The New York Times/Clarín, Frank Bruni, 4.10.2002

EL papa Juan Pablo II ha creado tantos santos, y con tal rapidez, que la ascensión de uno más, pasado mañana, no llamaría la atención en forma automática. Sin embargo, para muchos católicos romanos, la canonización del sacerdote español Josemaría Escrivá de Balaguer refleja bastante más que un tributo a su obra y su devoción.

Hace ya casi tres cuartos de siglo, Escrivá fundó el Opus Dei (la Obra de Dios), una organización laica que se distinguía más por sus excentricidades (sus miembros hacían voto de castidad y se azotaban) que por su influencia. Profundamente conservadora, envuelta en el misterio, revoloteaba en la periferia de la vida eclesiástica. Pero desde la muerte de Escrivá, en 1975, sus miembros proliferaron en todo el mundo: hoy rondan los 85.000. Y desde la elección de Juan Pablo II, en 1978, ha ganado un respeto creciente entre los funcionarios del Vaticano.

La canonización de Escrivá es la mejor muestra, y la más convincente, de la fuerza del Opus Dei. Es el estímulo definitivo a un grupo poco conocido que se percata cada vez más de que posee un poder apreciable, para deleite del sector tradicionalista de la Iglesia y zozobra de los progresistas. “Para promover una organización dentro de la Iglesia Católica, ¿qué mejor recurso que invitar a Roma a todos sus miembros, concertar una audiencia con el Santo Padre y canonizar a su fundador?”, pregunta Deal W. Hudson, director y editor de Crisis , una revista católica conservadora.

De hecho, ningún otro santo ha sido canonizado a tan pocos años de su muerte. Esta “vía rápida” parece subrayar por igual la agresividad del Opus Dei y el favor de que goza en el Vaticano. “Debería incorporarse a las filas de los santos con un asterisco”, comenta Kenneth Woodward, autor de Making Saints (“Haciendo santos”), un libro sobre el proceso de canonización. Señala que el Vaticano no escuchó a los críticos de Escrivá, algunos de ellos preocupados por su vinculación con el régimen de Francisco Franco.

La canonización es un nuevo ejemplo del perfil en alza del Opus Dei en muchos países. En Estados Unidos hay unos 3000 miembros. En estos últimos años, uno de sus sacerdotes, José Gómez, fue nombrado obispo auxiliar de Denver y la organización inauguró su nueva sede central, en pleno Manhattan, a un costo de 47 millones de dólares. Y en Roma, el Papa designó universidad pontificia a una escuela del Opus Dei.

“Se lo ve, en forma creciente, como algo más común, más normal”, dice John McCloskey, sacerdote del Opus Dei en Washington. Su propia trayectoria lo demuestra. Es un invitado asiduo a los programas informativos de televisión, como vocero del catolicismo conservador. Hace unos meses, supervisó personalmente la conversión de Sam Brownback, senador republicano por Kansas y ex metodista. “El Opus Dei tiene cierto don para tratar con gente influyente”, opinó McCloskey.

Oficialmente, el Opus Dei nació en España en 1928 a partir de la idea de que un católico puede alcanzar la santidad sin hacerse cura o monja y que, a su vez, su trabajo puede ser sagrado. En parte, es cuestión de principios, oración y adhesión a las enseñanzas de la Iglesia Católica en todas las áreas, incluidos el control de la natalidad, el aborto y la homosexualidad. Para casi un tercio de sus integrantes, también es cuestión de adoptar un estilo de vida atípico y rituales poco comunes.

Estos miembros, denominados “numerarios”, viven en pequeños centros (femeninos o masculinos) pertenecientes al Opus Dei y administrados por él. Entregan sus sueldos al administrador del grupo y hacen voto de castidad. Algunos se azotan con las disciplinas, como solían hacerlo antiguamente los monjes y santos, pero, por lo común, no les gusta hablar de eso. “Puedo decirle que algunas de esas mortificaciones son menos dolorosas que una hora de entrenamiento en el gimnasio. Y conste que he probado ambas cosas”, afirma Joaquín Navarro Valls, vocero papal y veterano numerario del Opus Dei.

EVANGELIO PARA TRIUNFADORES

Otro numerario residente en Roma, el norteamericano John Paul Wauck, ordenado sacerdote hará unos tres años, dice que a veces ciñe su muslo con una cadena de púas y se niega hasta una ducha tibia. “No es lo más importante en mi vida en el Opus Dei -expresa-. Es una penitencia, una manera de negarme a mí mismo”, y añade que eso le recuerda los sufrimientos de Jesús y lo aparta de la complacencia material. (Wauck es cuñado del supuesto espía Robert Hanssen, que también perteneció al Opus Dei, aunque sin ser numerario.)

El Opus Dei tiene muchos críticos, en parte por esas prácticas, pero también por otras razones. Su reconocido énfasis en predicar el Evangelio a personas instruidas que han triunfado en su profesión lo hace parecer demasiado calculador, para algunos católicos, y elitista, para otros. Además, algunos ex miembros y sus familias se quejan de que se asemeja a una secta por el modo en que prepara a los miembros potenciales, separándolos de sus amigos y parientes. El padre James Martin, editor asociado de America , una revista de los jesuitas, cuenta que tras la publicación de un artículo de su autoría donde planteaba ciertos interrogantes respecto a las técnicas de reclutamiento del Opus Dei, recibió “una cantidad asombrosa de llamadas telefónicas desgarradoras, de padres y madres”. Los funcionarios del Opus Dei niegan que haya coerción en el reclutamiento: por lo común, dicen, sus miembros apenas si hacen algo más que transmitir su entusiasmo.

Martin cree importante señalar que el Opus Dei tiene, por cierto, una vertiente benigna: “Hacen muchísimas obras buenas”. Aunque no parece tan profundamente comprometido con la asistencia social como otros grupos católicos, lleva adelante programas médicos y educativos destinados a los pobres.

Sus miembros tienden a parecer serios, cerebrales, precavidos respecto al qué dirán. Este recelo comprensible da pábulo a su fama, entre no pocos católicos, de ser una especie de enclave secreto, un antro peligroso y prohibido de la Iglesia. También parecen sumisos. McCloskey no vacila en calificar de oxímoron la expresión “católico liberal”, y añade: “Uno no puede considerarse un buen católico, si discrepa de enseñanzas fundamentales de la Iglesia”.

Opiniones como ésta colman de temor a muchos católicos. “El Opus Dei representa la escuela de pensamiento según la cual el mundo debe prestar oídos a la sabiduría de la Iglesia y someterse a ella. Tienen una visión amenazadora del mundo, de que hay en él demasiadas opciones, demasiada libertad”, afirma Robert Elsberg, director de la editorial católica Orbis Books. Y aclara que él no la comparte.

No obstante, él y otros católicos dicen que la canonización de Escrivá no los sorprendió. Hace veinte años, Juan Pablo II bendijo al Opus Dei erigiéndolo en prelatura personal. De este modo, sus sacerdotes y miembros quedaron bajo la jurisdicción de un prelado del Opus Dei sin límites geográficos. Es la única organización católica laica que posee ese estatus.