Magia, sectas y maldiciones: historias de ocultismo en la literatura

By |2018-10-16T14:59:56+00:0010 octubre, 2018|Miscelánea|

INFOBAE (Argentina), Gonzalo León, 10.10.2018

La relación entre ocultismo y literatura puede rastrearse con intensidad a partir del siglo XIX. Como bien señala Rosa Sala Rose en la introducción del Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo, la segunda mitad de ese siglo fue una época propicia para movimientos teosóficos, ariosóficos, satanistas que desembocaron, según ella, en la cosmovisión nazi. Puede que su tesis sea muy arriesgada, pero lo cierto es que no es difícil encontrar escritores fascinados por el ocultismo o determinadas sectas.

El poeta William Blake (1757-1827) perteneció a la Chosen Chief de la Ancient Druid Order y transcurridos años de su muerte la Ecclesia Gnostica Catholica lo declaró santo. Esta última secta era parte, junto a la Aurora Dorada, de la Orden de los Templarios Orientales. Sus primeros líderes fueron Theodor Russ y el poeta Aleister Crowley (1875-1947). En el Diccionario, Sala Rose señala que Crowley describió a la Atlántida como “un infierno habitado por una raza de magos que puebla las montañas y obliga a trabajar hasta morir a unos esclavos de raza inferior”.

Otro poeta que ingresó en una secta fue el poeta dublinés Willam Butler Yeats (1865-1939), quien, como cuenta Matías Battistón en el prólogo de Magia (Interzona, 2018), los escritos sobre ocultismo de Yeats, después de haber fundado muy joven la Sociedad Hermética de Dublín y de renunciar a la Sociedad Teosófica de Madame Blavatsky, ingresó a la Aurora Dorada, donde también participaba Aleister Crowley. La verdad es que el líder de la secta, MacGregor Mathers, que a la sazón era cuñado del filósofo francés Henri Bergson, invitó a ambos poetas a participar.

Sin embargo, lo que pudo haber sido una sociedad literario-metafísica se transformó en una disputa en varios niveles. Crowley, si bien tenía talento para la magia negra y había aprendido rápidamente el uso de las drogas con fines narcomágicos, no se llevaba bien con el resto de la secta. Con Yeats la desconfianza llegó a su punto más elevado, cuando le llevó su libro de poesía, Jephthah, y Yeats demostró poco interés, Crowley entonces interpretó como que él estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para “socavar su creciente poder”.

Lo que debió haber sido una complicidad se convirtió en una conspiración mágica, que “llega a su punto más peligroso cuando Yeats recluta a Althea Gyles, diseñadora gráfica y miembro de la Aurora Dorada, para ayudarlo a perpetrar el magicidio”. Acorralado, Crowley tomó por asalto el templo de Isis-Uranis, que era un departamento de siete habitaciones, y le cambió la cerradura. Al final fue expulsado de la secta, y Yeats declarado Imperator.

No sólo Rosa Sala Rose se ha referido a la presencia del ocultismo en el siglo XIX, también lo ha hecho Glenn Everett, profesor de la Universidad de Tennessee. Él afirma que el espiritualismo, o la creencia de que los muertos se comunican con los vivos, “se puso de moda por toda América y Europa durante la década de 1850”, y esto se debió a que muchos victorianos en Gran Bretaña abandonaron la religión convencional buscando otras creencias a las que aferrarse. En esa época cuando un ya adulto Robert Browning (1812-1889) se enteró de que su esposa, Elizabeth Barrett Browning, adhería al espiritualismo, sufrió una gran consternación. Como bien cuenta Borges, “su mujer era más famosa que él”. De hecho fue ella la que afirmó: “Los escépticos han dicho: ‘Dejadme que vea una mesa moverse y creeré cualquier cosa’. Ahora que la mesa se mueve, toda Europa es testigo”.

G.K. Chesterton escribió una biografía sobre Browning, y durante una época él mismo se acercó al ocultismo, interesándose por la teosofía y teniendo habituales sesiones con la ouija. También Yeats, que fue Premio Nobel de Literatura en 1923, escribió sobre Browning, específicamente sobre Parecelsus, su poema dramático en el que describió cómo la gente del pasado continuaba viviendo en la memoria de la naturaleza, “pensando lo que pensaron y haciendo lo que hicieron”.

Para Yeats, esta memoria “revela hechos o símbolos de siglos remotos. Místicos de muchos países y de muchos siglos han hablado de esta memoria”. El autor dublinés complementa esta apreciación con la que le provoca William Blake, para quien Los era el dios de la imaginación y para quien también existía la memoria de la naturaleza, y las imágenes literarias provenían de allí. Blake dice, según Yeats, “que todos los acontecimientos, ‘todas las historias de amor’, se renuevan a partir de esas imágenes”.

William Butler Yeats observa que en la práctica y en la filosofía “magia” es tanto la “evocación de los espíritus” como “las visiones de aquella verdad que reside en las profundidades de la mente”. Precisamente en Magia relata su iniciación en la Aurora Dorada. Por esa época vivía cerca de Londres y MacGregor Mathers lo invita a él y a un amigo a presenciar una sesión de magia. Este amigo, después de leer una novela de Bulwer Lytton, había quedado tan obsesionado por ella que en ese momento estaba desesperado por creer, además había estudiado geomancia, astrología, quiromancia y simbolismo cabalístico.

