RICHARD HERZINGER  El País, 01/09/2000

Ahora parece que por fin toda Alemania se ha dado cuenta de la gravedad de la situación. Los políticos y los medios reclaman mayor intervención judicial y policial contra la violencia de extrema derecha. Obispos católicos e intelectuales libertarios se adhieren a la llamada a la “tolerancia cero” del ministro de Exteriores verde. Pero contra los ideólogos extremistas y los agresores incontrolados no se puede decretar, como para los perros peligrosos, bozal y correa obligatorios.Se exige perentoriamente un aumento de la represión. Pero para evitar desmanes contra la población indefensa, probablemente debería en ese caso declararse en todos los distritos de la Alemania del Este (y posiblemente también en el Oeste) una especie de estado de excepción. Hay que tener en cuenta, además, que un aumento de la represión aumentaría también la disposición de la ultraderecha a practicar el terrorismo organizado. El llamamiento a la “sociedad civil” para que resista más activamente a los violentos suena bien. Pero el potencial de violencia racista se enfeuda precisamente allí donde faltan estructuras de sociedad civil o se encuentran en ruinas. Mejorar la capacidad educativa y formativa de la escuela es algo que nunca puede ser malo. Sin embargo, cuando grupos de escolares del Este, delante de una cámara, declaran sin asomo de pudor que no consideran personas a los extranjeros y que les parecería “muy guay” participar en una cacería humana contra esos supuestos “diferentes”, es difícil hacerse ilusiones acerca de la efectividad del discurso educativo. No es formación lo que les falta a estos jóvenes. Han transformado su formación en agresividad.

Esta ruidosa declamación de medidas de efecto inmediato llega a veces a tapar la sensación de impotencia y desamparo que nos embarga ante una energía destructiva cuya dimensión produce espanto, miedo y tristeza. La violencia ultraderechista ocupa un punto ciego en el debate social e intelectual. Y es que la sociedad liberal ha dejado de estar preparada para confrontarse con una fuerza que niega radicalmente sus premisas políticas, filosóficas y morales. El discurso del “fin de las ideologías” ha sugerido, al cabo de los años, que no puede existir ya ninguna alternativa seria al modelo de pluralismo occidental. Las brutalidades de raíz ideológica, como las de Kosovo o Cachemira, se consideran percances temporales en el proceso de globalización o simples regresiones arcaizantes. Todo esto parece no tener nada que ver con la realidad de nuestra sociedad.

Pero lo cierto es que bajo la superficie de nuestra sociedad florecen incontables ideologías, más o menos difusas, de destrucción o refundación del mundo, que escapan a la estructura discursiva de la democracia liberal; círculos esotéricos, sectas religiosas, sociedades secretas satánicas, adventistas de los ovnis… cultores milenaristas de toda laya que quedan fuera de la racionalidad de nuestra supuestamente secularizada vida pública. De vez en cuando alguna de estas subsociedades cerradas cae bajo los focos de los medios de comunicación y suscita cierta inquietud acerca de los líderes sectarios y sus protectores constitucionales, para pronto hundirse de nuevo en el olvido colectivo. ¿Quién se acuerda todavía del escándalo de la Iglesia de la Cienciología y sus frustrados planes de dominio mundial?

Es precisamente la inflación en la oferta de respuestas a las últimas preguntas lo que hace inverosímil que de nuestra sociedad de masas y de comunicación pueda surgir de nuevo un único poder totalitario susceptible de amenazar seriamente el consenso sobre el orden liberal. Pero con esta enorme oferta de sentido, desaparece también nuestra capacidad de distinguir entre la excentricidad inofensiva y la verdadera amenaza, procedente de una voluntad declarada de subvertir la humanidad. Hemos visto surgir y desaparecer tantos fundamentalismos que ya no podemos creer que nos pueda acechar ningún peligro real y definitivo.

Por eso es tanto mayor el pánico cuando el potencial latente de violencia sale a la superficie: un suicidio colectivo aquí, un atentado con gas mostaza en un metro abarrotado, o un ataque anónimo con una bomba de fabricación casera allí. Pero todos éstos siguen siendo casos aislados, que no llegan a constituir un escenario compacto de amenaza. La ultraderecha neonazi violenta, sin embargo, es la forma de expresión más radical que pueda concebirse de un submundo o contramundo ideológico estanco, que ya ni siquiera participa (como lo hacían todavía las ideologías totalitarias “clásicas”) en el discurso oficial, en tanto que le podría proporcionar una legitimación intelectual consistente. Le basta, para afirmar su indiscutible presencia, con el acto violento (físico o verbal).

Su capacidad amenazante, que nos intranquiliza hasta lo más hondo, le viene a este nuevo extremismo de su carácter radicalmente imprevisible: sus motivos le resultan incomprensibles al mudo establecido y, además, consigue evitar explicarlos mediante gestos prepotentes y provocadores. Señala así que en cualquier momento es capaz y está dispuesto a cometer de nuevo más atropellos absurdos. Desde este punto de vista, la práctica de la violencia por la extrema derecha se corresponde con la de un terrorismo mundial, postotalitario y de raíz fundamentalista o étnico-nacionalista, que opera en el interior de las democracias liberales. A primera vista, los talibanes afganos, los nacionalistas de limpieza étnica de Serbia o Ruanda, y las bandas de secuestradores de Joló tienen poco en común con las bandas de matones alemanes. Sin embargo todos ellos comparten la misma limitada disposición al uso desenfrenado de la violencia, y el hecho de que su voluntad de destrucción se ha liberado de todo deber de rendir cuentas ante el foro imaginario de la historia mundial.

