L. M. L. – El País, Madrid – 14/01/2002

Cuando se entra en contacto con antiguos miembros del Opus Dei, todos reconocen que tiene muchas cosas que contar, pero casi nadie se atreve a hacerlo. La prudencia se lo impide, incluso con la garantía de anonimato. La mano de la Obra, dicen, es muy larga. Uno te cuenta que perdió su trabajo. Otro, que teme perderlo. Otro, que le ponen zancadillas laborales. Otro, que le acosan.

Pero, una vez que se deciden a hablar, lo hacen a tumba abierta. La razón, dice Julián M. (incluso la inicial es ficticia), que estuvo más de 30 años en la Obra, es muy simple: ‘Durante más de media vida, no he podido expresar lo que sentía, mis preocupaciones más íntimas, ni siquiera a mis supuestos amigos dentro de la Obra, ya que estaban obligados a comentar cualquier síntoma preocupante a nuestro director’.

Desde la Obra, se dice que quienes la critican son una minoría de resentidos a los que hay que ignorar. Pero los críticos no están sólo entre quienes hablan, sino también entre los que callan.

Para la realización de este reportaje se ha contactado, más bien, con gente normal, en su mayoría con formación universitaria, que relatan los traumas que les llevaron a abandonar el Opus Dei.

Julián M. fue un agregado durante más de 30 años. Este grupo de miembros son célibes que viven con su familia.

Entre un cúmulo de vivencias, Julián relata, por ejemplo, cómo, de forma simultánea a la fidelidad (el compromiso formal con el Opus Dei), hay que hacer testamento, con la recomendación de legar los bienes a una institución vinculada a la Obra, como la Universidad de Navarra. El portavoz oficial, Rafael Ramonet, lo niega y sostiene que se trata tan sólo de aplicar el espíritu ascético de la Obra, pero que se puede nombrar heredero a quien se quiera, con toda libertad. En realidad, casi todo cuanto dicen los ex miembros, o la interpretación que éstos dan a los hechos, es negado por Ramonet.

Cuenta Julián M. que, como todos, tenía que entregar su sueldo y que sólo se le facilitaba semanalmente una pequeña cantidad (‘nunca más de 7.000 pesetas’), de la que tenía que rendir cuentas anotando incluso los gastos más nimios como la compra de un periódico. Hasta para comprarse una chaqueta había que pedir permiso y fondos. La recomendación era que fuese discreta y que se adquiriese en compañía de otro miembro de la Obra.

El cine estaba estrictamente prohibido. No fue ni una vez en 30 años, aunque sí vio películas ‘no peligrosas’ en los centros de la Obra, con frecuencia cortadas. Tampoco se podía leer cualquier libro o periódico. No sólo se prohibía leer EL PAÍS, indica, sino incluso las revistas del corazón. Se recordaba que el fundador de la Obra decía que no va uno a la farmacia y dice: ‘¡Qué medicamento más bonito! Me lo tomo’. Estaba proscrito, añade, en el grado máximo de peligrosidad, cuanto tuviera que ver con el sexo. ‘La obsesión con el sexo, y no digamos con la homosexualidad era enfermiza’.

Por su parte, Enrique L. (nombre también ficticio), que fue agregado unos 30 años, señala: ‘A mí me ganaron primero por el corazón y luego por la cabeza, y de la misma forma me perdieron. El corazón me lo quemaron enseguida, cuando comprendí que la amabilidad y la bondad con que me trataban cuando querían captarme no eran sino hipocresía en estado puro. Pero la cabeza tardó más en convencerse. El revulsivo fue la compra prohibida y la posterior lectura de un libro de Steven Hassan, Cómo combatir las técnicas de control mental de las sectas. Ahí se hablaba de cuatro controles: de pensamiento, de sentimiento, de la conducta y de la información. Los cuatro los sufrí en el Opus. Fue entonces cuando decidí irme’. Eso, afirma, le costó perder su trabajo y una difícil reconversión profesional. En el camino, quedó su fe en la Iglesia, aunque cree en un Dios que ve como ‘entidad organizadora del universo’.

Elena P. , que fue numeraria durante 15 años, resume su experiencia en lo que le dijo al consiliario de la Obra cuando la llamó a capítulo e intentó disuadirla de que se fuera: ‘Nací persona. Como persona, soy mujer. Después soy cristiana, y además católica. Y, como católica, soy de la Obra. Pero, por ser de la Obra, pierdo catolicidad y no soy cristiana en un sentido amplio; como mujer me siento maltratada y como persona se asaltan mis derechos. Así que me voy’.

En todo momento, Elena, dedicada entonces y ahora a una profesión liberal, se sintió agredida como mujer. Pese a que su trabajo la obligaba a una relación constante con hombres, no podía hablar con ninguno sin que la puerta de la habitación estuviese abierta, y ni siquiera se le permitía que un amigo la llevara en coche a su casa (la de ella). El tiempo, dice, ha curado sus heridas, y hoy, tras crear una familia, conserva su fe católica y no se considera marcada por el Opus.