JUAN G. BEDOYA – El País, Madrid – 17/10/2003

«Por lo visto no basta el nombre de cristianos», se quejaba Erasmo ante la proliferación de órdenes religiosas aún antes de que Ignacio de Loyola fundase la Compañía de Jesús, en 1540. Benedictinos, franciscanos, agustinos, bernardos, recoletos, dominicos, carmelitas, mercedarios, betlemitas, filipenses, hipólitos, jesuitas… Con ese imponente ejército de tonsurados, más la reforma de los seminarios para elevar la calidad del clero secular, inició la Iglesia de Roma la recatolización tras la ruptura del protestante Martín Lutero. El modelo clerical del interminable Concilio de Trento (1545-1563) estuvo vigente hasta el Vaticano II (1962-1965), donde Juan XXIII invitó a los laicos a conquistar sin complejos su propio territorio eclesiástico y a participar en primera persona en la vida de la Iglesia. La Constitución elaborada en el concilio -Lumen Gentium- lo concretaba más: la Iglesia debía ser una comunidad de iguales, y no una comunidad de desiguales como hasta entonces. Por cierto, la mujer seguía apartada de la primera línea del poder y las ceremonias, y así permanece.

La plasmación de este protagonismo laical ha culminado con el auge de numerosos movimientos, pero no ha frenado el creciente retroceso de la práctica religiosa. Lo que en los comienzos del siglo XX se anunció como el siglo de la Iglesia se ha traducido en Europa en una «crisis de fe gigantesca». Este calificativo lo utilizó el cardenal Antonio María Rouco ante 300 miembros del movimiento de la Legión de Cristo, convocados el pasado 30 de septiembre en la Universidad Francisco de Vitoria, en Madrid.

Juan Pablo II se afanó en rectificar esa situación de crisis que, a su juicio, tenía que ver con interpretaciones equivocadas del Vaticano II. Para la tarea, no podía contar con las órdenes tradicionales, cuyos grandes teólogos fueron protagonistas de las reformas conciliares, sino que necesitaría de movimientos a su imagen y semejanza. El Papa más visible de la historia -viajero, teatral, comunicador, carismático- merecía un público distinto al de los pontífices anteriores, recluidos en el Vaticano y ensimismados en su majestuosidad.

Los retrocesos de la práctica religiosa y, en paralelo, la falta de autoridad sobre los fieles, que aún diciéndose practicantes deciden por su cuenta qué preceptos van a cumplir y cuáles no -sobre todo, en materia de sexo y costumbres-, provocaron, además, una indisimulada irritación en la Iglesia. La contrarreforma ha sido ejecutada sin miramientos y supuso la práctica eliminación de los teólogos de la liberación y de las llamadas iglesias populares en Latinoamérica. En Europa, la consecuencia fue la forzosa desaparición de los curas obreros y una ofensiva inmisericorde contra el movimiento internacional Somos Iglesia y los numerosos teólogos que prosiguen el reformismo conciliar.

No todos los movimientos laicales están conformes con el nombre de movimiento, porque el término ha adquirido con los años inequívocas connotaciones conservadoras. Pero la realidad es tozuda. Algunos sectores eclesiásticos incluso los han tachado de sectas, hasta el punto de que la revista Concilium publicó el verano pasado un número monográfico para espantar tal acusación por injusta.

Los nuevos movimientos reúnen a millones de católicos en todo el mundo (dos millones en Europa, según la agencia romana Zenit). Los más conocidos son el Movimiento de los Focolares, fundado en Trento (Italia) por Chiara Lubich; Camino Neocatecumenal, creado en 1964 por el madrileño Kiko Argüello; Comunión y Liberación, del sacerdote italiano Luigi Giussani; los Legionarios de Cristo, una fundación del mexicano Marcial Maciel; el Movimiento de Vida Cristiana, del peruano Luis Fernando Figari; las comunidades de San Egidio y de Emmanuel, los grupos de Renovación Carismática, el Movimiento de Vida Cristiana y un centenar más de legiones de católicos de todas las edades que siguen, enfervorizados, al papa polaco allí donde se desplace.

El Opus Dei, del aragonés san Josemaría Escrivá de Balaguer, destaca entre esos movimientos por su preeminencia ante el Papa, que elevó pronto al instituto secular a la categoría de Prelatura personal -única en la Iglesia- y aceleró de forma inusitada la elevación a los altares del fundador, fallecido el 26 de junio de 1975.

En cambio, las ordenes religiosas tradicionales no han dejado de menguar, en medio de un marcaje implacable del Vaticano. El caso más señalado es la Compañía de Jesús, la orden más grande del mundo en 1980, con 30.000 jesuitas, y propietaria de las mejores univesidades católicas. Juan Pablo II había sido rechazado como alumno por la imponente Gregoriana de Roma -por la insuficiencia de sus estudios en Polonia- y finalmente cursó la teología en el Angelicum, la universidad de los dominicos. Treinta años después tomó su revancha: nada más ser elegido papa, ordenó someter a su autoridad plena a la órden de Ignacio de Loyola, imponiéndola durante años, incluso, a un prepósito general de su confianza, el anciano Paolo Dezza, como sustituto forzoso del bilbaino Pedro Arrupe. El sometimiento se extendió sin contemplaciones a las demás órdenes.