InfoBAE (Argentina), 12.10.2019

Creía en las ciencias duras y lo sublevaban las creencias y los ritos esotéricos, hasta la noche en que todo cambió

Hippolyte Léon Denizard Rivail decidió cambiar su nombre por Allan Kardec cuando trasnformó su vida y sus creencias

Mientras él, Hippolyte Léon Denizard Rivail , nacido el 3 de octubre de 1804 en Lyon, Francia, podía escribir en su ficha –sin mentir ni exagerar– sus títulos de traductor, profesor, filósofo, escritor y continuador de la obra del gran educador suizo Johann Heinrich Pestalozzi, París se embelesaba con la última de las supercherías en boga.

En ciertas casas particulares, en penumbra, todos en rueda y tomados de la mano, se invocaba a los espíritus…

Pero en un teatro se superaba esa marca: sobre el escenario, tres o cuatro mesas hablaban, respondían preguntas, y se identificaban como mensajeras de los vivos y los muertos…

“Lo que faltaba”, pensó. Porque ya había tenido bastante con la moda del mesmerismo, doctrina del magnetismo animal, supuesto agente terapéutico cuyo padre fue el médico alemán Franz Mesmer (1733-1815).

Pero cierto día de 1854, un amigo, monsieur Fortier, le susurró:

–Créame, las mesas giran, hablan, y responden preguntas.

Rival se enfureció. Inscripto en el racionalismo y el positivismo, su fe en la ciencia era tan poderosa como su desprecio hacia toda forma de esoterismo.

Pero Fortier no se rindió: lo abombó durante meses con espíritus, espiritistas, médiums –los dotados de capacidad innata para hablar con los muertos y transmitir sus designios–, y no paró hasta arrastrarlo al teatro en cuestión para que viera la danza y el discurso de las mesas móviles y parlantes…

Fue peor. Como testigo de ese absurdo show, se convirtió en un ardoroso enemigo y militante “contra esa ridiculez, esa trampa, ese engaño para idiotas”, como proclamaba día y noche.

Pero le llegó otro emisario: monsieur Carlotti, que lo miró fijo y le auguró:

–Llegará el día en que usted será uno de los nuestros…

En mayo de 1855 –Rivail era ya un cincuentón de ideas firmes–, la insistencia del tal Carlotti pudo más, y lo llevó una noche a la casa de una sonámbula, madame Roger, para asistir a una sesión de espiritismo . Se había negado tenazmente, pero lo convenció el alto nivel de otro invitado, monsieur Pâtier, funcionario público, de edad madura, muy instruido, y de carácter insospechable de ceder ante una farsa.

“El libro de los espíritus”, la obra de Kardec que todavía sigue siendo un éxito de ventas, 162 años después de su publicación.

Fue su primera vez. Vio que la mesa redonda giraba, saltaba, se elevaba sobre las cabezas. Vio y leyó escritura supuestamente mediúmnica en una pizarra. Se fue, perplejo. Y poco después empezó su asombrosa metamorfosis.

Escribió en su diario: “Mis ideas están muy lejos de ese suceso, pero vislumbré en esas aparentes futilidades, en esa especie de juego preparado de antemano, algo serio: la revelación de una nueva ley. Y me propuse estudiarla en profundidad ”.

Por supuesto, le llovieron oportunidades. Cuando el cazador logra una presa, quiere más…

Decididos a ganarlo para su causa, la médium madame De Plainemaison y la familia Baudin lograron que Rivail, todavía indeciso, se sumara a las sesiones semanales, y no tardó en confesar en su diario: “Ya me resulta difícil negar que, de modo evidente, hay en esas reuniones la intervención de una inteligencia extraña”.

Y él, continuador de Pestalozzi, políglota (dominaba latín, griego, alemán, inglés, holandés), traductor de clásicos franceses, fundador de escuelas, profesor de química, física, anatomía, astronomía, y autor de libros didácticos…, cambió su nombre. Fue, desde ese momento y para siempre, Allan Kardec.

