El Mundo (España), Pedro Simón, 9.10.2015

Una mañana. El preceptor se lo lleva a su despacho. Entran. Baja las persianas. Le dice que se quite la ropa. Comienza a tocarle por todo el cuerpo. Cuando sale, han pasado 50 minutos. Otra mañana. El preceptor se lo vuelve a llevar al despacho. En la penumbra le enseña fotografías de mujeres. Le propone masturbarse. Otra mañana (dos o tres mañanas a la semana). El preceptor y un despacho a oscuras. Que se siente encima de él, le dice. Para ver mejor el ordenador.Otra mañana. Y otra. Y otra.Hasta que llegó aquella tarde: una cosa es leerlo en estas líneas y otra cosa fue escuchárselo al hijo. Así. De forma sincopada. Tirando de las palabras como con sacacorchos. Tras aquel esfuerzo, el niño quedó mudo: estuvo hasta seis meses sin decir ni una palabra después de aquello.

ELMUNDO habla hoy con los padres. Justo una semana después de que se haya publicado la carta manuscrita en la que el propio Papa Francisco les anuncia que habrá un juicio canónico contra el numerario del Opus Dei y tres meses después de que el alumno de Colegio Gaztelueta -12 años entonces; mayor de edad hoy- haya presentado una querella criminal contra el docente.

«Empezó a contarnos que había un profesor que se le llevaba al despacho, que cerraba la puerta, tapaba las ventanas y le decía que se quitara la camisa. Que lo pasaba mal porque se lo llevaba muy a menudo. Decía que el profesor no le dejaba irse. Nos contó lo de los tocamientos con mucho esfuerzo. Casi deletreando. Siempre te dices que puede haber habido más, cosas que no nos quiere contar, pero te agarras a que no. A raíz de aquel curso, mi hijo ha intentado suicidarse tres veces».

Esta entrevista está sin localización porque los padres -que han recibido amenazas personales y anónimas tras la denuncia- han puesto tierra de por medio. Estas declaraciones están sin atribuir porque es una madre la que las hace. Y con eso debería bastar.

-¿Qué queréis? Contesta el padre.

-Queremos que haya un reconocimiento expreso de los hechos, porque lo necesita mi hijo para su recuperación, queremos una petición sincera de perdón y una reparación de la víctima: que se le den cauces para que mi hijo pueda salir adelante.

-¿Y tú? Contesta la madre.

-A mí lo que me ha faltado es la calidad humana, que en el colegio supieran del sufrimiento y sólo se dedicaran a negarlo. No sabes el daño que eso hace. A la familia. A la víctima. Eso no sé si podré perdonarlo algún día.(…)

Según la querella presentada por el joven en los juzgados de Getxo el pasado 29 de junio, su preceptor en el Colegio Gaztelueta que el Opus Dei tiene en Leioa (Vizcaya) cometió abusos y agresiones sexuales con él durante el curso 2008/2009. El escrito refiere tocamientos, masturbaciones y otras prácticas. En el relato que obra en autos recuerda: «Él me advirtió que no era tan blando como parecía y que me iba a enterar a lo largo del curso». Y se enteró. Hoy todavía no lo olvida.

-¿Cómo empezó todo?

-Creíamos que eran dolores de tripa, cambios de carácter de la adolescencia, cosas de ese tipo -contesta la madre-. A ningún padre se le ocurre que cosas como éstas pasen en un colegio.

-Un día se encerró en el baño con el pestillo echado -sigue el padre-. Para no ir al colegio. Al entrar estaba tras la puerta en posición fetal. Era como un saco inerte que levantas de la cama y se derrumba.

Esto sobrepasaba cualquier límite. Poco a poco, el buen alumno, el capitán de estudios de 6º de Primaria, el carrilero del equipo de fútbol del colegio, el chico normal, empezó a comportarse de un modo diferente. Ni el cambio de colegio ni el paso del tiempo sirvieron, porque la pesadilla seguía ahí: el chico había desarrollado una fobia enfermiza a acudir a un aula.

