La Vanguardia (España), John W. Wilkinson, 4.10.2020

Es probable que la Historia con mayúsculas contiene más bulos que los que se cuelgan una tarde cualquiera en Facebook, Twitter o Instagram. Es decir, mogollón. Mas un vez identificados como tal, lo difícil en ambos casos es desmentirlos, como queda patente cada vez que un historiador se atreve a poner en entredicho, con todas las pruebas que se quiera, la veracidad universalmente aceptada de, por ejemplo, un episodio concreto o hasta la naturaleza de una creencia o rito que durante siglos se atribuía, sin cuestionarlo, a alguna de las civilizaciones de la Antigüedad.

Sabemos al menos desde Tucídedes que no es tarea fácil para el historiador dotar su trabajo con la necesaria dosis de imparcialidad requerida para evitar que se ponga en duda su credibilidad. Ha habido a los largo de los siglos y hasta el día de hoy historiadores que tenían -o tienen- más de fabuladores que otra cosa, máxime si estaban -o están- a sueldo de un príncipe, un tirano o una ideología. Tal es el caso de la existencia (o no) de la prostitución sagrada.

En 2009, la historiadora Stephanie Budin publicó The Myth of Sacred Prostitución in Antiquity (Cambridge University Press), que de inmediato levantó ampollas entre sus colegas del ramo. ¿Cómo se atrevía a tratar de mito lo que todo el mundo daba por un hecho histórico como la copa de un pino? Para mayor escarnio, su planteamiento no era del agrado de ciertos círculos feministas partidarios del empoderamiento de las mujeres.

Se ha venido creyendo que la prostitución sagrada -también conocida como del templo o religiosa- era un rito de fertilidad o, en todo caso, de carácter simbólico, practicado en Babilonia y otras civilizaciones, que obligaba a cada mujer a ‘yacer con algún desconocido al menos una vez en la vida’. Pero no se hacia gratis, sino a cambio de una moneda de plata. Los encuentros se producían en el templo de Ishtar (Afrodita). Luego de la cópula, una vez depositaba la moneda en el cepillo, la mujer ya podía irse a casa, satisfecha por haber cumplido con su servicio espiritual a la diosa.

Eso sí, la mujer no podía rechazar al hombre que le ofrecía la moneda de plata, en cambio los hombres podían elegir libremente con quién querían acostarse. Por esta razón, una mujer fea o malhecha podía pasar años encerrada en el templo antes de poder cumplir con su deber y así recobrar su libertad.

Pues bien, según la tesis de Budin todo esto no son más que majaderías. ¿En que se basaba para desmentir de forma tan tajante lo que se tenía por un hecho histórico? Pues algo tan sencillo como consultar y reinterpretar las escasas fuentes originales. Y concluyó que la prostitución sagrada no pasa de ‘constructo literario’. Afirma que al describir Heródoto este rito babilónico, lo que pretendía era emplear una metáfora de la conquista de Babilonia por los persas: la violación de las mujeres de los vencidos por los vencedores. En todo caso, Heródoto presentaba el supuesto rito babilónico como una inversión de las costumbres helenas.

De modo que, a partir de su origen meramente retórico, la existencia de una u otra forma de prostitución sagrada fue tomada por historiadores (en su inmensa mayoría varones) al pie de la letra, cuando lo cierto es que no era más que un recurso empleado para denigrar culturas foráneas, como con frecuencia se ha hecho a lo largo de la historia con acusaciones infundadas de la práctica de canibalismo o sacrificios humanos. Budin nos advierte de lo fácil que resulta que ‘se haga viral’ un mito erudito: ¿quién no quiere creer que había puticlubs en Babilonia?