Huffington Post (Estados Unidos), Lara Joan (pseudónimo), 26.09.2020

“Jesucristo volverá a lo largo de la siguiente década, recuerda mis palabras”, me dijo mi padre en 1998 al salir de misa, cuando yo tenía seis años.

Personalmente, me decepcionó, pero no dije nada. Si el Juicio Final era tan inminente, jamás aprendería a conducir. Me sentí culpable al instante, ya que, según el Salmo 139, Dios sabe lo que voy a decir antes de que la palabra llegue a mi boca.

Tenía sentido, porque dios era omnipresente. Durante 21 años, me lo creí a pies juntillas.

Dentro de mi casa, ahí estaba Él. Había objetos y simbología cristiana en todas las habitaciones. Versículos de la Biblia escritos a mano en la pared, cruces de paja colgadas con clavos, y hasta un póster encima del retrete que rezaba: “Dios es el mismo ayer, hoy y siempre”.

Dentro de nuestro coche, ahí estaba Él. Nuestro Honda era una herramienta de adoctrinamiento. La guantera estaba atestada de cintas de casete con los salmos grabados y con descripciones milimétricas del infierno. Todos quienes rechazaban a Cristo, advertía el narrador, serían “arrojados a los hornos, donde solo tendrían el lloro y el crujir de dientes por siempre”.

En el colegio, ahí estaba Él. En el crucifijo de madera colgado de la pared del vestíbulo y vigilando durante la comida, que siempre empezaba con la bendición de la mesa y acababa con una oración. El director del colegio se ponía al piano y cantaba con entusiasmo en honor de Dios.

En vacaciones, ahí estaba Él. Pasábamos los veranos en retiros cristianos rodeados de familias de fe e ideología similar a la nuestra, de las que temían a Dios, oraban en lenguas y sanaban a los enfermos. Mi vida era una cámara de eco de la cristiandad. Mi padre creía en la literalidad de la Creación en 6 días, en los gigantes de la Biblia y en la teoría terraplanista. Interpretaba la Biblia al pie de la letra y creía que la Tierra tenía cuatro esquinas con un ángel guardián en cada una porque el libro del Apocalipsis así lo narra.

Me educaron para sospechar de todo aquel que pensara diferente, y eso incluye a la NASA (infieles que rechazan a Dios y buscan respuestas en el espacio exterior), a los profesores de ciencias e incluso al estudio cinematográfico Universal Pictures. No tiene mucho misterio por qué mi padre consideraba blasfema a esta compañía: simplemente, introduce todas sus películas con un vídeo del globo terráqueo. Vivíamos en una pequeña ciudad costera y a menudo hacíamos caminatas de oración en familia por la playa, donde el horizonte se veía perfectamente plano. De paso, mi padre aprovechaba para enfatizar esta rectitud como prueba irrefutable del terraplanismo. Yo, a tan corta edad, solo podía asentir y creérmelo.

También defendía la idea del Dios de fuego y azufre del Viejo Testamento (a diferencia de otros cristianos más flexibles que se muestran apologéticos, como si estuvieran disculpando a un abuelo irritable.

Mi padre creía que el 90% de la población mundial iba a ir al infierno, de modo que hacía todo lo posible para que mis hermanos y yo estuviéramos en el 10% correcto. Teníamos que vencer a Satán, el padre de la mentira, que desviaba a los hijos de Dios con sus artimañas. Una de estas artimañas era plantar fósiles de dinosaurio para hacer creer a la humanidad en la herejía de la evolución. Estábamos inmersos en una batalla cósmica entre el bien y el mal. Era petrificante y, al mismo tiempo, emocionante.

Por eso, yo predicaba la Buena Nueva del Reino de Dios a todos quienes estaban dispuestos a escuchar, una labor que no me resultaba fácil por mi naturaleza introvertida. La gente normalmente se reía de mis creencias, lo que no hacía sino reforzar mi fe. Al fin y al cabo, la Biblia predice que los impíos se burlarán de la verdad. A menudo me pregunto cómo he podido creer en estas cosas durante tanto tiempo. Creo que se debe a tres factores:

Para empezar, mis primeros años en el colegio los pasé en un entorno en el que realidad y Biblia eran indistinguibles. Los milagros de Jesucristo eran tan reales como mi cepillo de dientes. Según la Iglesia de Inglaterra, el 64% de los cristianos practicantes son cristianos de cuna. Lo puedo asegurar desde mi experiencia: el adoctrinamiento funciona.

En segundo lugar, en mi casa los medios de comunicación generales estaban vetados, y películas como Harry Potter eran “una abominación para Dios”. Así pues, en mi casa veíamos el canal religioso God TV y algún programa de dibujos moralmente íntegro como Veggie Tales. Solo fuimos una vez al cine en 1999 para ver El príncipe de Egipto, basada en el libro del Éxodo.

Por último, estaba el miedo de que me condenaran al ostracismo. Todas las personas a las que quería eran firmes creyentes, además de figuras de autoridad (padres, curas y profesores) que sabían más que yo.

De adolescente, empecé a notar las incongruencias de mi fe con el mundo exterior. Tuve que hacer malabares mentales y leer multitud de líbros y páginas cristianas para racionalizar esas incongruencias, pero no resistí mucho. En el fondo, siempre había dudado. Recuerdo las miradas de incredulidad de algunos de mis profesores de secundaria, pero mi miedo al infierno siempre prevalecía.

Cuando cumplí 21, mi fe se terminó de descoser. Estaba trabajando en un campamento de verano en Canadá y los jóvenes inscritos eran casi todos judíos que creían de forma ferviente en su Dios. Eran personas bondadosas, amaban al prójimo y no me entraba en la cabeza que tuvieran que ir al infierno por haber nacido en otra religión.

Así pues, estudié Apología cristiana para aprender a defender el cristianismo con argumentos racionales, pero me acabé encontrando con más aspectos problemáticos en mi fe, como las contradicciones entre los evangelios, la falta de pruebas arqueológicas y la fuerte influencia de la mitología griega en la Biblia.

Cuando volví a casa, confesé mis dudas en mi parroquia y me trataron como a una hereje. Dolió más de lo que soy capaz de describir, ya que eran mi segunda familia. Me fui de allí y viajé a Sudamérica, donde aprendí español y busqué nuevas respuestas y perspectivas. No llegué a encontrarlas. Ahora que soy agnóstica, no me perturba ser consciente de que jamás encontraré respuestas.

En momentos críticos, como cuando un coche se acerca a mí a toda velocidad, rezo instintivamente mientras corro, aunque ya no creo que haya una entidad superior escuchándome. También, cuando tengo ansiedad, me pongo a recitar versículos de la Biblia por costumbre, una herencia de mi vida anterior.

No lamento mi crianza. Me hizo enamorarme de la literatura y de la música y me dotó de un profundo conocimiento de la cultura judeocristiana. De hecho, el mundo secular podría sacar provecho de la importancia de la introspección y del sentido de comunidad para aprender a descansar en esta vida frenética.

Mi padre me sigue invitando a ir a la Iglesia con la esperanza de que vuelva al buen camino. A veces sigo asistiendo de forma pasiva. Ya no necesito un salvador y esa verdad me ha hecho libre.