“Para mí era Dios”: una secta en un centro de terapias alternativas

By |2018-05-13T18:38:03+00:0013 mayo, 2018|Quant Vida|

Diario ARA (España), Enric Borràs, 13.05.2018

Aislamiento del exterior, denigración del pensamiento crítico, mentiras, control del lenguaje y de la alimentación, abusos verbales, emocionales y espirituales … Un informe pericial realizado por el especialista en sectas Miguel Perlado acredita que el centro de terapias alternativas que dirigía en Sabadell un hombre condenado a un total de 29 años de prisión por abusos sexuales a seis pacientes funcionaba “como una deriva sectaria de tipo pseudoterapeútica”.

El hombre ya acumula dos sentencias: una de seis años de prisión dictada hace dos años por abusos sexuales a dos pacientes, y otra, que se ha hecho pública hoy , de 23 años de prisión por abusos a cuatro pacientes más -dos de los cuales trabajaron para él-. De la chica que terminó trabajando en su centro, empezó a abusar a los 14 años y lo hizo durante una década entera. Del chico, que también llegó a trabajar puntualmente en el centro, también empezó a abusar cuando era adolescente, a los 15 años, y lo hizo durante 26 años.

El juicio se realizó a puerta cerrada, pero el ARA ha podido acceder a una parte del informe pericial del especialista aportado por la acusación particular, que da las pistas acerca del cómo lo habría hecho el terapeuta para someter la voluntad de las víctimas durante tanto tiempo. El documento es una de las piezas clave en el que el Tribunal se ha basado para redactar la sentencia e indica que las víctimas lo veneraban tanto que para ellas era un ser superior. “Para mí era Dios y lo sabía todo”, afirmó una de las víctimas. Otra fue más allá: “Era como un Dios, y yo era su esclavo”, dijo para definir la relación que tenían.

Prometía curarlo todo

El hombre, siempre según los testimonios que constan en el informe pericial, se presentaba como un ser más “evolucionado” capaz de curarlo todo con masajes energéticos, homeopatía y otras terapias. “En teoría sacaba todas las enfermedades”, incluso tumores, cánceres, alergias y adicciones, según las víctimas. El terapeuta decía que los médicos eran “unos veterinarios” y que no se debían tomar medicamentos y antibióticos. “Sacábamos okupas de los cuerpos de los pacientes”, dijo la chica que trabajó para él, refiriéndose a espíritus de los muertos. “Te hacía sentir especial, elegida, que te ayudaría a desarrollar capacidades de curación”, aseguró en las entrevistas que mantuvo con el especialista.

Pero su manera de curar incluía una actitud muy agresiva con los pacientes, insultando a gritos, aunque aseguraba que todo aquello no lo decía “a la persona” sino “el cerebro”, y que lo hacía porque había que llegar “al corazón y al alma”. Esto también lo hacía a los más cercanos, entre los que se encontraban las víctimas de los abusos, que además humillaba ante todo el mundo durante las sesiones de grupo. “Te hundía con esta manera de hacer y luego te trataba con muy buenas palabras”, según una de las víctimas.

Incluso prometía terapia a base de sexo. “Siempre decía de ir a un hotel y mantener relaciones ocho o nueve horas seguidas para que tuviera orgasmos continuos y así descubriera qué era el amor universal”, dijo una de las víctimas. Otra explicó que después de cada taller de fin de semana, “me intenté resistir, en un curso en Mallorca…al final, a las cinco de la madrugada, voy acceder -admitió-: sabía que si accedía, al día siguiente me halagaría delante de todos y, sino, me tocaría un día de aguantar insultos durante todo el taller”.

Según la sentencia, el terapeuta prometía que sus “masajes energéticos” servían para recargar la “energía” de la víctima y ayudarla en todo, incluso en los estudios y la autoestima. Decía que eran parte de la “terapia” y necesarios para su “curación”. El terapeuta, que de hecho era tornero,  se empezó a formar como terapeuta a los 50 años haciendo cursos variados de homeopatía y reflexoterapia.

El especialista que redactó el informe, identificó las diversas maniobras del terapeuta para aislar progresivamente a las víctimas de la familia y de los amigos. En el informe describe cómo les pedía que no contaran lo que hacían en el centro, porque no lo podrían entender. La gente de afuera, externa al grupo, era “una sociedad menos evolucionada”. También los criticaba si miraban la televisión, les decía qué parejas sentimentales les convenían y cuáles no y hasta les prohibía beber alcohol o comer determinados productos lácteos.

El control no se acababa aquí. Registraba los audios que hacía escuchar a las víctimas en casa, antes de ir a dormir, y luego les hacía preguntas para asegurarse de que lo habían hecho. Según Perlado, socavaba la autonomía a los pacientes hasta que eran incapaces de hacer casi nada sin consultárselo: desde decidir qué comer a elegir estudios, cambiar de trabajo o escoger pareja. También los criticaba si no iban a menudo al centro, cada día o casi cada día, o si no participaban en las actividades que organizaba los fines de semana.

La sentencia describe cómo el terapeuta abusador fue manipulando para que primero les hablara de su vida sexual, después les enseñara el cuerpo y, finalmente, no se resistieran cuando se empezaron a producir los abusos. Para ello, como en los otros casos, el hombre “se aprovechó” de la “relación de terapeuta a paciente muy estrecha” que había cultivado. La sentencia destaca que el informe pericial ha descrito “una dinámica de abuso psicológico y sexual en un contexto de grupo”.

Tres de las víctimas, según el informe, tienen síntomas de estrés postraumático “que se vinculan directamente a la experiencia de abuso vivida en el centro de terapias alternativas”. La cuarta denunciante habría sufrido “una reacción de estrés agudo” porque tuvo una relación mucho más limitada en el tiempo con el centro de terapias.

A la última condena se debe sumar a otra anterior, de seis años de prisión, por los abusos del terapeuta a dos pacientes más. En concreto, el Tribunal ahora lo declara culpable de dos delitos de abusos sexuales con penetración y de dos más de abusos sexuales sin penetración. En el caso de los primeros, tampoco podrá acercarse a las víctimas a menos de un kilómetro durante siete años -cuatro y tres años en las otras dos-. Además, el abusador deberá cumplir un programa de educación sexual y deberá pagar 138.000 € en indemnizaciones.