¿Por qué ese seudónimo? Porque Rivail se convenció de ser la encarnación de un Allan Kardec que perteneció a los druidas en tiempos de Julio César , 2.400 años antes. Según unos, hechiceros y brujos; según otros, filósofos y teólogos que actuaron en Gran Bretaña, Irlanda, y parte de España, Francia e Italia. Y según parece, personajes de extrema crueldad…

Sin embargo, aun faltaba la última etapa de la transformación. Su obra magna y biblia espiritista: El Libro de los Espíritus , aparecido el 18 de abril de 1857 con este prólogo del mismo Kardec: “Los espíritus anuncian que los tiempos designados por la providencia para una manifestación universal han llegado ya, y que siendo ministros de Dios y agentes de su voluntad, su misión es la de instruir e ilustrar a los hombres, abriendo una nueva era a la regeneración de la humanidad. Este libro es la recopilación de su enseñanza ”.

Nada menos…

La primera edición se agotó en una semana. Fue un asalto a las librerías. En vida de Allan Kardec –murió en París el 31de marzo de 1869, a sus 64 años, de aneurisma cerebral–, la fiebre por su libro consumió… ¡dieciséis ediciones más! , regadas por media Europa.

Entre 1857 y 1862, sumido en una especie de éxtasis y abandonados su racionalismo y su positivismo, escribió otros trece libros girando sobre la misma piedra de la noria. Y llegó a clasificar a los espíritus en superiores e inferiores, y entre ellos, malvados, rebeldes, errantes, vulgares, mentirosos, que usurpan nombres venerados: Sócrates, Julio César, Carlomagno, Fenelón, Napoleón, Washington…

Como era de esperar, empezaron a soplar vientos adversos, sobre todo a partir de su libro El Evangelio según el Espiritismo , que puso de cabeza a la Iglesia Católica, y en 1864 condenó la obra de Kardec al Índex (lista de libros prohibidos), con eco en la Inquisición de Barcelona: 300 ejemplares ardieron en la hoguera…

Y no fue el único enemigo. Exaltados vecinos de París, católicos y viendo en Kardec poco menos que a Satán, apedrearon su casa , la flanquearon con antorchas, obligaron a su mujer (Amelie Gabrielle Boudet) y a sus hijas a huir y buscar refugio en otra ciudad, y lo acorralaron hasta el punto recibir comida gracias a la bondad (y al riesgo) de algunos vecinos.

La tumba de Kardec en el cementerio parisino de Pere Lachaise, siempre rodeada de flores (shutterstock)

Esa danza macabra de cartas anónimas, traiciones de amigos, insultos, difamación, mereció piedad por parte de Anna Blackwell , muy cercana a él y traductora de algunas de sus obras al inglés.

En su defensa escribió: “Allan Kardec era de mediana estatura. Tenía complexión robusta, cabeza amplia, redonda, firme, con facciones bien marcadas y ojos grises claros, pareciendo más un alemán que un francés. Era enérgico y perseverante, pero de temperamento tranquilo, cauteloso y realista –casi hasta la frialdad–, incrédulo por naturaleza y por educación, razonador lógico, preciso y práctico en sus acciones e ideas y acciones. Tomaba distancia del misticismo y del entusiasmo”.

La contracara de lo que ocurrió después…

A casi exactos 150 años de su muerte, su libro-madre sigue siendo editado en más de medio planeta: incalculables millones de ejemplares que no faltan en la cabecera de todo fiel espiritista.

Su féretro fue seguido por mil doscientas personas hasta el cementerio de Montmartre –el más antiguo de París–, donde otras tantas almas lo esperaban. Entre los discursos de despedida brilló el de Camille Flammarion, el sabio astrónomo francés. Pero aun habría otro destino: el 29 de marzo de 1870, exhumados sus restos, pasaron al célebre Pére Lachaise. Dos días después, un grupo de espíritas instalaron un dolmen funerario in memoriam: simple, de líneas puras, construido con bloques de granito que forman una cámara que protege su busto de bronce. En el frontispicio se lee: “Nacer, morir, renacer de nuevo y progresar sin cesar, tal es la ley”.

Una cuestión de fe. Y como toda creencia en la inmortalidad de las almas, un desesperado y esperanzado combate contra la muerte.