La Nación (Argentina), 28.01.2011

No fuman, no beben, no toman café ni té y destinan a la iglesia el 10% de sus ingresos mensuales. Pese a reglas tan exigentes, los Santos de los Ultimos Días son cada vez más y extienden su imperio financiero con el éxito de una multinacional. Cuestionados por los teólogos y rechazados por otras religiones, los mormones siguen creyendo en su destino divino. El 25 de diciembre celebraron el 75º aniversario de su llegada a la Argentina.

Clove Reina, Marta y Wilfred Nikel, están vestidos de un blanco deslumbrante. Ellas lucen camisones hasta el tobillo, y él, un traje de gabardina blanca ligeramente apretado en la cintura. Son miembros de la La iglesia de los Santos de los Ultimos Dias y deben usar esa prenda sagrada para ingresar al edificio gris que se levanta sobre un descampado al costado de la autopista Richieri, a minutos del aeropuerto internacional. Allí funciona el único templo que este movimiento norteamericano posee en la Argentina y al que ningún mortal ajeno a sus filas puede acceder, ni aún vistiendo esas ropas reglamentarias. Puertas adentro, en las habitaciones climatizadas y lujosamente decoradas, hombres y mujeres bautizados en la fe intentan conseguir la eternidad. Las cosas han cambiado bastante para ellos. Aquello que hace 170 años fue catalogado como una secta de orígenes oscuros ha sentado bases en lugares tan improbables como Ezeiza, Helsinki o Tokio y se ha convertido en uno de los grupos religiosos más ricos y de más rapido crecimiento, incluso, ha llegado a expandirse más que cualquier otra fe en la historia de los Estados Unidos. Las estadísticas indican que, tras la Segunda Guerra, sus feligreses se multiplicaron diez veces. Los seguidores activos alcanzan, a la fecha, un total de once millones. En Sudamérica, por ejemplo, existen cerca de tres millones y según Rodney Stark -profesor de sociología y religión de la Universidad de Washington- los denominados mormones o Santos de los Ultimos días podrían aumentar la cifra a 265 millones dentro de 80 años y ocupar asi el segundo lugar después de los católicos romanos, lo que -siempre según Stark-, podría transformarlos “en la primera fe importante que apareció en la tierra desde que el profeta Mahoma surgió en el desierto”. Pero, ¿cómo una doctrina nacida la sombra de un árbol en Nueva York ha conseguido reunir tantos acólitos en poco tiempo, aún cuando éstos deben someterse a exigencias tan especiales como no fumar, comer poca carne, no beber, ni tomar café ni té y “pagarle al Señor” una cuota mensual equivalente al 10% de los ingresos?”Esta no es una iglesia para flojos” dice Jay Jensen, quinta generación de mormones, nacido en Utah, padre de seis hijos y actual presidente de la iglesia en América Latina. En principio, las apariencias no indican lo contrario. Aunque la dieta más bien parece la de un club de macrobióticos, resulta estimulante para quienes están convencidos de que son el camino seguro para obtener un asiento en el Paraíso, o mejor dicho en Sión, la nueva Jerusalén, sitio en el que según las profecías mormonas se producirá la segunda llegada del Redentor. Pero más acá de esa ambición divina hay varias razones pedestres que ayudan al éxito. Básicamente porque a diferencia de otras iglesias, la mormona ha desarrollado una poderosa maquinaria inspirada en las bases del celebrado sueño norteamericano que vende salud, progreso y unidad familar. Y ese producto unido a un mensaje redentor y a un agresivo programa proselitista, ha resultado infalible a la hora de echar raíces en 155 paises, y especialmente en sociedades conservadoras y del tercer mundo. En rigor, según los resultados de los censos sanitarios de los Estados Unidos, esta empresa religiosa al menos les mejora la calidad de vida a sus devotos, en el sentido de que tan estrictas prohibiciones han generado una comunidad de rozagantes longevos. Las estadísticas dicen que los Santos -denominación que no presupone santidad alguna; es una abreviatura- viven 10 años más que el resto de la especie. Y tienen menos posibilidades de contraer enfermades circulatorias, desórdenes cardíacos y cáncer.

