El Confidencial (España), Ángel Villarino, 2.09.2019

Con 32 años, se llamaba Borja García Perona, ganaba 120.000 euros al año como jefe de gabinete del director general de Endesa en Chile, se peinaba a raya y tenía a su servicio a un chofer las 24 horas del día. Con 41 años, se llama Namdev y vive en una choza de madera en una de las comarcas más pobres y aisladas de Portugal. A la vista hay una botella de agua, un flexo solar, un retrato de su maestro, dos mudas de ropa y unos prismáticos. “Para las estrellas”, dice. El resto de sus escasas pertenencias está debajo de la cama, metido en mochilas. Dispone de medio cubo de agua diario para lavarse y afirma que es “infinitamente más feliz” de lo que ha sido nunca. “¿Una locura? Lo que sería una locura es volver a mi vida anterior”, ataja.

Namdev abandonó de la noche a la mañana su vertiginoso ascenso profesional y lleva desde el verano de 2015 en Monte Sahaja, una comunidad espiritual (‘ashram’, según la tradición hinduista) que cuenta con miles de seguidores por el mundo. El movimiento gira en torno a Mooji Baba, gurú jamaicano con rastas y barba de sabio oriental —aquí puede leerse su biografia oficial— que, después de peregrinar por medio planeta, se instaló en el Alentejo en 2011 con un puñado de fieles. Compraron una finca yerma entre los montes. Ocho años después, el terreno es un vergel de lagunas y estanques con peces de colores, palmeras y eucaliptos, flores de loto y plantas aromáticas.

La comunidad tiene una población estable de unas 200 personas (procedentes de 53 países distintos) y capacidad para recibir al triple cuando organizan retiros o encuentros. Se come tres veces al día en silencio, sin abrir la boca más que para deglutir los alimentos, en un recinto con ventanales abiertos a la naturaleza donde se sirve un bufé elaborado por el equipo de cocina. Los platos se lavan ahorrando agua con el sistema de los tres barreños, una actividad de la que se ocupa otro equipo. El engranaje de la colmena funciona básicamente así: grupos de trabajo en los que cada miembro tiene un rol definido. En cuatro años, por ejemplo, Namdev ha pasado ya por el equipo de electricistas, por el de construcción y por el financiero, que actualmente dirige desde una pequeña oficina situada en San Martino de Amoreiras, el pueblo más cercano a la comuna.

A mitad de la entrevista, un petirrojo se posa sobre la mesa. Namdev centra su atención en el pájaro, que tarda un buen rato en irse. Después cierra los ojos y prosigue la conversación sin terminar de abrirlos. “Cuando estaba en Endesa, me reunía todas las semanas con gente que gana muchísimo dinero. Los miraba a la cara y veía mucha tristeza. Es gente que estaba todo el día en un avión, con problemas de estómago o de ansiedad y con una inteligencia emocional mínima. No recuerdo a nadie a mi alrededor siendo feliz. Pasaban el día esforzándose, iracundos, enfadados… Y yo me preguntaba todos los días si había alguna posibilidad de convertirme en la única persona feliz de aquel lugar”.

Chetan cuenta una historia parecida: una carrera fulgurante a una edad muy temprana y un nudo en el estómago permanente. Con 26 años, cuando todavía se llamaba Yared Hsellassie, fue ascendido con categoría de socio en una gestora de fondos de inversión de Washington DC (Sands Capital Management). El último año que pasó allí ingresó 250.000 dólares con un contrato que blindaba su progresión. “Si hubiese seguido, estaría ganado varios múltiplos de esa cifra. Era un fondo en el que manejábamos dinero de gente ultrarrica. Cuando llegué, éramos 50 personas y movíamos 20.000 millones. Cuando me fui, éramos 100 personas y movíamos 45.000 millones”.

Chetan afirma que su vida giraba entonces en torno al trabajo, el estatus social y el dinero. “Tenía un sentimiento de insatisfacción constante, con pequeños paréntesis de éxito (…) Me aterraba la idea de convertirme en una adicto a ese estilo de vida. Al final decidí marcharme sin más, sin ningún plan alternativo. En mi trabajo no lo entendían porque nadie en su sano juicio dejaría eso (…) Recuerdo la tarde en que abandoné mi apartamento. Me sentí inmensamente aliviado, como si me hubiese deshecho por fin de una carga insoportable”.

Namdev creció en una familia acomodada de Madrid, pero Chetan es hijo de migrantes etíopes que se trasladaron a Estados Unidos cuando era todavía un niño. “En mi familia, todo el mundo estaba atento a mi educación, a que me fuesen bien las cosas. Para ellos fue difícil de entender mi postura, aunque acabaron apoyándome”, recuerda. En Monte Sahaja ha desempeñado varios trabajos físicos y ahora está al frente del equipo legal.

