Andalucía SUR (España), Esther Ramos, 1.09.2013

Ocho desconocidos unen sus manos y sus miradas y, sin decir una palabra ni saber el nombre de quienes les sujetan, dejan llevarse por el sonido de una música que lo mismo les provoca una sonrisa que abrazar a su compañero de baile o cerrar los ojos. Algún bañista madrugador asiste a la escena entorno al espigón de la Playa de la Bajadilla de Marbella perplejo, pues son las 10 de la mañana y solo los sonidos procedentes del portátil de la profesora de biodanza Roberta Forti y el de las tímidas olas del mar rompen la monotonía de esta jornada de agosto. Todo está en su sitio como cada día: el hamaquero prepara su lugar de trabajo, algún turista foráneo ha tomado posiciones cerca de la orilla y casi todos, los pocos que se encuentran allí, miran al grupo de espontáneos sin poder casi evitarlo, con cara de sorpresa y de curiosidad, bocas entreabiertas. Parece un ritual extraño, pero en seguida la profesora, la única que habla, explica al grupo de bailarines que lo que van a experimentar es una clase de iniciación a la biodanza, con la suerte en esta ocasión de hacerlo en un entorno natural, sin paredes alrededor, aunque con los mismos efectos.

«Si sabes caminar, sabes bailar. Así que ahora quiero que os cojáis de las manos, que os miréis los unos a los otros, sin hablar, para reconoceos, que os sintáis uno en conjunto y que cuando escuchéis la música, giremos siguiendo su ritmo, como un corro de niños pequeños”, es la primera explicación de la clase. Todos se sienten agarrotados, incrédulos y expectantes ante lo nuevo. Pero cuando suenan las primeras notas de una música alegre, se dejan llevar. Forti es facilitadora de biodanza, nombre con el que se conoce a los profesores acreditados –en la provincia de Málaga, a través de la Escuela Al-Ándalus–, para impartir clases de un tipo de baile que surgió en la década de los 60 de la mano de un antropólogo y psicólogo chileno, Rolando Toro, quien descubrió que con el baile las personas expresaban sus sentimientos de una forma más fácil a veces que con palabras, ayudándoles al mismo tiempo a conocerse, a expresar sus emociones y a crear vínculos con los demás. «Cuando os soltéis de las manos, elegid una pareja para bailar. Bailad como queráis, no penséis en un baile en concreto, sino en cómo os surge moveos de forma espontánea. Luego, cuando hayáis acabado, dad gracias a vuestro compañero antes de cambiar de pareja, pero no con la palabra, sino con el gesto que prefiráis, lo que os salga: un abrazo, un beso, una reverencia, la mano», dijo la profesora italiana a sus alumnos a mitad de sesión. Un «sistema» que ya se practica en toda España y que en la provincia de Málaga tiene como unos de los lugares de referencia el centro Yoga Iyengar de Marbella, cada vez más frecuentado por nuevos adeptos. «Es un sistema de crecimiento personal orientado al estudio y el fortalecimiento de la expresión de los potenciales humanos, a través de la música, el movimiento, ejercicios de comunicación en grupo y vivencias integradoras», según explica la propia escuela.

Han pasado 20 minutos desde que ocho desconocidos unieron sus manos en una playa de Marbella para dejarse llevar por la música y bailar según les fuera pidiendo el cuerpo. Se han abrazado, se han besado, han reído y se han relajado. «Nunca pensé que tuviera estos efectos en mí», dice una de las componentes, catalana, antes de coger la toalla y despedirse del grupo. «Me voy como nueva. Me siento muy relajada. Ha sido una experiencia muy bonita», dijo otra. Y la playa volvió a su sitio.