El juicio de los Miguelianos destapa una siniestra atmósfera de sexo y manipulación

By |2018-10-23T13:28:39+00:0022 octubre, 2018|Orden y Mandato de San Miguel Arcángel|

El Confidencial (España), Pablo López, 22.10.2018

En una sala de vistas de la Audiencia de Pontevedra se recrea estos días el siniestro ambiente que se respiraba en la Casa Madre. Así es como se conocía el lujoso chalé de Oia (Pontevedra) que Miguel Rosendo, el líder de la presunta secta, convirtió en sede de la Orden y Mandato San Miguel Arcángel, un lugar donde, según diversos testimonios escuchados en el macrojuicio de los Miguelianos, proliferaban abusos sexuales, orgías y exorcismos. “Eliminaron a Jesucristo y pusieron a Miguel como intermediario de Dios”, relataba esta semana al tribunal María Aurora T. U., una exadepta que logró escapar, y que describió una situación de absoluta dominación y manipulación de las víctimas. Tampoco faltan quienes aún veneran al principal acusado. Como la falsa monja Marta P., una de las mujeres que recibían la denominación de bastón en la orden: “Éramos felicísimas. Nos han querido robar esa felicidad con historias de terror”.

La Fiscalía pide 66 años de prisión para Rosendo, al que acusa de diversos delitos contra la libertad sexual, agresión sexual continuada, abuso sexual continuado, coacciones, contra la integridad moral y de asociación ilícita. En el inicio del juicio, que arrancó el 26 de septiembre, él, su mujer y sus dos hijos fueron exonerados del presunto blanqueo de capitales, con lo que los tres familiares de Rosendo quedaron sin cargos. La Audiencia trata ahora de esclarecer a través de las declaraciones de un centenar y medio de testigos qué hay de cierto en eso que la abogada de las víctimas definió, citando el relato de la jueza instructora, como “hechos monstruosos con todo tipo de prácticas sexuales”.

Tras la declaración de los acusados —siete en total—, en las últimas cinco sesiones comparecieron los testigos de las supuestas aberraciones que se cometían detrás de “las murallas de Jerusalén”, como también denominaban a la lujosa casa de Oia. Uno de los testimonios más espeluznantes fue el de Dolores E., acusada y testigo, que en el pasado fue seguidora de honor del principal acusado. Durante cuatro horas, la otrora ‘fiscal’ de Rosendo, encargada de velar por el carisma migueliano y el cumplimiento de sus estatutos, relató que sufrió agresiones sexuales desde 2008, que se repitieron incluso después de casarse con uno de los congregados de la orden.

“Empezaba con abrazos muy fuertes mientras te decía: ‘Entra dentro de mí”, narró la exmigueliana ante el tribunal. Aquellas relaciones subieron de tono y pasaron a convertirse en “ruedas”: auténticas orgías en las que participaban varias congregadas. “Fueron escenas muy duras”, rememoró Dolores E. entre lágrimas. También aseguró que en la Casa Madre todos obedecían a Miguel Rosendo y que lo hacían por temor, víctimas de “una fuerte seducción sobre las integrantes de la orden”. “Le teníamos terror y pánico, era una situación en la que te sentías vulnerable hacia él”, confesó.

Otro testimonio, el de María Aurora T. U., describe la Casa Madre como un “infierno”. Una de las normas estrictas de la asociación era “eliminar el contacto total de los miembros con sus familias”, afirmó. También describió cómo en una ocasión, varias de las acusadas, entre ellas la consagrada Iria Q., la metieron en una habitación y la ataron de pies y manos. Entonces le pusieron a Miguel Rosendo al teléfono con el supuesto objetivo de que “le sacase al demonio”. “Montaban un teatro” para “entretener” al líder de la supuesta secta, “y lo grababan en vídeo para enviárselo mientras él estaba en Galicia”. Ella entró en contacto con la orden en 2013 y, tras una temporada en Nigrán, se fue a vivir a la casa que tenía la organización en Madrid. Escapó en varias ocasiones, pero siempre regresaba por “miedo” a verse en la calle. Hasta que definitivamente abandonó la orden ante la “tremenda angustia de que estaba en un sitio que era un infierno”.

En la misma séptima jornada del juicio, que aún tiene por delante cuatro sesiones más, otra testigo, Mercedes A. N., retrató a Miguel Rosendo como una persona que “se daba como un ser mandado por Dios, un ser de luz”. La mujer acudió a él como “curandero” —gestionó durante años una herboristería donde, supuestamente, tenía una consulta de videncia—, pero no tardaría en sufrir presuntamente abusos sexuales. La primera vez, hace 32 años, cuando el acusado le realizó tocamientos de tipo sexual para quitarle “algo malo”. “Estaba sentada en el sofá. Creí que había sido algo puntual. Estaba casada, no se lo he contado a nadie en estos años”, relató al tribunal. “Emocionalmente era muy débil, ahora no lo soy”, explicó. Mercedes aseguró haber recibido amenazas de la hermana de Miguel Rosendo por acudir a declarar en el juicio.