La comunidad cubre las necesidades básicas de sus miembros y huéspedes al mismo tiempo que se expande, de manera que nunca faltan cosas que hacer. En Endesa, Borja entraba a las 7:30 y salía a las 22:30. Namdev hay temporadas en las que también acaba echando 15 horas. “Lo que marca la diferencia entre mi vieja y mi nueva vida no creo que sea el tiempo que paso haciendo algo. La diferencia es que lo que hago aquí no me pesa en absoluto. Las cosas surgen espontáneamente, no están planificadas, y no lo vivo como una carga o como una obligación. No hay un motor puramente racional organizando cada minuto de mi día”.

Aunque hay grifos para beber y lavarse repartidos por las colinas, las letrinas de Monte Sahaja no tienen agua. Los retretes están construidos sobre agujeros negros y las heces se cubren con serrín, a tientas. Después, los residuos se convierten en abono orgánico mediante un proceso escalonado que se utiliza en países en desarrollo y algunas ecoaldeas. La mayoría de sus habitantes duermen en tiendas de campaña, pero también disponen de varios dormitorios compartidos, cabañas individuales y otros edificios comunitarios y de trabajo, incluyendo una serrería y una carpintería, una sauna, dos cafeterías, dos tiendas, una biblioteca, una estatua de Buda, una capilla cristiana y un templo hindú (de Shiva), además de un centro de reunión donde se cantan mantras, se hace yoga, se medita en grupo o se ven vídeos con las enseñanzas de Mooji y otros gurús. El inglés es el idioma oficioso de la comuna.

Shree, Suzanne Montenegro en su vida anterior, fue una de las primeras en llegar y hoy es la directora general de la organización. Programadora, crecida en una familia del Manhattan opulento y estudiante en una facultad de la Ivy League, mira hacia atrás sin resentimiento. “Disfruté mucho mi vida de éxito, de los viajes por todo el mundo en ‘business’, de los cruceros, del desafío de mi trabajo, de mis coches, de mi preciosa casa. No reniego de ello, ni creo que el dinero sea algo malo. Lo que creo es que no es un ingrediente necesario para ser feliz”, dice.

Shree llegó al mundo de la espiritualidad buscando la palabra ‘iluminación’ en Google y acabó entrando en contacto con Mooji durante un viaje a la India. Después, sirvió a su ‘sangha’ (comunidad) a distancia, compaginándolo con su trabajo y su actividad como cooperante en un colegio de un barrio difícil de Filadelfia. “Un día, en la India, iba en la moto con uno de los miembros de la comunidad y le comenté que me tenía que volver al día siguiente a Estados Unidos. El conductor, muchos años más joven que yo, me preguntó que qué pasaría si no volvía. Eso me impactó. Le di muchas vueltas hasta que comprendí que en realidad no iba a pasar nada importante si lo dejaba todo para siempre”.

Shree dice que uno de los problemas del estilo de vida que estaba llevando en Nueva York era “el enorme precio psicológico” que hay que pagar para mantenerlo. “Ahora también estoy todo el día haciendo cosas. Me gusta trabajar duro, pero aquí la vida es muy simple y las cosas se hacen por el gusto de hacerlas. Cuando estás en Sahaja, te encargas de resolver problemas porque es necesario hacerlo, porque van surgiendo, y esa sencillez te hace muy feliz”, insiste.

Tras abandonar su trabajo en Endesa, Namdev intentó crear su propia empresa con un amigo —una ‘startup’ de gestión musical—. Luego probó a establecerse como ‘coach’ en Madrid. Entre medias, floreció su vocación por la espiritualidad, la meditación y los retiros en comunidad. Chetan llegó al mismo punto después de pasar un tiempo dando vueltas por África como mochilero, sin saber muy bien lo que andaba buscando. Dice que en esa etapa tuvo varias experiencias que abrieron su apetito místico. “Cuando trabajaba, mi mente era solo racional. Después fui abriéndome a través de experiencias. Tuve un accidente de tren en mitad de África. Quedé cubierto de sangre y sin un hospital cerca. Y de golpe me sentí completamente feliz por primera vez en mucho tiempo. No podía parar de reír mientras me cosían la herida. Sentí que estaba por fin vivo”.

Visitar Monte Sahaja sin invitación no es sencillo. Quedarse a vivir es realmente complicado. La comunidad, en constante expansión, no puede absorber a todos los que querrían quedarse y se protege de “falsas vocaciones”. Una de las más frecuentes, al parecer, es la de quienes creen que están en una comunidad de sexo libre como otras que existen por la zona. Tampoco se toleran las drogas. Ni siquiera se puede fumar tabaco fuera de un pequeño recinto habilitado para ello frente al comedor, una medida que se justifica por el riesgo de incendios. Los niños pueden pasar el día, pero no pueden pernoctar. Y los escasos miembros de la comuna que tienen descendencia duermen en los pueblos de alrededor y suben en un microbús que hace el trayecto a Monte Sahaja varias veces al día.

