El País (España), Silvia Pontevedra, 8.06.2016

En los preámbulos de aquella aciaga jornada del 31 de agosto de 2015 en que Marisol Fabiola S.M. asfixió a Victoria, su bebé de seis meses, en la habitación 709 de un conocido hotel de Santiago, su marido le espetó que quería hacerse la prueba de paternidad durante una fuerte discusión. Un jefe de la policía judicial ha recordado hoy en el juicio por el asesinato de la pequeña que así se lo reconoció Raúl, el esposo de la acusada, cuando lo entrevistó a última hora de la tarde de los hechos. Ayer, el hombre se acogió a su derecho a no testificar para no perjudicar a su esposa y nada explicó sobre esta cuestión que hoy ha vuelto a sembrar extrañeza en el jurado popular que tendrá que deliberar, mañana, acerca de si Marisol actuó completamente enajenada cuando asesinó a su bebé. La propia implicada declaró el martes que existía «la duda» de quién era el progenitor, porque en los primeros días de junio de 2014, presa de un brote de su enfermedad mental, sintió el impulso de viajar sola en tren a Suiza y que en medio de su trastorno acabó torciendo el rumbo y arribando a la estación de Stuttgart. En aquel escenario, recuerda o cree recordar, pasó unas cinco jornadas conviviendo con un «vagabundo» que la violó, y acabó internada durante más de una semana, hasta el día 20, en un psiquiátrico de esta ciudad alemana.

Marisol, su esposo y la niña que nació nueve meses después de aquel brote agudo viajaron el 24 de agosto de 2015 a Compostela para asistir a un congreso internacional del Instituto Gnóstico de Antropología Samael y Litelantes, una convención que periódicamente se celebra en diferentes lugares del mundo. A estas citas acuden numerosos seguidores de las doctrinas de dos gurús colombianos ya fallecidos, Samael Aun Weor (Víctor Manuel Gómez Rodríguez) y su esposa Litelantes (de nombre de pila, Arnolda Garro Mora de Gómez), gran sacerdotisa y «estrella del dragón». Ayer, en el juzgado, declararon tres de estos seguidores, todos extranjeros, al igual que la acusada (de doble nacionalidad chilena y alemana) y su marido (de origen venezolano), pero ni ellos ni la fiscal del caso ni, por supuesto, la abogada defensora, plantearon cuestión alguna acerca de aquella reunión que era el marco en el que se precipitaron los acontecimientos y la razón de que Marisol, Raúl y Victoria estuviesen en Galicia. Solo uno de los testigos dijo de pasada que estaban por un «congreso de gnosis» y el tema no volvió a relucir en la sala. El propio juzgado instructor, durante la investigación, aparcó la posible influencia de estas creencias en la muerte del bebé, a pesar de que hoy las psiquiatras de Santiago que la atendieron y diagnosticaron tras el crimen han descrito al menos en un par de ocasiones la «idealización delirante con contenido místico religioso» que padece en las fases agudas de su esquizofrenia paranoide.

«La enfermedad decidió por Marisol» en el momento de asfixiar a su hija, ha defendido una de las forenses del Instituto de Medicina Legal de Galicia (Imelga) en el juicio. En esos momentos de crisis, la acusada se vuelve «interpretativa», y además de creer que lee telepáticamente el pensamiento de las personas que la rodean, oye voces e imagina un significado oculto para gestos inocuos del prójimo. Esto le ocurrió un año y pico antes en Alemania, cuando entendió que tenía una misión redentora y debía dejar la casa familiar para viajar a Suiza. Había visto en sus ensoñaciones una cruz, y relacionó ese símbolo con la bandera suiza.

En Santiago, al entrar en la misma espiral delirante, durante la tormentosa discusión que mantuvo con su marido antes del amanecer del domingo, «vio como una amenaza que él se rascase la cabeza», tuvo un miedo que no estaba justificado por la realidad, gritó pidiendo socorro hasta despertar a otros huéspedes del hotel y acabó echándolo de forma violenta y en pijama de la habitación. Pero las consecuencias irreparables vinieron luego, pasadas las siete de la tarde del día que siguió a aquella agitada madrugada, el 31 de agosto.

Raúl asistía a misa en la catedral y Marisol tomaba algo en la cafetería del hotel con el matrimonio del cuarto aledaño. Esta pareja también criaba un hijo. Un bebé de un año que en un momento dado tocó con su índice un ojo de Victoria. La acusada, en el momento más agudo de su fase «interpretativa», entendió que esa era la señal. Que el niño era la encarnación del bien y su hija, la del mal, y que se estaba librando una batalla. Entonces, oyó una «voz telepática» que la apremiaba a acabar con la vida de la chiquilla «antes de cumplir un año» para «salvar el mundo». Tras esto, como premio, según declaró al romper su silencio el primer día de juicio, sería recogida «por una nave espacial» para viajar a «Sirius, el planeta donde viven los cristos» que murieron por la humanidad. La ensoñación «místico religiosa» no deja de estar presente.

