BBC (Reino Unido), 29.06.2018

Su nombre real es Josephine Iyamu (51 años) y ostentaba dos profesiones, una menos convencional que la otra: enfermera y traficante de mujeres que luego trabajarían para ella, como prostitutas.

Iyamu -quien es originaria de Liberia, pero vivía en Londres luego de obtener la ciudadanía británica en 2009- fue sentenciada por traficar cinco mujeres nigerianas, a quienes envió a Alemania para ser explotadas sexualmente, luego de someterlas a rituales de vudú.

Durante estas ceremonias las mujeres fueron forzadas a hacer juramentos en los que se comprometían a entregar dinero a Madame Sandra.

También tuvieron que comer corazones de pollo y beber sangre con gusanos.

Los miembros del jurado en Birmingham encontraron a la mujer culpable de 5 cargos, por planear y facilitar el viaje de personas con fines de explotación sexual.

La corte también la encontró culpable de obstrucción de la justicia.

Control psicológico

El fiscal Simon Davis dijo que, a través de los rituales, Iyamu logró controlar sicológicamente a sus víctimas.

La Agencia Criminal Nacional, órgano encargado de luchar contra el crimen organizado, declaró que la acusada “contrató los servicios de un sacerdote vudú” con el fin de que la ayudara a “ejercer control” sobre las víctimas, quienes fueron amenazadas de graves consecuencias si rompían sus juramentos.

La corte concluyó que Iyamu “estaba dispuesta a poner a las mujeres en riesgo de muerte o de grave peligro, durante el viaje de las traficadas de Nigeria a Europa”.

Las mujeres tenían demasiado miedo de desafiarla o dejar de pagarle los cientos de euros que Iyamu les había cobrado para ser llevadas a Alemania.

El fiscal dijo que las deudas contraídas por las víctimas habían sido impuestas mediante el uso del miedo.

Efe Ali Imaghodor, el esposo de la acusada, fue exonerado de las acusaciones que lo inculpaban de haber obstruido la justicia.

Sexo con 15 hombres al día

“Me prometió que cuando llegara a Alemania me cuidaría”, narra a la BBC Kiki, una de las víctimas que desde el anonimato accedió a contar su terrible experiencia.

Como tantas otras jóvenes nigerianas que buscan una vía de escape a la miseria, Kiki fue traficada al país europeo cuando tenía 21 años.

Trabajó clandestinamente en un burdel, donde había días en que tenía que acostarse hasta con 15 hombres para pagar la gran suma que debía a Iyamu por los gastos de su viaje.

En un inicio, Kiki pensó que los más de US$41.000 que tenía que pagar no eran una gran suma y que podía reunirlos fácilmente con un poco de trabajo, pero pronto descubrió que no era así.

Los pagos mensuales a Iyamu eran de US$1.200 aproximadamente.

“No fue fácil. Trabajaba desde las 3 de tarde hasta la 6 de la madrugada. Ella (Iyamu) solo me llamaba si necesitaba dinero”, cuenta Kiki.