Entre los testimonios que refuerzan las tesis de la acusación, se encuentra la de otra testigo de la orden que constató que los miembros de esta profesaban “un cariño desmedido, una cosa casi de esclavitud” por Rosendo. Él reprendía “de forma dura, humillante” a sus seguidores, “y al segundo les abrazaba y les decía: ‘¡Hijos míos!”. La misma mujer, de origen chileno, detalló cómo el líder le encomendó “juntar a mil personas para fundar un regla” en su país de origen, y cómo la reprendió por no lograrlo. Ello a pesar de que entregó dinero a la orden, que le llegó a pedir, a través de la madre superiora de las Carmelitas Descalzas del Escorial, el equivalente a “cuatro o cinco millones de dólares” para San Miguel Arcángel. “Miguel se envolvía en un halo de misterio, de algo sobrenatural por su actitud benévola, de santidad; era muy convincente”, explicó. Pese a todo, ella volvía a visitar la orden. Lo hacía porque se lo pedía la madre de las Carmelitas y porque el cardenal Rouco Varela le aseguró que estaba “en las mejores manos”.

“Era el elegido y teníamos que ayudarle”

Otro testimonio que se vislumbra determinante para el desarrollo del juicio fue el del padre general de los consagrados, Esteban R. M., también acusado y presuntamente víctima, quien aseguró que Rosendo le reconoció que mantenía relaciones sexuales con los miembros de la orden, una práctica que consideraba “la única forma” de hacer frente a “un demonio que había cogido”. Él mismo escuchó los gemidos de las relaciones sexuales, aunque, afirmó, trató de engañarse atribuyéndoselos a ese demonio.

Una noche empezó “a unir muchas cosas”, como las acusaciones de que Rosendo había intentado dar besos o que salían distintas hermanas de su habitación o su despacho. Además, ya por la mañana, una de las consagradas, llamada Sandra, que era bastón del líder, le confesó en una conversación: “Mi cuerpo a mí no me pertenece”. “Era la pieza que faltaba para darle sentido a todo”, aseguró, por lo que decidió abandonar la orden. Todo esto ocurría en una organización en la que a sus miembros se les “llenaba la boca” al referirse a Rosendo como padre y en la que se sentían “parte de algo especial, porque era una persona que hablaba con Dios”. “Él era el elegido y teníamos que ayudarle”, resumió.

Su descripción del líder fue la de una persona dominante que abroncaba, aislaba y castigaba emocionalmente a aquellos a los que consideraba peligrosos o dubitativos. Una de sus víctimas principales era Ivana L. —también procesada—, porque era “docilidad, el grado máximo de obediencia, sin planteárselo siquiera”. Había además “una barrera entre hombres y mujeres” respecto al líder, ya que los varones tenían “una suciedad” que les “impedía estar tan cerca de Miguel”.

Son relatos que vienen a reforzar la tesis del fiscal, que detalla en su informe cómo Miguel Rosendo fundó la orden en 1989 “con el ánimo de dominar y manipular a sus miembros para someterlos a su voluntad”. El líder de la presunta secta, que gozó durante muchos años del amparo del Obispado, se “garantizaba” la “total entrega y disponibilidad” de los miguelianos, practicaba su “adoctrinamiento” y procedía a la “anulación de voluntades y al control del individuo”. Entre otros fines, siempre según el ministerio público, con el de “satisfacer tanto sus deseos sexuales como ejecutar actos de beneficio personal o lucrativo”.

Frente a los testimonios que avalan estas acusaciones, en el juicio se han escuchado también alegatos de defensa de Miguel y los suyos. No solo del propio acusado, que aseguró no haber “obligado a nadie”, o de sus familiares, que ahora reclaman 360.000 euros por haber sido acusados “indebidamente”. También salieron en su defensa otros acusados. Por ejemplo, José Carlos A., miembro de la extinta orden, que apuntó al que era capellán de la prisión de A Lama, Isaac de Vega, y a los padres de algunos consagrados como los responsables de iniciar la causa “por venganza o por un tema económico”. En la organización, dijo, no vio nunca “a nadie con cara de sufrimiento ni dolor, al contrario”, y respecto a las limpiezas espirituales, afirmó que no le constan vejaciones ni escuchó que Rosendo las hiciera. Carlos conoció a Miguel Rosendo cuando hizo el camino de Santiago en 1993. Tenía 15 años de edad.

“Su facultad sobrenatural era que rezaba”

En la misma línea, la también acusada y presunta víctima Iria Q. sostuvo que no percibió nada que le hiciese sentir “subyugada” y negó haber visto al líder hacer exorcismos o espiritismo: “La facultad sobrenatural que tenía era que rezaba. Si esa es una facultad sobrenatural…”. Otro tanto ocurrió con la igualmente acusada Belén E. F., que no vio en Rosendo “ningún acto de carisma en el que se quisiese endiosar o ser más que nadie”, y negó haber oído hablar de “trabajos” o “limpiezas espirituales” o que el principal acusado llamase a los miembros “putas o maricones”.

La falsa monja Marta P., número dos de Rosendo, también salió en defensa de la orden. “Ni fuimos pseudomonjas, ni pseudoorden, ni yo me disfrazaba, preguntábamos para tener la confirmación de que podíamos vestir hábitos”, declaró entre lágrimas. Reconoció, eso sí, que recogían reliquias de su líder, como pelo, uñas y otros efectos, porque así se lo aconsejaban “los sacerdotes que pasaban” por allí, aunque a Rosendo “no le gustaba nada”. También negó que los famosos “trabajos” consistieran en relaciones sexuales. Según ella, eran simples rezos.

En el juicio está saliendo a relucir la tensión entre algunos acusados y sus familiares. Como el de los padres y una hermana de Marta P., que ejercen la acusación particular, y con los que esta ya no mantiene contacto. “Me han herido profundamente”, recriminó, para añadir: “¿Por qué les voy a llamar, por tenerme más de tres años imputada y estar ahora sentada en este banquillo? Me han robado la dignidad”.