Eran las siete y veinte cuando, tal y como registraron las cámaras de seguridad del pasillo, Marisol Fabiola entró tirando del carrito de su bebé en la habitación 709. La cría lloraba y sus acompañantes en el bar pensaban que se iba apresurada a darle de comer. Efectivamente, le dio de mamar para que se durmiese, le puso el chupete y después la asfixió presionando con sus dedos el cuello blando y diminuto. Los forenses apenas apreciaron marcas, aunque hay una compatible con la presión ejercida por el pulgar. Después creó en torno al cadáver un extraño mausoleo. La tapó con una manta y una sábana blanca del hotel y fijó las telas con dos pequeñas piedras igualmente blancas e irregulares, veteadas en negro, que esta mañana han sido exhibidas como pruebas. La testigo que se encontró el cuerpo describió que una estaba colocada por encima de la zona de la cabeza y otra, bajo los pies de la víctima.

«Es posible asfixiar a un bebé sin dejar ninguna lesión», ha explicado al jurado popular uno de los dos médicos del Imelga que se hicieron cargo del trabajo. Marisol ha llorado con la primera foto expuesta, la de la cría desnuda, tirada sobre una alfombra del hotel después de que los servicios sanitarios intentasen reanimarla sin lograrlo y certificasen su muerte. Pero se ha mantenido firme, sin desviar la mirada de la pantalla, cuando se sucedieron las crudas imágenes siguientes, correspondientes a la autopsia de una pequeña que acababa de cumplir el medio año. Era una niña muy morena de tez, en esto y en otros rasgos mucho más parecida a Raúl que a Marisol, de piel clara.

En aquella bronca disputa nocturna que se prolongó horas y en la que el marido planteó la necesidad de hacer la prueba de paternidad, Marisol, según declaró ayer, también le echó en cara la presencia en el congreso gnóstico de una mujer que había sido pareja de él: «Me sentí celosa», reconoció. Todos los ingredientes se mezclaban en aquella enferma psicótica que fue encadenando pensamientos y acciones «desorganizadas» desde última hora del sábado 30, cuando tal y como recoge la cámara del pasillo, sale con las maletas y el bebé y, según se comprobó, llegó al aeropuerto de Lavacolla con la idea fija de tomar un vuelo y regresar a Alemania. De allí tuvo que volver en taxi poco más de una hora después, ya acompañada de su marido, que fue a recogerla, porque no tenía dinero para pagar el avión.

De nuevo, pasado un rato en aquella misma noche, otra vez aparece en la pantalla del hotel. Sale con una mochila, sin vestir de los pies a la cintura. Luego regresa, ya tapada con algo que llevaba en la bolsa. Cuenta que ha ido a la farmacia. Y ya en torno a las siete, de nuevo discuten, lanza un zapato a su cónyuge, y este marcha en ropa de cama. En el vídeo se ve a alguna gente que sale de las habitaciones alarmada por el ruido.

Estas idas y venidas que quedan reflejadas en la grabación que supervisó la policía son el preludio in crescendo de ese estallido en el que Marisol mata «sabiendo que mata pero sin poder dejar de hacerlo». Las psicólogas que han declarado hoy no tienen duda de que la acusada «no finge» ni fingió en ningún momento la enfermedad. Y que no miente tampoco en ninguno de los episodios narrados. Sea o no sea realidad algún capítulo, tanto el de la voz que le anuncia el advenimiento de una nave desde Sirius como la escena de la supuesta violación que sí pudo ser en Stuttgart, ella lo percibió así y así lo cree.

No obstante, hoy el jurado popular ha planteado sus dudas acerca de la veracidad de esta historia del vagabundo, desconocida hasta ayer. Y ha preguntado también si la prueba de ADN que pidió el marido de Marisol pudiera haber sido el detonante del crimen. Mañana, el juez presidente del tribunal, Alejandro Morán, entregará el objeto del veredicto para que los jurados empiecen a deliberar, y solo deberán responder a dos cuestiones. La primera, ya confesada ayer por la acusada, si Marisol Fabiola S.M. mató a su hija asfixiándola. La segunda, aproximadamente, si lo hizo impulsada por una enfermedad mental, la esquizofrenia paranoide, que anuló por completo su capacidad de entender y querer. Basándose en estas dos premisas, la fiscal Arancha San José pide 25 años de internamiento en un psiquiátrico penitenciario. La abogada defensora, Begoña Trillo, reclama unas medidas de control con consultas y medicación que no conlleven el confinamiento. «Medicada», ha afirmado, «es una persona que puede realizar su vida».

Marisol, una mujer de 35 años, quiso aprovechar su última palabra y habló ahogada en todo ese llanto que más o menos contuvo con entereza durante el juicio. «Yo tengo una enfermeadad que me quitó lo que más amaba, que era mi hija», dijo mirando al tribunal, «me quitó a mi niña hermosa, me quitó a mi marido y ahora me va a quitar 25 años de mi vida». «Amaba y amo a mi hija. Quiero saber dónde está enterrada. Si la voy a poder ir a ver y llevarle una flor… La extraño mucho, no pasa un día que no piense en ella. Sueño que la cuido, que le doy de comer, que la paseo… No sé qué voy a hacer de mi vida sin mi hija».