la policía encontró otros 153 cadáveres enterrados en un edificio usado por la secta en la localidad de Buhunga, cercana a Rugazi.

Con el hallazgo de ayer, son ya más de 700 los muertos relacionados con la secta, cuyos líderes, aparentemente, comenzaron a deshacerse de sus miembros cuando éstos empezaron a cuestionarles al fallar su profecía de que el mundo se acabaría el pasado 31 de diciembre.

La suerte corrida por su máximo líder, Joseph Kibweetere, que ahora es buscado por asesinato, sigue siendo incierta. Aunque hay testigos que afirman haberlo visto salir del templo de Kanungu antes de que ardiera, su esposa, que lo define como “un hombre adorable” antes de que los otros líderes le convirtieran en “una marioneta”, afirma que reconoció su cadáver carbonizado por “un anillo de oro que llevaba en la mano izquierda y que le distinguía como obispo”.