El País, Feliciano Hidalgo, 22.11.1978

La secta americana El Templo del Pueblo, que se suicidó en parte anteayer, tiene una sucursal en Francia denominada Orden Verde.Su dimensión se sitúa entre lo que podría llamarse el sector de la pequeña y mediana empresa de todos estos movimientos luciferinos que se propagan por el mundo desde hace unos años, contrariamente a la talla multinacional de sectas como la de Moon o esos Hijos de Dios. El número de miembros de Orden Verde, según un adepto que esconde su verdadero nombre bajo el pseudónimo de Francois Dujardin, alcanzaría la cifra de cuatrocientos. La gran mayoría de ellos son cuadros. Este señor, periodista, 34 años, francés, perteneció en América a la secta del suicidado Jim Jones. Después regresó a su país y se integró en Orden Verde.

La filosofía de Orden Verde es similar a la del movimiento americano: denunciar las alienaciones de la sociedad de masa. Sus reglas, ritos y prácticas son semejantes también: cada miembro entrega a la secta el 30% de su sueldo mensual, y cuando un adepto comete faltas es sometido a la flagelación o a escenas de humillación. Ahora bien, el sujeto, citado afirmó ayer, en una entrevista concedida a la prensa que, por lo referente al suicidio colectivo, «nuestra secta no llegará nunca a tal extremo porque nosotros estamos totalmente seguros de que nunca nos encontraremos en peligro. Nosotros escogemos siempre el poderío antes que la destrucción».

En este país se encuentran varios libros dedicados a las sectas como El Templo del Pueblo. Todos ellos revelan que, en Francia, y más generalmente en Europa, «este fanatismo folklórico-luciferino-sexual tiene menos arraigo que en América».

Varios comentarios de estos días firmados por psicólogos y expertos en la materia, coinciden en que en el comportamiento de este tipo de seres humanos influye poderosamente «una frustración sexual producto de la represión que ejerce la sociedad en este dominio, mitificada hasta la desesperación sublime por mentes enfermas que son incapaces de desahogarse por temor al pecado. Pero, al final, sólo la práctica del pecado es liberadora».