Pero alcanzar el prestigio que hoy gozan no les ha resultado tarea sencilla. Luego de una saga sangrienta -al principio fueron perseguidos y asesinados- los seguidores de José Smith acamparon en el valle del lago Salado, al pie de las montañas rocosas del estado de Utah, y levantaron una base de operaciones allí donde las aguas eran seis veces más saladas que el océano y las tierras, incapaces de dar pasto. En Salt Lake City los índices de desempleo y violencia son los más bajos de los Estados Unidos. Y si bien la población estable ahora es un 50% mormona (antes lo era en su totalidad), sigue siendo algo así como la meca para quienes deciden vivir según las revelaciones que Jesús le hizo a un adolescente en 1830.

En el centro de capacitación de Ezeiza, frente al templo, cerca de 60 jóvenes aprenden a explicar la doctrina en pocas palabras y sin aburrir. La mayoría tiene 18 años. Algunos todavía llevan aparatos de ortodoncia y el acné salpicándoles la barbilla. Los varones usan camiseta escotada en v bajo la camisa y las chicas ropas discretísimas. Una placa negra con sus nombres grabados en blanco y prendida al pecho los distingue apenas les abren una de las miles de puertas que a diario golpean en todo el planeta. Pese a ser la fórmula de la expansión, los misioneros mormones son el último eslabón de una cadena que comienza en la figura de Jesús -a quien consideran la cabeza la iglesia- y sigue en el profeta presidente, una especie de delegado en la tierra que recibe sus instrucciones para guiar al resto de los fieles. Gordon B. Hinckley, nonagenario y decimoquinto en ocupar el máximo puesto, maneja los hilos de una estructura burocrática bastante parecida al organigrama de cualquier compañía internacional, solo que ninguno de estos ejecutivos cobra sueldo, pues el clero, casi obligatorio, no es profesional. Dentro de la organización, todos los miembros activos son llamados a cumplir con una tarea. Y se espera que acepten, sea cual fuere su destino. En la escala jerárquica dos consejeros secundan a Hinckley, junto con un quórum de doce apóstoles, dos quórum de setenta autoridades cada uno y un obispado encargado de atender las cuestiones terrenales, es decir, administrar los vastos recursos económicos que poseen en los cinco continentes o áreas, como denominan a los asentamientos fuera de las fronteras norteamericanas. Dentro de cada área hay regiones y misiones. Las regiones están formadas por estacas, y las misiones por distritos. A su vez, las congregaciones dentro de las estacas son llamadas barrios o ramas, y están dirigidas por un obispo y dos consejeros encargados de velar por los feligreses. En la Argentina hay alrededor de 294.225 bautizados, cifra relativamente baja en comparación con los países vecinos donde el movimiento se propagó enseguida luego de su fundación, el 25 de diciembre de 1925, bajo los sauces llorones del parque Tres de Febrero -donde hoy los paseadores sueltan jaurías de mascotas-. Según Jansen, no ha sido fácil predicar en esta tierra de inmigrantes europeos los contenidos de El libro del Mormón, lectura básica que resume los cuestionados fundamentos teológicos traducidos en 1830 por José Smith- el patriarca- y que los mormones han defendido con vehemencia. Creen que en 1823, bajo una arboleda de Manchester, un granjero de 14 años desorientado por las creencias en boga recibió la visita de dos personajes a quienes reconoció como Dios y su hijo Jesucristo. Luego de sugerirle que no adhiriera a ninguna doctrina establecida, ambos le propusieron que fuera el instrumento para restaurar la iglesia que Cristo había instalado originalmente sobre la tierra y que se había perdido en la oscuridad de los tiempos. En años posteriores a esa visión, un ángel llamado Moroni habría visitado a Smith y le ordenándole buscar en las montañas unas planchas de oro con el contenido de la