El País (España), Ana Alfageme y Antonia Laborde, 29.06.2019

Una noche de agosto de 2015 en un lugar de Indiana, Estados Unidos. Veinte siluetas saltan alrededor de una hoguera. Gritan. Disparan agua con pistolas de plástico y se tiran trozos de tarta. Christopher Dean, un universitario mormón de 23 años, se siente aturdido. No son críos los que se divierten deslizándose sobre unas lonas gigantes mojadas. Son hombres gais desnudos, como él. Tienen prohibido tocarse. Acaban de renacer.

Christopher evoca ahora en Madrid, ante un café cortado, aquellos cuatro días de terapia para dejar de ser homosexual con Brothers Road (El camino de los hermanos), una organización que opera también en México, Israel y Polonia. “Usaban la desnudez para dejar de sexualizar el cuerpo masculino, como para recuperar la inocencia”. Los miembros de aquel grupo solo tenían en común su vinculación a alguna iglesia. “Había jóvenes, viejos, y alguno que había viajado de un país árabe donde la homosexualidad era ilegal”. Terapias como esta, también llamada “de reparación”, son denostadas por la Asociación Mundial de Psiquiatría por su ineficacia y el “daño y efectos adversos” que provocan.

Tales programas buscan traumas infantiles en la causa de la AMS (Atracción por el Mismo Sexo), nunca usan la palabra gay o lesbiana, y tratan de “reforzar la masculinidad”. Como Christopher, casi 700.000 estadounidenses han recibido asistencia para “reconducir” su orientación sexual, la mitad adolescentes, según un estudio de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) de 2018. En España, se han impartido en varias comunidades bajo el amparo del polémico obispo de Alcalá de Henares (Madrid), Juan Antonio Reig Plà. En la web del obispado ofrecen recursos para “curar” la homosexualidad, prácticas castigadas por la ley madrileña con multas de hasta 45.000 euros.

Vox defiende que los padres puedan llevar a sus hijos a esas terapias. Varios de sus cargos (entre ellos la líder en Madrid, Rocío Monasterio) batallan contra las leyes LGTBI autonómicas en la denominada Plataforma por las Libertades. Hasta han recurrido al Defensor del Pueblo. En plena semana reivindicativa del Orgullo, el partido ultra quiere imponer en la Comunidad de Madrid la derogación de varios artículos de la norma regional.

Paralelamente, el mundo legisla contra los homófobos. Solo tres países prohíben las prácticas para convertirse en heterosexual (Malta, Brasil y Ecuador), pero hay varios que, como España o EE UU, las vetan en autonomías o estados. Aragón, Comunidad Valenciana, Andalucía y Madrid, en el caso español. En el norteamericano las castigan 18 estados. De ellos, cuatro (Nueva York, Colorado, Maine y Massachusets) han aprobado normas antiterapias este año y decenas de cámaras legislativas ya tienen proyectos en este sentido. Las asociaciones LGTBI han enfocado sus esfuerzos desde 2014 en hacer que estas leyes se aprueben y han tenido éxito en Estados progresistas; no así en los conservadores, dónde los republicanos se oponen a la prohibición.

La pelea también es judicial. En 2012, cuatro homosexuales de Nueva Jersey presentaron una querella contra Judíos que Ofrecen Nuevas Alternativas de Curación (JONAH, por sus siglas en inglés) apelando a la ley de fraude al consumidor de EE UU, ya que “no consiguieron lo que la terapia prometía”, tras someterse a un tortuoso proceso. Fue la primera vez que la terapia de conversión llegó a un tribunal. El juez sentenció que cualquier compañía que relacione la homosexualidad con un desorden mental está cometiendo un fraude.

El tratamiento aumenta el riesgo de que los menores sufran depresión, ansiedad y pensamientos suicidas, según la Academia Americana de Pediatría. En España, la presidenta de la Federación de Gais, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), Uge Sangil, confía en la aprobación de una ley estatal LGTBI que refleje el texto que han elaborado. “El daño que producen estas terapias es enorme”, dice, “cuando ya lo pasamos mal por la discriminación”.

Christopher, ahora un risueño traductor asentado en Madrid, padece ataques de pánico. No pudo hablar de su experiencia hasta hace poco. “Me cuesta crear relaciones normales, profundas, con un chico”, dice con aire más sombrío, “tengo confusión con mis sentimientos, no sé si lo que siento es amor romántico, amistad o qué. Creo que viene de la terapia”.

