El País (España), Laura Sahuquillo, 16.06.2012

Sevilla. Madrid. Quito. Y la Ruta del Sol y la ciudad de Olón. Un viaje precioso pero agotador. Era diciembre de 2009 y Mercedes Carbonell, española de 46 años, decidió darse un masaje en el hotel Samai, donde estaba alojada con su pareja y su hijo. El masajista, un estadounidense que hablaba de tratamientos naturales y chamanismo, le untó el cuerpo con un aceite. A partir de ahí, sus recuerdos se nublan. “Me desperté con mucho dolor de cabeza y muy desorientada. Tenía flases en los que veía al hombre encima de mí. Pero todo estaba tan borroso…”, relata ahora. “No podía dar un paso. Ni salir de la sala donde había ocurrido todo. Creo que pasé allí horas. Luego fui a mi habitación como sonámbula… Me lavé. Me eché lavanda…”. Vital y siempre alegre, la sevillana pasó los siguientes tres días sin articular palabra de lo que había pasado. “Estaba traumatizada. No fui capaz de contárselo a nadie. Hasta que pasado un tiempo no volví a ver al hombre, no fui plenamente consciente de que me había agredido”.

Hace 25 años a Carbonell, artista plástica, le diagnosticaron un trastorno bipolar. Está tratada y no tiene problemas, pero el temor a un brote de su enfermedad en un lugar extraño hizo que ella y su familia empaquetaran las cosas y cogieran el primer avión a España. Denunció el caso en el Consulado Ecuatoriano nada más llegar y contrató a un abogado. Este le aconsejó que llamara al presunto agresor por teléfono e intentara arrancarle una confesión. Lo hizo y envió la grabación a Interpol. En la conversación el hombre admite haberla drogado y abusado de ella. Incluso le pide perdón.

Dos meses más tarde las autoridades ecuatorianas le explican que sin una denuncia presencial en ese país no se puede hacer nada. Que debe volver para iniciar el proceso judicial por violación. Desde ese primer viaje en 2010, Carbonell ha visitado Ecuador y la fiscalía de la provincia de Santa Elena tres veces. Sin resultado. “La primera vez, tres meses después de la agresión, me llegaron a decir con sorna que fuera al ginecólogo. Pero qué iba a encontrar entonces”. De momento, el ciudadano estadounidense Eduard Tuttle está imputado por violación. Contra él hay otra denuncia. “A pesar de esto la fiscalía parece considerar que no existen elementos suficientes para actuar contra él”, dicen desde el despacho de Raúl Llerena, su abogado.

Ella no se rinde. Afirma que la mejor terapia para lo que le ha ocurrido es ver a su agresor condenado. Y ha escrito un libro sobre su caso, que se publicará en septiembre, para combatir el “dolor de espíritu”.