-Un día se escapó de camino al nuevo colegio, salió corriendo y se fue. Estaba jarreando. Desapareció. Yo estaba aterrada.Al final, una tarde, empezó a contarles.

-Fuimos al Gaztelueta a hablar con la dirección. Cuando le contamos lo que nos había relatado nuestro hijo, el subdirector se llevaba las manos a la cabeza, con la cara roja, y repetía: «Pobre, pobre».

-Nos dijeron que habían hablado con el preceptor y que éste había reconocido todo -señala el padre-. Nos contaron su explicación. Según él, lo había hecho para fortalecer el carácter de nuestro hijo. Que si le quitó la camisa fue porque hacía calor. Que si le enseñó fotos era para que viese la evolución sexual de una mujer.

-Yo les dije que entendíamos que una desgracia así puede ocurrir en cualquier sitio, que yo no iba allí a crucificar al colegio, pero que necesitábamos que hicieran algo. Al cabo del tiempo nos dieron una respuesta: nos dijeron que apartaban al docente y lo mandaban a Inglaterra. Les pedí: «Algo más habrá que hacer». Y me contestaron: «Le pondremos en manos de un sacerdote».(…)

Estos años la casa ha sido a ratos un búnker y a ratos un lazareto. El chico -en estado de ‘shock’ postraumático- ha pasado largas temporadas sin salir. La madre llegó a trasladarse a la habitación, cosida a él.-No le podíamos dejar solo ni un minuto. Me fui a dormir a la cama de al lado. Mi vida se convirtió en ser la sombra de él. No es fácil la recuperación del hijo. No es fácil esta andadura judicial. No es fácil seguir adelante.-Hemos recibido llamadas que cuelgan. Recomendaciones de gente que te dice que lo dejes. Y también amenazas directas que está investigando la Ertzaintza. Un par de veces. Dos jóvenes. Me dieron en el hombro por calle y me dijeron: «Tened cuidado con lo que hacéis. Os vais a enterar».

Hoy, la familia recuerda el ‘subibaja’ del estado mental del chico, los intentos de suicidio de la ventana y el del tren, los meses sin hablar de los 14 años y la imagen aquella del chaval en posición fetal, hecho un ovillo y también un lío. A veces, mucho peor que el sonido de lo que escuchas es el silencio de lo que no oyes.

-¿A qué te refieres? -preguntamos.Sabemos que la madre está llorando porque le están rodando dos lágrimas enormes por las mejillas. Ni un cambio en el gesto de la cara. Ni un quiebro en el tono de voz. Ni una mano restregando los ojos.

-El psiquiatra nos ha dicho que mi hijo no puede contarnos todo lo que pasó.

La carta del Papa

La familia se dirigió a Bergoglio. El Papa les contestó así: «De mi mayor aprecio en Cristo: Le agradezco su carta y la documentación adjunta. Lo primero que me viene decirle es que, por favor, me sienta cercano con mi oración. Es muy dura la cruz. Pido para que el Señor le ayude a llevarla. Además, hoy mismo [la misiva está fechada a finales de diciembre de 2014] envío la documentación a la Congregación para la Doctrina de la Fe para que instruyan el juicio canónico al educador y al colegio pero sin molestar al chico. Quedo a su disposición. A usted y a su familia le deseo un santo y esperanzador año 2015. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, no se olvide de rezar y hacer rezar por mí».

Y la respuesta del colegio

En un comunicado emitido hace unos días a raíz de la información desvelada por este periódico, el Colegio Gaztelueta (Leioa, Vizcaya), donde supuestamente tuvieron lugar los hechos, señaló que, si lo denunciado se demostrara cierto, «merecería una condena total» por su parte. «Para todos los que formamos parte de este colegio, el Papa Francisco es una persona muy querida, y siempre vamos a secundar sus deseos. Todo lo que venga de él, será muy bien atendido», indicaron fuentes del centro, que recordaron que al asunto -ya en 2011- se le dio «toda la importancia que requería». La oficina de información del Opus Dei añadió: «Manifestamos nuestro deseo y compromiso por llegar lo antes posible a la clarificación de los hechos».