La América oscura

La Vanguardia (España), Francesc Peirón, 17.01.2018

Vista la fotografía a toro pasado, la imagen resulta reveladora. Los trece jóvenes –nueve chicas y cuatro varones– aparecen con la misma camiseta roja, un círculo blanco en el medio e idéntica inscripción. Sólo cambia el número: “cosa 1, cosa 2, cosa 3”…

El padre y la madre, sonrientes como sus hijos, están entre ellos. Lucen idéntica prenda, pero no se observan sus guarismos.

Se suponen que eran días felices, todos juntos, con viajes a
Disneyland –captados cerca de Mi­ckey Mouse y un castillo de cuento de hadas– o a Las Vegas, donde acudieron para que la pareja renovara los votos matrimoniales. Hasta un doble de Elvis Presley les felicitó. Así se constata en sus alegres exhibiciones en Facebook.

Una gran familia que, no se sabe todavía cómo, transformó su hogar en la casa de los horrores.

David Turpin y Louise Anna Turpin, de 57 y 49 años, se hallan detenidos por presuntos malos tratos. Les han impuesto una fianza de nueve millones de dólares a cada uno, si quieren salir en libertad condicional, por cargos de tortura y poner en peligro la vida de sus hijos (se cree que todos descendientes biológicos) en su vivienda de Perris, comunidad californiana de 75.000 residentes a 100 kilómetros de Los Ángeles.

A los policías les costó entender la escena: niños y jóvenes desnutridos, de entre dos y 29 años, de aspecto lamentable, en un escenario pútrido y a oscuras, varios de ellos encadenados a las camas, incluso con candados.

Los uniformados llegaron hasta esta vivienda de la calle Muir Woods Road tras recibir el domingo una llamada en el 911. La pista la recibieron de una de las hijas que escapó del cautiverio saltando por la ventana. Se comunicó desde un móvil que encontró en el inmueble.

Al llegar, los agentes pensaron que la niña no tenía más de diez años, por su aspecto demacrado y su poco tamaño. Tenía 17. Una vez dentro, y confirmado lo que les describió la adolescente, no pensaron que hubiera ningún crío mayor de edad. Sin embargo, había siete adultos, de 18 a 29 años. Los uniformados les proveyeron de comida y bebida antes de trasladarlos a un hospital.

“Todos se hallan en estado muy estable y evolucionan bien considerando la magnitud de lo que se ha descrito”, afirmó Mark Uffer, director del centro hospitalario. “Son muy amigables”, recalcó.

Este es un retrato americano. Ni los vecinos, que no los veían, pese a ser una tribu, con niños en edad de jugar en la calle, ni el resto de la familia –hace cuatro o cinco años que no coincidían– sabían lo que sucedía. Ayer todo era una triste sorpresa, en una sociedad rendida a la comunicación virtual, aunque incomunicada en la realidad del puerta a puerta.

Una sociedad que además prefiere esconder el fracaso. A él lo despidieron en el 2011 de un trabajo bien remunerado y, por dos veces, se declaró en bancarrota, figura legal atribuible a particulares en Estados Unidos.

Residieron en Texas hasta el 2014. Según los documentos públicos, David Turpin estuvo empleado como ingeniero en Northrop Grumman, compañía de tecnología aeronáutica y de defensa, donde recibía un buen salario, pero tenía problemas debido a la amplitud de su familia. La esposa consta como ama de casa. “Se quedó perpleja al aparecer los agentes”, dijo el sheriff.

En los papeles judiciales se indica que esa nómina ascendía a 140.000 dólares anuales en el 2011. Los gastos eran superiores, con más de 1.000 dólares mensuales en la hipoteca por la casa de Perris.

La compañía Locker Martin, otra empresa aeroespacial, indicó que Turpin trabajó para esta firma hasta el 2010.

“Tanto yo como mi mujer, Nancy, que me acompañó a las entrevistas, siempre pensamos que los Turpin eran encantadores, con alta estima por sus niños”, sostuvo en Los Angeles Times el abogado Ivan Trahan, que les representó en la bancarrota del 2011. “Parecían gente normal caída en complicaciones financieras”.

La misma dependencia en que fueron descubiertos sus hijos –el edificio es tipo rancho– consta en el Departamento de Educación como la localización de la escuela Sandcastle. Turpin está registrado como el director. En el último curso escolar hubo apuntados seis estudiantes, de sexto a decimosegundo grado.

Un elemento remarcable que describe el contexto. James y Betty, los abuelos paternos, residentes en West Virginia, se mostraron perplejos al saber la noticia, pese que hacía mucho que no veían ni a su hijo ni a su nuera.

En la ABC sostuvieron que la familia de su hijo era profundamente religiosa y que Dios le había llamado a salvar a tantos niños como pudieran. Sus nietos no iban a la escuela y eran educados en el hogar.

“No me lo puedo creer, no puedo creer que esto suceda aquí, es muy triste”, declaró la vecina Jennifer Luna. Otros como ella destacaron que en esta comunidad los vecinos se preocupan mucho los unos por los otros. Por eso el shock.

Pero los residentes cerca del domicilio de los Turpin reconocieron que no tenían ni idea de lo que ocurría en el interior de ese hogar. Kimberly Milligan, que vive al otro lado de la calle, relató a la prensa que, al poco de mudarse ahí, observó a una mujer, en referencia a la ahora detenida, acompañada por un niño al que no vio más.

Otras veces observó a otros, que llegaban en coche con sus padres. Le llamó la atención su palidez. Aunque eran tantos en esa casa, no salían a jugar. “Daba la sensación –reiteró– de que había algo raro, pero no pensé nada malo”.