Anjali no tiene hijos, pero ha preferido alquilar una casa en el pueblo. Antes se llamaba Paula Magnus y trabajaba en la empresa de su padre, una gran compañía tecnológica de Porto Alegre (Brasil). Entró en contacto con el mundo de los ‘ashram’ y lo dejó todo para irse a vivir a una comunidad de su país. Allí conoció a un hombre con el que se casó y, juntos, montaron una granja, en la que posteriormente abrieron un restaurante. A los pocos años tenían decenas de críticas elogiosas en la prensa y era imposible conseguir mesa con menos de dos meses de antelación. “Era una vida muy, muy bonita y un proyecto precioso. Creía que había alcanzado la libertad. Luego mi marido murió y todo se vino abajo. De esa experiencia aprendí que los apegos son ilusiones, que la sensación de libertad que había experimentado no era real, estaba condicionada”. En junio de 2014, llegó a Monte Sahaja con su nueva pareja y allí siguen.

La comunidad se financia gracias a las contribuciones de los propios habitantes, a encuentros espirituales (en un ‘camping’ cercano, Zmar, donde juntan a 900 personas; o en actos en teatros y carpas donde el aforo puede llegar a triplicarse), a donaciones y a la venta de ‘merchandising’ sobre Mooji. Uno de los equipos más importante es precisamente el de Comunicación, donde se editan, transcriben y traducen a varios idiomas las enseñanzas del ‘maestro’. Un grupo de asistentes se encarga de grabar sus palabras en cualquier contexto para convertirlas en vídeos, cedés, libros o contenido para las páginas web del movimiento espiritual. El gurú vive dentro de la comunidad, en una pequeña casa de madera.

Sin ejercer una gerencia terrenal, la mayoría de las ampliaciones de Sahaja están inspiradas o guiadas por Mooji. “Un día, estaba regando con una manguera y empezó a mojar a todo el que pasaba. La gente se paraba porque hacía mucho calor y era muy agradable”, comenta Namdev para explicar la gestación de una de las zonas de meditación más concurridas en verano, la llamada ‘shower of grace’: un sistema de riego sobre una estructura en mitad de un camino, que se activa tres veces al día para meditar bajo una placentera llovizna. El equivalente en invierno es la sauna, que se activa una vez a la semana en dos turnos: uno para las mujeres y otro para los hombres. “Es muy necesario, porque aquí no hay calefacción y la humedad se mete en los huesos. En invierno, el frío es duro”.

Monte Sahaja atrae a muchas personas que están buscando reorientar sus vidas después de un proceso de combustión personal y profesional. Acuden para participar en alguno de los encuentros espirituales o de visita. Es el caso de la periodista Mar Cabra, exempleada del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ) y una de las coordinadoras de los Papeles de Panamá. Mar llevaba desde 2015 decidida a parar su ritmo de vida. Después de un proceso que describe como “muy doloroso emocionalmente”, lo hizo a finales de 2017, pocos meses después de acudir a la entrega de los premios Pulitzer. “Recuerdo estar en lo más alto de mi carrera profesional. Salía en televisión, viajaba de un lado a otro del mundo dando conferencias, recogía premios… Todo el mundo me felicitaba por Twitter. Pero luego llegaba a casa y no tenía nada en la nevera, ni nadie con quien hablar. Me sentía muy sola, el vacío de mi vida se multiplicaba por siete con el choque (…) Escucho ‘pulitzer’ y siento más pesar que felicidad”.

Mar abandonó el ICIJ y renunció a buscar otro trabajo. Ahora vive cerca de Almería, en un apartamento junto al mar, a 50 minutos del ‘ashram’ Soul Garden, enclavado en el desierto de Tabernas y dirigido por un gurú alemán (Andreas Windisch). Acude allí a menudo a meditar y para participar en retiros, aunque no ha dado el paso de irse a vivir. “A mí siempre me ha ido todo muy bien, incluso excesivamente bien. Desde que era niña sacaba las mejores notas. Iba como un cohete en todo y había llegado a lo más alto con solo 33 años… Pero eso no me hacía feliz”.

En el ‘ashram’, insiste, ha conseguido encontrar esa pieza que le faltaba. “Me siento superbien estando en calma y ahora disfruto mucho del silencio en mi día a día. Cuando al principio se lo contaba a mis amigos de toda la vida no se lo creían, pero ahora ven a una Mar diferente, más serena. Allí me he reencontrado con mi verdadero yo. Y entonces la pregunta es: ¿quién era esa Mar que salía en la tele, la extrovertida que no paraba de hablar y hacer cosas? ¿Quién era esa persona que no soy yo?”.