JUAN JOSÉ MILLÁS 25/07/1999

La demolición de La Pagoda, de Fisac, muestra una tendencia clara hacia el vandalismo. No nos encontramos todavía frente a unas autoridades urbanísticas definitivamente mortíferas, pero su inclinación natural es la barbarie.Como el lector habrá advertido, hemos elegido para comentar el suceso un tono políticamente correcto, que resultaría muy difícil de mantener si incluyéramos esta demolición en la contabilidad general de los túneles, las esculturas, las plazas, el aeropuerto o la persecución de rumanos a caballo, por citar sólo algunas hazañas de los políticos locales. Pero estamos a punto de irnos de vacaciones y es preferible despedirse en un tono moderado. El Opus Dei, cuya presencia secreta tanto se percibe en las grandes decisiones políticas o económicas del entorno, está detrás, según Fisac, de esta actuación demoledora. No podemos saberlo, pero es interesante observar la paranoia del arquitecto respecto a la Obra, tan común en quienes logran escapar a las redes de las sectas destructivas.

Y es en operaciones de este tipo, en fin, donde el PP municipal y autonómico no hace otra cosa que perder agua. Ruiz-Gallardón lo intenta remediar, pero el hombre manda a sus naves a luchar contra las dicotomías y se encuentra con que el enemigo real era el absurdo. Por cierto, que en una atmósfera tan turbia, la adscripción de la Consejería de Cultura a Alicia Moreno, a la que le faltó tiempo para declararse de izquierdas, se convierte, en vez de en una cosa saludable, en un espectáculo grotesco, sobre todo si coincide con la cruel agresión profesional de que estaba siendo víctima por esos mismos días José Carlos Plaza. «No quiero que el ministerio se llene de rojos», dicen que dijo el secretario de Estado, o lo que sea. Y ese deseo, mira por donde, venía a coincidir en el tiempo con el de que la ciudad no se llenara de fisacs, ni los descampados de rumanos. La confusión es tal que cuando Alicia Moreno habló para este periódico de su signo del zodiaco, Escorpio, se creyó que se refería al coche oficial de los consejeros, el Ford Scorpio. He ahí una pequeña muestra local de la torre de Babel en la que los esfuerzos de Gallardón para que su partido parezca de centro no hacen sino confundir más a la gente.

Decía esta misma semana Piqué en El Escorial que Cataluña era el agujero negro del PP porque allí es percibido como un partido de extrema derecha. Ésa es también la tendencia entre nosotros. A lo mejor nos estamos volviendo un poco catalanes al comparar el urbanismo de Barcelona con el nuestro, el ruido de Barcelona con el nuestro, las calles, en fin, de Barcelona con las nuestras. Lo curioso es que Ruiz-Gallardón, empeñado aparentemente en sacar a su partido del agujero oscuro, no está bien visto por Ferraz. Así las cosas, no sabemos si sus actuaciones provienen del cálculo mercantil o de la convicción moral. Ni siquiera sabemos si sus decisiones son fruto de la sensatez o del extravío. Los lingüistas, creo, suelen decir que no basta con que una cosa sea cierta para resultar eficaz; debe, además, formar parte de una cadena significativa de sucesos. Cuando la verdad se produce fuera de esa cadena, sin contexto, no sirve para nada. Más que eso: resulta un disparate. Y dentro ya del disparate es muy fácil confundir un escorpión con un Scorpio o un aeropuerto con un campo de concentración.

Quedamos, pues, en que la tendencia del PP local, ejemplificada en la demolición del edificio de Fisac y otros arrebatos, es la barbarie, impulsada o no por el Opus. La verdad es que no necesitan al Opus para nada. La Obra les proporcionó en su día la coartada moral para gobernar sin votos, pero desde que descubrieron la estética ya sólo quieren coartadas estéticas. Lo malo es que la estética son las violeteras, las plazas, los túneles y demás esputos artísticos que van dejando por donde caminan. Publicaba el otro día en estas mismas páginas Ricardo Aroca un excelente artículo sobre la evolución de la plaza de Olavide, convertida, al fin, en lo que es, «un techo de aparcamiento», y se daba uno cuenta con claridad atroz de que la tendencia, como decíamos, es la barbarie. Cabría pensar que Álvarez del Manzano ha sido captado por una secta satánica que le obliga a construir aparcamientos y túneles oscuros para que more en ellos el diablo. Quizá lo de Fisac, al atribuir al Opus la demolición de su edificio, no fuera tanto un rasgo paranoico como una información contrastada. Quienes permanecen mucho tiempo en las sectas destructivas saben de qué hablan y él permaneció desde el 36 al 55. Satán no descansa. Nosotros, por fortuna, sí. Feliz verano.