historia de las civilizaciones americanas que existieron entre los años 2200 a.C y 420 de nuestra era, incluyendo una narración del ministerio de Jesús en el continente después de la resurreción. El joven escarbó afanosamente entre las rocas y rescató las benditas planchas. Las tradujo al inglés con el título El Libro del Mormón, en honor a Mormón, el historiador que guardó esos registros entre las montañas. Con sus ahorros pagó la impresión de varios ejemplares y el 6 de abril de 1830 instauró la Iglesia de los Santos de los Ultimos días apoyado en un grupo de incondicionales. Desde entonces esperan que Sión, la nueva Jerusalén, sea edificada en el continente americano, y guardan la secreta esperanza de que eso ocurra en Salt Lake City donde ya cuentan con una infraestructura cinco estrellas de lo más parecida al paraíso. Por todo esto, Smith fue atacado en 1844 por una turba enfurecida y asesinado de un balazo. Sus detractores les han cuestionado la pertenencia cristiana, han calificado la epopeya como una fantasía y al libro, como una ficción mal copiada de la versión bíblica del Rey Jaime. Dicen que no hay evidencias arqueológicas ni vestigio alguno de que Israel haya existido en América, aunque ciertos eruditos mormones prefieren establecer vínculos fundacionales con la antigua cultura maya. Pero de todos modos -y pese a que las famosas planchas de oro nunca fueron exhibidas puesto que ” el ángel Moroni se las llevó”- sus propias estadísticas alegan que el número de conversos supera en dos tercios al de nacidos en la iglesia, y eso que ostentan los índices de natalidad más altos. Para tan ambicioso proyecto entrenan un ejército de 60.000 misioneros que luego peregrinan durante dos años hasta en el último rincón del planeta (menos en Cuba), y con probada efectividad: en 1999 consiguieron 306.000 conversiones. En la Argentina son destinados casi 1000 de esos jovencitos. La mayoría son norteamericanos, así es que aterrizar en sociedades tan diferentes y recitar la gesta mormona en otro idioma a veces resulta un safari. Aunque fue un hecho aislado, según los líderes de la iglesia, pocos años atrás en Bolivia dos misioneros acusados de “responder a intereses norteamericanos” murieron como su profeta: asesinados.

“Para mí es la iglesia de Jesucristo, no la iglesia norteamericana”, responde Carlos Aguirre, mientras saca de su portafolios El libro del Mormón, las Doctrinas y Convenios y La perla del gran precio, tres lecturas de cabecera de un mormón ejemplar. Aguirre ocupa un cargo administrativo en las oficinas que la iglesia tiene en Palermo Viejo. En la recepción alfombrada hay cuadros con imágenes bíblicas, flores y fieles abanicándose con papelitos mientras hacen cola frente a una ventanilla. Unos ejemplares de la revista Liahona -el house organ que se edita en varios idiomas- muestran el interior de sus fastuosos espacios de adoración, decorados con detalles que recuerdan la atmósfera de los hoteles de las Vegas: abunda la marquetería dorada en las paredes y en los muebles, arañas de cristal y paredes cubiertas hasta el techo con pinturas de bosques donde pacen ciervos y pasean flamencos mientras los cielos se abren como párpados pesados. Los feligreses defienden su identidad cultural sin renegar de la visión nortemericana acerca del mundo y las cosas. Por ejemplo, en cuanto a los rigurosos contenidos del Código de Salud o Palabra de Sabiduría donde el profeta Smith le recomendó a su rebaño comer sano, no caer en vicios e higienizar seguido el cuerpo. En ese sentido -más bien en todos- los Santos consideran a su ascendiente todo un adelantado. A mediados de 1840, los acólitos se reunían en una habitación cerrada, donde fumaban y escupían el tabaco en el suelo. Harto de aspirar el humo, decidió consultarle a Jesús. Para su satisfacción, éste le habría revelado que el cigarrillo y sustancias adictivas