Público (España), Israel Sanmartín*, 31.03.2020

*Profesor del Departamento de Historia de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Santiago de Compostela y autor del libro ‘El debate historiográfico sobre el fin de la historia de Francis Fukuyama’, Peter Lang, Oxford, 2020.

La crisis pandémica provocada por el coronavirus SARS-CoV-2 ha llevado a muchos comentaristas a buscar precedentes de la situación en nuestro pasado. Los estudiosos han alumbrado todo tipo de comparaciones. Primero se han centrado en la llamada “gripe española” de 1918, pero finalmente han acabado consensuando como referente principal la peste negra del siglo XIV, que es un acontecimiento que los historiadores relacionan con la crisis bajomedieval. En ese vínculo se preguntan si la pandemia es un síntoma de la crisis o si por el contrario es la causa de la misma. La respuesta no es sencilla. La muerte, el colapso económico y el contagio se constituyeron como elementos reales de una situación de cambio social general donde los miedos colectivos y las creencias supersticiosas dominaron la sociedad y fundamentaron un sentimiento de profecías, de fin del mundo y de apocalipsis. Esta narrativa de dolor y de colapso es la que enlaza aquella sociedad cristiana donde se mezclaba lo real y lo imaginario con el presente, aunque éste ofrece un mundo perfectamente formateado por lo científico y lo racional.  Pero en él, ¿hay espacio para las creencias?, ¿circulan las supersticiones, las profecías y los miedos?, ¿dónde colocamos a las ideologías en esas circunstancias? Tenemos, pues, un escenario apocalíptico con dos situaciones de pandemia engarzadas por la incertidumbre ante un presente amputado y un futuro incierto. No es nada nuevo. Este es un ambiente compartido por algunas situaciones en la historia. Veamos tres.

Antes de la peste bubónica tuvimos en Europa otro episodio que generó numerosos relatos finalistas. El germen de la psicosis fue un cóctel entre lo literario y lo teológico. El apocalipsis de San Juan hablaba de la liberación del diablo después de mil años y de la segunda venida de Cristo, que llevaría a su reinado y al Juicio Final. Las contabilidades bíblicas se mezclaron con la cronología temporal y el año mil explosionó como una época de terrores y temores colectivos ante el fin del mundo. Este milenarismo es negado por buena parte de la historiografía, quienes no ven pruebas efectivas de que todo eso sucediera. Sólo algunos cronistas de la época considerados como fabuladores e intrigantes, como Raúl Glaber o Ademar de Chabannes, rompieron lo que se ha denominado “el silencio de los monjes” ante la inminencia del fin de los tiempos. Ambos escritores medievales sostuvieron que alrededor del año mil murieron grandes personajes, que se sucedieron eclipses y lluvias de estrellas premonitorios, y que acontecieron grandes catástrofes naturales. La peste y el hambre provocaron que incluso hubiera antropofagia. Sucedieran o no, los llamados “terrores del año mil” han pasado a ser uno de los grandes miedos colectivos de la historia con el quiliasmo como horizonte.

Sin salirnos de lo medieval, pero en los Reinos Hispánicos del siglo XV nos encontramos en el convulso reinado de Juan II. Catalina de Lancaster ejercía la tutela del rey menor de edad en una monarquía debilitada. Ésta sufría los embates de “banderías” nobiliarias y la presencia desconcertante de “privados” como Álvaro de Luna. El hambre de 1413, el terremoto de 1431 y esa gran inestabilidad política propiciaron la aparición y circulación de textos apocalípticos.Vicente Ferrer, Íñigo López de Mendoza o Juan de Rocatallada son algunos ejemplos. Este último revolvió el franciscanismo con el joaquinismo en la Francia del siglo XIV. Tratado como hereje por sus revelaciones finalistas, escribió desde la cárcel textos entre los que destaca un breve manual para sobrevivir al apocalipsis. Se trataba del Vade Mecum in Tribulacione, que circuló fluidamente en la Europa del momento. Encontramos hasta once traducciones en idiomas diferentes, entre las que se encuentran tres en castellano y una en catalán. El texto se modernizó en la península para ser utilizado un siglo después, en la época de Juan II. El pequeño opúsculo contenía un recetario para superar la incertidumbre de un futuro apocalíptico provocado por la corrupción de gobernantes y eclesiásticos. Rocatallada anunciaba grandes pestes, muertes, hambres y la aparición de Anticristos y gusanos gigantes.  El autor no se autodefinía como un profeta sino como un descubridor de los secretos de los textos.

Muchos años después, el año 1989 fue una fecha de cambios. Cayó el muro de Berlín y se inició un proceso transicional acuñado por algunos como de “terciopelo”, que llevó a la desaparición del llamado “socialismo real” o “comunismo”. Fue un acontecimiento fundamentalmente ideológico,que dio ovillo a que un brillante asesor del Departamento de Estado perteneciente a la administración Bush compusiera una teoría de estirpe “kojeviano-straussiana” denominada “el fin de la Historia”. Según ella, 1989 suponía el “final ideológico de la humanidad” representado en el triunfo de la democracia liberal. Este hecho, sin embargo, no significaba el agotamiento de los acontecimientos, que continuarían tranquilamente su marchamo. La tesis comenzó siendo una reflexión estrictamente académica propia del contexto intelectual de Washington DC, donde surgen a menudo “piezas” para discutir cómo se debe pensar el mundo. Gracias a su difusión mediática y a su oportunidad, se convirtió en la idea de moda. Así, provocó en pocos meses el kantiano”fin de todas las cosas”. Podíamos leer sobre el fin de la naturaleza, acerca del fin del latín, del fin del marxismo, del fin del socialismo o del fin de la historia como disciplina. Todos esos “fines” llevaron a la constatación del cierre de una época, que algunos “sieteciencias” aprovecharon para certificar como un “apocalipsis”socialista.