Esta internacional clandestina (o no) de los antípodas de la civilización liberal mundial impugna el ideal de la “gran familia humana”, profesado, aunque sólo sea en la práctica, por el conjunto de la civilización occidental, desde las empresas multinacionales, hasta la izquierda multiculturalista. Al creciente consenso sobre una humanidad sin fronteras, contrapone un odio cada vez más desenfrenado por todo convenio civilizador. Su guerra es la “guerra de las culturas”, cuya línea de frente no corre entre círculos culturales separados, sino que se extiende a lo largo de todo el globo y atraviesa todas las sociedades.

Entre estos dos mundos enemigos no hay el menor terreno de entendimiento. Y, con todo, ambos están indisolublemente ligados, existen uno junto al otro y dentro de una misma realidad social. Así, los activistas de la ultraderecha forman parte también de la llamada generación Internet. Prefieren estructuras espontáneas de red a estructuras centralizadas, y aprovechan el potencial subversivo de los nuevos medios de comunicación para dejar con un palmo de narices al más eficaz y probado aparato represivo del Estado. La cultura del odio es el negativo siniestro de la abigarrada modernidad liberal.

Ante la agresión irracional del nuevo extremismo, la reflexión intelectual está inerme. El análisis ideológico de las ideas ultras y la crítica de su violencia estructural no pueden gran cosa contra el puro culto a la violencia. Esta crítica, en efecto, sólo puede esperar alcanzar algún efecto allí donde el valedor de la ideología incriminada se somete al análisis discursivo y acepta al menos tácitamente la lógica integracionista de la sociedad liberal democrática. Los intentos de controlar el síndrome de la violencia ultra mediante su reconducción a la esfera del análisis socioeconómico o sociopsicológico, acaban generalmente por obviar la radicalidad de su provocación, ya que en última instancia contemplan a los protagonistas de la violencia sólo como individuos descarriados, a los que las malas compañías han llevado a conclusiones falsas. En esta perspectiva, nunca se llega a presentarlos como sujetos responsables de sus palabras y de sus actos y, por tanto, como enemigos declarados de la sociedad abierta.

Es, sin duda, necesario distinguir entre los cuadros organizados de la extrema derecha y un medio delincuente, en el fondo no político, cuya brutalidad no resulta de ninguna elección estratégica de objetivos. Pero esta distinción no implica disculpa: los aparatos terroristas siempre han reclutado a sus ejecutores de un incierto mundo de aventureros depravados. El antifascismo tradicional ya no sirve como idea movilizadora y fortalecedora de la identidad contra la ultraderecha, porque dependía de la creencia en un progreso objetivo de la historia y por ende de la opinión de que la ilustración a la larga inevitablemente vencería a la reacción. La extrema derecha actual se presenta, sin embargo, como algo radicalmente nuevo, como el polo opuesto de la sociedad liberal. De hecho lo que la hace inmune ideológicamente es la negación fundamental de la experiencia histórica de la que se deriva la autoafirmación de la democracia liberal: que la suya es la única enseñanza válida que puede extraerse de la historia. El neonazismo es radicalmente antihistórico, y en esa medida es un fenómeno poshistórico, ya que el único papel que todavía se le reserva al pasado es el de una sucesión de imágenes libremente disponibles e interpretables. Su identificación con el nacional socialismo es independiente de toda continuidad histórica y no la enturbia ninguna duda reflexiva. Los ultraderechistas glorifican las supuestas bendiciones del Estado nazi y sortean arbitrariamente las preguntas acerca de las razones de su catastrófico fracaso.

Para que la alarma ante el peligro ultra no se quede en un fuego de artificio, la sociedad civil democrática debe reforzar su conciencia de que el peligro que amenaza a sus fundamentos es real. La base civilizadora sobre la que se asienta es frágil y no la garantiza ninguna razón mundial superior. La civilización de la libertad existe sólo gracias a la disposición de los hombres libres a defenderla día a día de sus enemigos. Para que esto no sea sólo una frase, no basta con que las instituciones del Estado democrático empiecen a reconquistar las “zonas liberadas” nazis, debe además recuperarse un territorio espiritual que ha llegado a perderse debido a la idea falaz de que la libertad es algo que se da por supuesto. Esta conciencia debe agudizarse también de nuevo en el discurso intelectual, que se encuentra enteramente enfrascado en un juego de ideas autorreferentes que vienen a ser meras variantes sin importancia dentro del inequívoco pluralismo liberal.

Todo esto confronta a la sociedad liberal con un dilema: ¿cómo efectuar una declaración frontal de guerra sin traicionar sus propias premisas (la de que en la sociedad no existe ninguna diferencia que no pueda ser integrada)? ¿Cómo no caer en una mística de un “mal absoluto” que a la larga podría merecer ser excluido de la sociedad? Tampoco hay que menospreciar el peligro de que la sociedad abierta, en su combate contra sus antípodas, llegue a prescindir de los principios del Estado de derecho y traspase, en el uso del monopolio estatal de la violencia, los límites que la separan del control del pensamiento.