como el acohol, el té y el café eran definitivamente dañinas para la salud. Esas revelaciones adquirieron carácter de mandamiento, y los mormones que las cuestionen o critiquen corren el riesgo de ser excomulgados. Sin embargo, tales reglas domésticas fueron insignificantes para el gobierno de los Estados Unidos, que en 1890 les exigió revisar otros códigos morales menos inocuos que el de las infusiones calientes. Cuando la práctica de la poligamia les fue ordenada cual principio divino, durante años los hombres acataron sin chistar la orden de casarse con cuantas mujeres quisieran, tal como lo hizo el sucesor de Smith, Brigham Young, que llegó a tener 17 esposas y 56 hijos que mantener. Pero deseaban conseguir para Utah la condición legal de estado, así que el profeta de turno, Wildorf Woodruff, tuvo una revelación acorde con las necesidades del momento y acabó de un plumazo con el hábito poligámico que les había deparado el descrédito nacional. Y en 1978, luego de desembarcar en Africa y América del Sur, Spencer Kimball, otro profeta, decidió otorgar el sacerdocio (la licencia para actuar en nombre de Dios y por ejemplo, bautizar) a los negros, quienes nunca antes pudieron escalar hasta esa posición. En 1995, la iglesia decidió terminar con las “malas interpretaciones” acerca de su poligamia y su racismo, recurriendo a los servicios de una agencia internacional de Relaciones Públicas que, sin mucho estudiarlo, diseñó un logotipo acentuando la palabra Jesús y destacando así su importancia dentro de la teología mormona. “En 1920 éramos conocidos como la iglesia de la poligamia. Entre las décadas del 40 y el 60 nos hicimos famosos por el Coro del Tabernáculo, y en los años 80 éramos los promotores de la familia. Entonces nos preguntaron cómo queríamos ser reconocidos -explica Jensen-. Como la iglesia de Jesucristo, dijeron los apóstoles.” Con esa consigna, las cabezas de la organización concentraron sus energías en atender sólo los asuntos espirituales de la comunidad. Aunque en realidad, desde que establecieron como mandamiento el pago del diezmo, proclamado por Abrahán en el Génesis, las millonarias arcas de la iglesia siguen siendo el asunto que mejor custodian los líderes. Y han demostrado tener un ojo magnífico para las finanzas. Una extraordinaria disciplina empresaria, única en los movimientos religiosos, la ha convertido en la expresión más acabada del libre comercio. Los balances y las cifras son secretos, pero los trascendidos ofrecen un panorama asombroso de los dominios del imperio que manejan en Salt Lake City. En un artículo titulado Mormon America: The Power and The Promise, (El poder y la promesa), el periodista Richard Ostling estimó una fortuna cercana a los 35.000 millones de dólares, e ingresos mensuales de 6000 millones, de los cuales al menos cinco mil provienen de las contribuciones individuales. Sus inversiones y bienes comerciales alcanzan varios rubros: son propietarios de bancos, (Zion´s Bank), de una cadena de supermercados (Bishop´s Storehouse, o El almacén del obispo), hospitales, plantas industriales, tierras de cultivo, granjas, inversiones en la bolsa y un multimedio con doce emisoras radiales, dos cadenas de televisión y un diario. También confeccionan su propia ropa interior (marca Behive Clothing, obligatoriamente blanca) y cuentan con una flota de camiones para unir los centros asistenciales en los Estados Unidos. A esto se suman inmuebles de categoría, construidos con materiales de primer nivel, porque “el Señor así lo merece”: 6000 capillas y 100 templos en todo el mundo, cuyo costo supera los cinco millones de dólares. En la Argentina sólo hay 482 capillas cuyo valor ronda los 600.000 dólares cada una. Por año construyen alrededor de 15 nuevos edificios, y reparan o amplían otros 40. Su última adquisición fue la Main street, una calle céntrica de Salt Lake City.