Años atrás, vistió la camisa blanca y corbata de los misioneros mormones y estudiaba marketing y filología alemana en Utah. “Fui a la terapia por presión social. Podían echarme”. A través de conocidos, se acercó a Brothers Road y en un fin de semana se sometió al primer programa, Journey to Manhood (Camino a la masculinidad), que se publicita a 650 dólares en su web. “Al principio sentí un subidón, porque estás con gente como tú. Te liberas de toda la ansiedad y la tristeza al poder hablar”. El trauma infantil de Christopher, le dijeron, estaba en la mala relación con su hermano. En los psicodramas simulaba abrazarle para curar su herida. El objetivo, aquellos días, era construir hombres “fuertes y buenos”, recuerda. Una masculinidad autentica, “sí”, observa, “pero de la forma que te decimos nosotros”. Se trataba de “conseguir relaciones normales con hombres heterosexuales”. Las prácticas incluían meterles en una habitación, vigilados. “Nos abrazábamos para sentir el cuerpo del otro”. Lo que no podían evitar los omnipresentes voluntarios, que incluso dormían con ellos, eran las erecciones que venían con las caricias. “Siempre te gustaba alguien. Pero era imposible que pasase algo”.

Los conservadores estadounidenses insisten, al igual que Vox, en que la prohibición de estos programas atenta contra la libertad individual. “Los clientes deben tener la libertad de buscar ayuda para vivir su vida como lo deseen y discutir sus objetivos terapéuticos”, defiende David Pruden, director de la Asociación Nacional para la Investigación y la Terapia de la Homosexualidad (NARTH, por sus siglas en inglés), al que pertenecen los terapeutas que imparten los polémicos cursos.

Después del primer acercamiento, Christopher se enroló en la terapia de Indiana, que comenzó a oscuras, desnudo en una litera, tremendamente incómodo por la necesidad de orinar. Voluntarios también desnudos recorrían los pasillos. “Leían textos sobre la gestación. Luego sonó la grabación de un parto, recuerdo al médico diciendo, ‘empuja, empuja’. Se encendieron las luces y gritaron: ‘Venga, salid, habéis nacido”. Fue cuando se lanzaron al jardín y lo celebraron con pistolas de agua y tarta.

Otro día se organizó una fiesta. Uno a uno, sus compañeros desaparecían. Eso le generó mucho temor. “Los llevaban a encontrarse con mujeres, hermanas o esposas de los que habían pasado por allí”. Ya con ellas, escenificaban a gritos su furia contra las mujeres. Luego ensayaban técnicas de seducción. “Quemábamos fotos de nuestras madres, para acabar con una relación que pudiera ser el origen de nuestra homosexualidad”. El miedo regresó cuando les metieron en una sala oscura. “Nos manchaban con pintura roja en la pierna. Era nuestra herida”.

Christopher siguió enganchado a la organización. Fue de voluntario a Polonia. Pero cada vez se sentía más solo y más culpable por estarlo. Intentó salir con mujeres. “Fue desastroso”. Cuando vino a España, hace dos años y medio, se permitió vivir como gay. Se alejó de la religión. Su padre también. Llegó el vacío que dejaron tantos años unido a los mormones y la ansiedad. A sus 27 años, dice: “Poder contar esto y ayudar a otros es para mí un propósito. Hay que ilegalizar esas terapias”.

¿Y los demás? “Hay de todo. Algunos se casaron. Uno de ellos, con una mujer asexual, lleva una vida gay. Los dos están contentos. Un terapeuta lo abandonó todo y ahora vive con su novio”.

Aversión y “reparación”

“Si ser gay no te define, no tienes por qué serlo”, es el lema de la clínica Tomás de Aquino, en Los Ángeles. El difunto psicólogo Joseph Nicolosi la fundó en 1980 y convirtió la desprestigiada terapia de conversión —famosa por utilizar técnicas de aversión que incluían electroshock— en “terapia de reparación”, bajo el supuesto de que la atracción hacia una persona del mismo sexo es producto de un trauma infantil, y como tal, puede “curarse”.

Su discípulo David Pickup dice haber sufrido abusos sexuales de niño. Según cuenta, esa experiencia derivó en que durante la pubertad se sintiera, sin desearlo, atraído hacia otros hombres. Para eliminar esos sentimientos, el entonces joven creyente acudió a una “terapia de reparación” que, en sus palabras, le salvó la vida y lo ayudó a hacer desaparecer los impulsos homosexuales. Ahora, como psicoterapeuta, ofrece dichos servicios en Texas.

La contraparte, sin caer en el juego semántico, defiende que no hay nada que “reparar” y que, al contrario, estas técnicas dañan de forma muy grave. Un estudio entre jóvenes enviados por sus padres a este tipo de programas, como propugna Vox, halló tasas más altas de depresión, pensamientos suicidas, intentos de suicidio y adicciones, además de baja autoestima.