Diario de Sevilla, David Ruíz, 26.06.2009

Durante años fue uno de los delanteros más prolíficos y reputados del balompié brasileño. Pero un buen día decidió compartir su vida con Dios y poner su granito de arena para hacer de nuestro planeta un lugar mejor y más habitable.

“Jesucristo es el único que puede dar la verdadera felicidad a toda la gente. El mundo está en crisis. La guerra ha destrozado países como Iraq y Afganistán, y dividido Oriente de Occidente. Cada día que pasa es más evidente que el mundo precisa de un líder. Cuando todos los políticos, presidentes de gobierno y mandatarios reconozcan que sólo Jesucristo es la solución para todos los problemas, podrá cambiar el mundo, aunque las guerras no se acabarán nunca desgraciadamente”.

Luis Antonio Correa da Costa, más conocido como Müller (Campo Grande, 31 de enero de 1966), es tan directo y sagaz en el púlpito como lo era su gambeta sobre el césped. El ex delantero de Sao Paulo, Cruzeiro, Torino, Kashiwa Reysol, Palmeiras, Perugia, Santos, Corinthians, Sao Caetano, Tupí, Portuguesa e Ipatinga, donde colgó las botas en 2004, se las ingenia para compaginar su trabajo como dirigente del modesto Santo André -recién ascendido a la primera división- con su labor de predicador, que descubrió hace doce años cuando jugaba para los de Belo Horizonte. “Lo importante es saber dividir el momento profesional y el espiritual. La Biblia dice que hay tiempo para todas las cosas. El lunes es mi día libre y tengo culto. También los jueves. A veces los domingos, después de los partidos del Santo André. El resto de los días se los dedico al club, donde ahora hay más trabajo que nunca con el ascenso”, comenta Müller.

Comenzó su labor de predicador en la iglesia de la avenida Silviano Brandao, la morada belorizontina de los Evangelistas Pentecostales de Portas Abertas, una secta derivada de la iglesia católica que aglutina a más del 30% de los brasileños y a la que pertenece el ex extremo internacional desde que era un chaval. Durante la recta final de su brillante carrera, que le llevó a disputar tres Mundiales (86, 90 y 94) y a levantar en el último de ellos la copa como campeón, compatibilizó los entrenamientos y los partidos con los sermones. “Son dos actividades distintas, bastante difíciles ambas, pero tal vez resulte más complicada la espiritual, porque tienes que luchar contra los poderes malignos, como el diablo, además de aprender constantemente la palabra de Dios. En el campo, en cambio, tenía que luchar contra otros hombres, que como tú quieren ganar. Es una lucha en igualdad de condiciones”, afirma.

Aun así, el hombre que hizo sufrir a Maldini en la final de la Copa Intercontinental de 1992 que el gran Sao Paulo dirigido por Telé Santana le ganó al todopoderoso Milan de Sacchi está convencido de que la fe le ayudó a ser mejor jugador. “Cuando una persona está bien con Dios, todo va bien en su vida. La familia, el trabajo, consigo mismo… Indudablemente, ayuda mucho en la vertiente profesional, aunque eso no significa que fuera a ganar todos los partidos yo solo (risas)”.

Müller está tan comprometido con su labor religiosa que no es extraño ver a alguno de los jugadores del Santo André acudir a la iglesia donde él se cita con sus fieles. “Tres o cuatro chicos son de mi religión, así que suelen venir a los cultos, pero nunca comentamos las cosas de la iglesia en el club. Sobre Dios y lo que hace para salvar al mundo hablamos sólo en la iglesia. Ellos ya están acostumbrados a ver sus milagros, los poderes sobrenaturales que Jesús muestra en la iglesia”, asegura.

El que fuera internacional en 56 ocasiones con Brasil es pura locuacidad cuando explica cómo es su trabajo sobre el púlpito: “En realidad no soy yo quien habla. Dios lo hace a través de mí. Durante los cultos, que suelen durar unas tres horas, la intensidad espiritual va subiendo a cada minuto. Yo aparezco en el púlpito una vez comenzada la ceremonia. No se trata de una simple misa, sino de un culto de adoración a Dios. Durante el culto hablo sin parar, gesticulo, salto, me mezclo entre la gente, les pido que expongan en voz alta sus problemas, así entre todos podemos aportar y buscar soluciones”.

Sus sensaciones, confiesa, están muy por encima de las que pudo experimentar sobre un terreno de juego. “La satisfacción es muy grande porque estoy haciendo algo que Dios puso en mi corazón. Él me dio una sabiduría y una responsabilidad muy grande por tener que impartir su palabra a mil o dos mil personas en cada culto”.

“Hay muchas religiones en el mundo, millones, pero el verdadero camino, el verdadero evangelio de Jesucristo no es para los ricos, no es de felicidad, sino de dificultad, de llorar, por las desigualdades. Pero no importa, porque Dios va a ganar para nosotros. Él nunca perderá una batalla y logrará nuestra salvación”, apostilla.