Matilde y Rubén Tidei conforman un modelo de familia. Nacieron en Bahía Blanca, pero desde que fueron llamados a ocupar la presidencia de la misión Buenos Aires Oeste, viven en una casona de Acassuso -propiedad de la iglesia- con sus tres hijos y el perro. Durante tres años deberán velar por 120 jóvenes misioneros rigurosamente adoctrinados por sus padres, aunque vulnerables como cualquier individuo a fumar un cigarrilo, tomar una gaseosa u hojear a escondidas una revista pornográfica, pecados contemporáneos que desvelan a los líderes de la iglesia. Sin embargo, y pese a tener dos adolescentes propios que cuidar -uno con banda de rock y peinado con reflejos rubios-, los Tidei consideran su destino como una recompensa del cielo que los ayuda a mitigar la espera. Ellos perdieron tres hijos. Pero creen en la vida eterna y piensan encontrarlos en el más allá, un lugar lejano que imaginan dividido en tres estamentos bien diferenciados. Si cumplen a pie juntillas con los preceptos eclesiásticos de la tierra irán al reino celestial, donde vivirán para siempre con Jesús y los parientes bautizados. En cambio, si traicionan a la iglesia y a sus enseñanzas enfrentarán el castigo eterno. Quienes se alejaron de la fe tienen la oportunidad de conseguir un lugarcito en el reino “Telestial”, algo así como la mesa de saldos de una tienda elegante. Merecer el mejor cielo implica hacer sacrificios, por eso trabajan sin descanso. Y por las dudas, para allanar el camino redentor, se bautizan y bautizan también -en la intención- a los antepasados que murieron no creyentes, mediante los mismos rituales de inmersión que realizan en cómodas piscinas especialmente diseñadas en el interior de las capillas. Ese afán por escrutar su linaje y alcanzar la eternidad los impulsó a hurgar hasta en el último registro público del planeta. En 1958, para guardar el material recogido luego de semejante investigación, perforaron una montaña de granito en Salt Lake City y montaron en su interior la biblioteca genealógica más grande del mundo, donde guardan los registros microfilmados con el nombre de 5000 millones de individuos. Los túneles equipados con puertas blindadas protegen al millón de rollos, de 33 metros de largo, que contienen entre 1300 y 2000 páginas con apellidos, fechas de nacimiento, bautismo, actas de casamiento o defunción de tíos, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, etcétera. Antes de que los archivos fueran vedados al público -se comprobó que las partículas de tierra arruinan las películas- recibían más de 2700 consultas semanales, y no todas de mormones. Esta contribución a los no creyentes se inscribe dentro de los principios de autosuficiencia revelados por Smith, que siguen tan vigentes como en sus épocas: las familias deben acumular provisiones para abastecerse durante un año y asistir a los vecinos no devotos por si se desatan guerras o hambrunas. Y tanto temen una hecatombe que hasta las amas de casa reciben instrucciones sobre cómo envasar, deshidratar y congelar comida en el freezer. Este mecanismo de asistencia tiene su filial en Salt Lake City, en unos almacenes enormes donde una cuadrilla de empleados clasifica, embala y recicla centenares de ropas usadas, zapatos, medicinas, electrodomésticos y otros desperdicios de la sociedad moderna que luego donan a los países emergentes, como Etiopía, adonde enviaron doce millones de dólares en ayuda humanitaria. Pero la solidaridad empieza por casa. Además de la Sociedad de socorros, fundada en 1842, por Ema Smith -el único espacio donde las mujeres pueden tomar decisiones colectivas- auxilian a sus pobres con programas de empleos y asistencia económica. Y también moral, por si la desesperación los hace débiles. “Yo les enseño principios correctos y ellos se gobiernan a sí mismos”, dijo Smith cuando una vez le preguntaron cómo hacía para controlar a una comunidad tan grande. No estaba errado porque, dentro de su plan de salvación, esos principios han dado frutos. Ya no son perseguidos, sino, por el contrario, respetados por su defensa de la familia y de la moral. Y mientras otros insisten en negar su linaje cristiano, las sucursales del imperio mormón siguen abriéndose en cada esquina de la tierra. Esperan alcanzar el paraíso que, sin dudas, está lejos de aquí.