Hemos apelado a tres interpretaciones apocalípticas. Una literaria, otra política y una última ideológica. Las tres basadas en acontecimientos reales distorsionadas en hechos especulativos que fomentaron creencias sociales, miedos y pánicos. Los tres apocalipsis desordenaron el tiempo y manipularon el futuro en base a sus  intereses. Sin embargo,  lo que los une es que no hubo el tan ansiado fin, porque nunca sucede. El final siempre es aplazado porque no es más que un síntoma de un momento de crisis y de tribulación. Los apocalipsis siempre surgen en épocas de dificultades y mutaciones.

La pandemia actual también la podemos arrimar en esta triada de situaciones. Y, por supuesto, no será ningún apocalipsis aunque algunos relatos parecen arrumbarlo a ese destino. Quizá porque viene envuelto en el marco de una crisis económica aún no resuelta y en la debilidad de un país dedicado a construir apocalipsis políticos escenificados en anticristos de derecha, de izquierda y nacionalistas. La pandemia de 2020 es un acontecimiento global que se inserta en una crisis nacional que se empeña en agarrarse a relatos escatológicos. El coronavirus es un hecho real pero también un conjunto de creencias individuales y colectivas (el contagio, el origen, el confinamiento, la crisis o el futuro), y un hecho intelectual escenificado en la búsqueda de textos que lo anunciaron, en interpretaciones de futuro para intentar construir soluciones que lleven, según cada perspectiva, a un país más socialista, más liberal o que propicie un “desatado” de España. Pero, más allá de esto, ¿qué reflexiones podemos apuntar?

a) Cada “apocalipsis” no deja de ser más que “saliva en rama” al servicio de su presente y de los avatares políticos, ideológicos e intelectuales del momento. Son relatos teleológicos donde conocemos el resultado por anticipado según un plan previo que nunca se cumple. Eso lleva a reflexionar sobre su significado pero no sobre su sentido.
b) Los apocalipsis intentan desordenar la relación pasado/presente/futuro, vendiendo el presente como futuro, el pasado como presente o congelando el presente y el futuro. Si recuperamos ese orden tripartito, abrimos el presente hacia el futuro porque el pasado sólo es efectivo cuando se coloca como proyección hacia un futuro.
c) Los apocalipsis no se pueden imponer a la sucesión de los acontecimientos. No existen los fines prefijados en la historia donde se anulan los hechos. Por tanto, la historia no es un relato inmutable desapegado de lo que acontece a diario. No hay un único proceso llamado historia sino varios, los cuales no tienen un organizador fijo. Se construyen diariamente con la participación de los individuos, de la acción política común, de los movimientos sociales, de los azares, de las catástrofes, de las naciones y de los Estados entre muchos otros agentes.
d) En estos sistemas de pensamiento finalistas conviene tener en cuenta el análisis dialógico, donde funcionan elementos de lo real y de lo imaginario en contradicción. La realidad en estos contextos está conformada por un hecho fehaciente pero también por creencias imaginarias que se incrustan en lo real en forma de mitologemas, como conspiraciones, arcadias felices, mesías o fines del mundo. Además, podemos localizar un “tercer lugar” donde cohabita lo real y lo imaginario. En ese”enlonchado” tripartito es muy difícil trabajar porque la realidad encuentra en lo convulso y lo contradictorio su razón de ser y la plenitud de su sentido.

Tenemos por tanto una serie de apocalipsis creados con un lenguaje finalista, con argumentos escatológicos, y con elementos proféticos y parenéticos. En esas exégesis debemos tener en cuenta que lo real de la infección son los muertos, los enfermos y las consecuencias (sobre todo económicas y sociales) de todo ello. En otro plano tenemos las creencias, profecías, conspiraciones y pensamientos proyectados sobre un futuro al servicio de unas ideas. Y, por supuesto, atesoramos los textos que quedarán sobre la carúncula de todo ello, que pueden ser simples “McGuffins” para reemplazar lo real por lo imaginario. Esto nos lleva a concluir que no estamos ante un apocalipsis. Al contrario, nos encontramos ante una narrativa finalista que pertenece tanto a un género literario como a una corriente de pensamiento, y que trata de modelar nuestro comportamiento y paralizarnos. Ahí, cada lector y cada sociedad escrutarán interpretaciones que dotarán de un sentido a la realidad. En esa tarea vamos en un tren conducido de manera inestable por nuestros sentimientos sobre raíles de ansiedad y un miriñaque de acero. El objetivo es una llanura de libertad. Cuando lleguemos a ella, celebraremos entre serrín y cáscaras de mejillón que la humanidad se crece ante los obstáculos, que todas las aseveraciones que no se pueden probar son “mañaneos” inútiles, y que el aire ha dado vuelta para darnos un poco de magia y esperanza.