El Ciudadano, Alicia Salinas & Luís Bastuz, 3.03.1999

Clausuraron un refugio de ancianos de Remar. El hogar dependía de la fundación cristiana de rehabilitación, pero no tenía permiso y su estructura era insalubre. «Es mejor que vivir en la calle», dicen los internos.

La comuna de Piñero, junto con la Dirección Provincial de la Tercera Edad clausuró ayer el refugio de unos 17 ancianos e indigentes dependiente de la FundaciónEvangélica Recuperación Marginados(Remar), que hasta ayer se construía frente al mercado de hacienda situado sobre la ruta 178, un par de kilómetros al sur del cruce con la AO l2.

Un interno murió el domingo a la noche en el dormitorio general del precario hospedaje y un bombero acudió junto con la policía a retirar el cadáver. Estremecido por la escena que encontró, el voluntario denunció más tarde que ese lugar habitado por 25 ancianos y adultos marginados era un «campo de concentración». La comparación desato un revuelo que incluyó a la mañana una inspección judicial y más tarde la autorización del magistrado Carlos Carbone al presidente de comuna de Piñero, Walter Carenzo, para clausurar el lugar. La ausencia de una habilitación municipal bastó para desalojar el hogar, aunque Remar tampoco posee un permiso del Ministerio de salud ni un equipo de médicos y terapeutas para asistir a sus internos.

Esto es un centro benéfico cristiano. Acá no hay milagros. ¿Qué esperan de nosotros?, contrarrestó Carlos, el encargado del hogar, enojado ante los periodistas.

El director del Area VIII de Salud Provincial, Javier Escalante, dijo que el refugio «no tiene las condiciones que debería ofrecer ni autorización de ninguna entidad pública» y admitió que «es una situación que parte de la responsabilidad de toda la sociedad». El funcionario justificó su intervención luego de la difusión periodística de la situación «porque no estaba enterado de este problema» y anunció que los 15 internos (dos fueron internados a la tarde en el Hospital provincial) serían derivados al geriátrico que la Dirección de la Tercera edad posee en Provincias Unidas y avenida Presidente Perón.

La investigación judicial intentará determinar si se produjo un abandono de persona o si en todo caso algunas de las actividades desplegadas en Remar constituyen un delito.

La muerte de Javier Sánchez- «un hombre muy enfermo que llegó de Córdoba hace unos días», según el encargado- logró reeenfocar la atención de los medios hacia esa fundación de origen español, cuyos ingresos provienen de donaciones y de la recolección, refacción y reventa de objetos y artefactos en un local de calle San Nicolás al 1200, según el director José Zetarain. Remar también posee centros en otras provincias donde procuran la rehabilitación de drogadictos. En setiembre pasado, un interno que escapó de una granja en San Miguel del Monte denunció a la institución por privación ilegítima de la libertad.

A cien metros del refugio clausurado funciona una granja donde varios jóvenes conviven clasificando cartones y reciclando muebles viejos. Tres de estos internos continuaban ayer trabajando en la construcción del hogar vecino con mercadería donada por los hornos de ladrillos cercanos y algunos corralones de materiales.

El Secretario del Juzgado de Instrucción Nº 9, Sergio Donato, opinó que «el establecimiento es deficiente pero no es un campo de concentración». La fiscal Alba Olmos coincidió en que «es un síntoma social: estas personas vienen aquí porque no tienen ningún otro lugar alternativo a la calle y por el cual no tiene que pagar nada». No obstante, calificó el lugar como «espantoso». Donato hizo hincapié en «la falta de higiene, la abundancia de moscas, la falta de agua potable y de un botiquín de primeros auxilios, además de la existencia de un solo baño»

Entre divertidos e intimidados por tantas visitas en una sola jornada, los mansos huéspedes expusieron su única verdad ante la repercusión periodística y judicial: «Agradecemos a Remar y al Señor por habernos rescatado. Si nos clausuran el hogar ¿Quién nos rescatará de la calle?, inquirió un sexagenario que acababa de almorzar el puchero.

Después de una vida de alcohol, drogas y delincuencia, Carlos se guareció en Remar y hasta ayer coordinaba la vida de los «hermanos». Él les leía la Biblia todos los días y sus argumentos siempre tuvieron una cita cristiana. Carlos atribuyó la pertinaz invasión de moscas a la vecindad de un criadero de pollos y del predio ferial del ganado. «Nos mudamos acá hace 15 días porque en Villa Amelia teníamos que pagar alquiler», dijo.

Explicó que los internos reciben asistencia médica a través de viajes a los hospitales de Rosario.

Poco antes de la clausura, una ambulancia se llevó al Hospital Provincial a dos ancianos que poco antes descansaban sus huesos en el sopor del dormitorio sin ventanas: Máximo Fernández, con su espalda lacerada por una vieja infección, y Mateo Morales, delgadísimo, que subió ausente a la Trafic, sin quejas ni preguntas.

¿Por qué nos molestan, si acá estamos bien?», volvió a preguntar afligido el sexagenario en el comedor.

Para algunos, el hospedaje es un lugar en que encontraron casa, comida y se sienten útiles

«Yo les limpio el culo a los viejos, ¿y con qué ganancia?, el morfi y el techo. Quisiera que alguno de ustedes viniera un solo día a hacerse cargo de ellos, para saber lo que es. Acá nos ayudamos entre todos, porque afuera no nos ayudó nadie», dijo un menudo hombre de 37 años que llegó del Chaco y encontró su lugar en el mundo en el clausurado hospicio de Remar.

Roberto Pérez Llamas, a los 48 años, contó que es técnico electrocardiografista (sic) y que vino desde Buenos Aires cuando quedó sin trabajo. «Dios y Remar me salvaron la vida. No tengo a nadie y acá soy util: asistiendo a los abuelos y vivo». Con mayor o menor vehemencia, todos los miembros de esa familia de desamparados expresaron ayer sin éxito su intención de permanecer en el precario hogar colectivo.

Las instalaciones constan de dos grandes salones, divididos por una cocina: un largo tablón en penumbras donde un ejército de moscas asedia la comida, y dos tristes hileras de camas turcas y cuchetas que se pierden en un vaho indescifrable. Dos abuelos tosían desde hace años, y el encargado remarcaba el mérito de «sobrevivir sin subsidios de ningún gobierno».

Haydeé, Graciela y Rosenda fueron a visitar a su padre alcohólico y plantearon su dicotomía: «En casa no lo podemos tener porque es incontrolable. Una vez estuvo en un geriátrico privado y descubrimos que le pegaban. Acá hacen lo que pueden.