La sesión funcionó con Mathers en el papel de evocador de espíritus y Mina Bergson en el papel de vidente. “Llevó a cabo su ritual en un largo salón con una elevación en un extremo, una suerte de tarima, pero con un mobiliario escaso y barato”. El evocador se sentó en la tarima, Yeats y su acompañante en medio del salón y su esposa al medio. Mathers, con un cetro de madera, se dirigió hacia una de las tablas de Enoc, que los miembros de la secta usaban para caer en trance, y repitió una fórmula que parecía un conjuro. Yeats entonces empezó a ver imágenes: “Recuerdo haber visto figuras blancas, y haberme preguntado si la mitra que llevaban en la cabeza habría sido sugerida por la mitra en la cabeza del cetro”.

Yeats vio las vidas pasadas de su acompañante, pero éste no las vio, porque al tratarse de sus propias vidas no tenía permitido verlas. Pero no sólo estaba lo que conseguía ver el Premio Nobel, sino lo que la vidente le iba contando. Llegó su turno y luego de ver un par de visiones, le pareció que más que ser algo en concreto se trataba de “sombras simbólicas de los impulsos que los causaron”. Eran en definitiva “una prueba del poder absoluto de la imaginación, de la capacidad que tenían varias mentes de convertirse en una sola”. Y es que él indagaba en el ocultismo los poderes y alcances de la imaginación, porque, decía, “¿acaso la poesía y la música no surgieron de los sonidos que los hechiceros emitían para ayudar a su imaginación a hechizar…?”. Sin embargo, no todo estaba al servicio de la poesía, ya que con los años se casó con Georgie Hyde-Lees, que era médium.

Obviamente, antes del siglo XIX también hubo escritores vinculados no tanto al ocultismo, pero sí a la metafísica, como el poeta alemán Novalis (1772-1801). En el prólogo de la nueva traducción de su célebre Himnos a la noche (Interzona, 2017), Pablo Gianera lo describe como alguien para quien se había vuelto algo natural contemplar lo más próximo como maravilloso, “y lo extraño, sobrenatural, como algo de todos los días”. El arranque del poema es la muerte de la amada: “Esa pérdida le sugiera a Novalis una aventura poética que es a la vez filosófica, religiosa y musical”. Himnos, en el fondo, es la experiencia de alguien que “respiró el aire de otros mundos”.

Durante el siglo XX hay una línea de continuidad con las épocas pasadas. William S. Burroughs (1914-1997) fue otro escritor que practicó el ocultismo, aunque de un modo menos serio que Yeats y Crowley. Le gustaba tirar maldiciones a otros colegas: Truman Capote fue uno de sus blancos habituales. En una ocasión sentenció: “Tu talento acaba de ser oficialmente anulado”. Pero también le tiró maldiciones a los propios beatniks, que lo habían acogido como uno de los suyos. En vista de que Tánger se había llenado de beatniks lanzó una maldicioncita: “No quiero matarlos, sólo que enfermen un poco”.

El portugués Fernando Pessoa fue bastante particular, ya que demostró ser un gran estudioso tanto de las ciencias ocultas como de la astrología, esto lo llevó a escribirle a Crowley cuando vio las imprecisiones que cometió en su horóscopo personal incluido en sus Confessions. Fue así como se estableció un vínculo de amistad. Pessoa tradujo poemas de Crowley, le ayudó a fingir su suicidio, y pese a compartir su afición por la magia blanca con Yeats, le tuvo animadversión y lo atacó públicamente con uno de sus heterónimos.

El italiano Giulio Evola (1898-1974) fue un artista dadaísta, filósofo y escritor, que también se sintió seducido por la obra de Aleister Crowley. Partidario del esclavismo, la tortura y el nazismo, fue juzgado después de la Segunda Guerra por, como cuenta Rosa Sala Rose, “glorificación del fascismo, aunque no llegó a perder la libertad”, porque estaba paralítico desde 1945. Margarite Yourcenar admiró uno de los libros de Evola. El escritor chileno Miguel Serrano se sintió seducido por él, y en su obra hay mucho de esoterismo y trabajo con los mitos; de hecho, algunos de sus libros sólo pueden entenderse si el lector está iniciado en el tema que abordan. Otros escritores que no se fueron por la línea de Evola o Serrano, pero sí se vieron influenciados por el teosofismo de Madame Blavatsky fueron los Premio Nobel Boris Pasternak y Gabriela Mistral.

En Argentina no son pocos los escritores que han escrito o trabajado con el ocultismo. Leopoldo Lugones publicó los cuentos de Las fuerzas extrañas, donde se verifica el choque entre el discurso científico y el no científico interpretado por el ocultismo. Otro fue Roberto Arlt, quien publicó el libro de ensayos Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, en el que da cuenta de los centros teosóficos que pululaban por ese entonces. El más contemporáneo fue Alberto Laiseca quien, como se consigna en Magia, “tenía su propio catálogo de precauciones gualichofilácticas, de medidas y alertas contra posibles daños mágicos”.