El nuevo chamanismo y la explotación de las plantas maestras en México

VICE (México), Brun González, 9.01.2018

La cultura psiquedélica está fuertemente arraigada en México y toda la región de Latinoamérica. Esto se puede ver en el uso de plantas sagradas como el peyote, los hongos y más al sur, la ayahuasca y el wachuma, además de muchas otras plantas maestras que están presentes en el saber y la práctica tradicional de los distintos grupos indígenas a lo largo del continente.

En México esto se traduce, entre otras muchas cosas, en el turismo psicoactivo alrededor de Huautla y una explotación no sustentable del peyote en la mayoría de las zonas del país en donde crece. La erosión del saber tradicional —que empezó a tener un ritmo acelerado alrededor de la conquista y la colonia—, ha convertido muchas estructuras de las prácticas tradicionales en vestigios incompletos de sistemas mucho más complejos e intrincados. Si no nos replanteamos nuestra relación con las personas, las tradiciones, las estructuras de conocimiento, las plantas y sus ecosistemas, éstas podrían desaparecer por completo.

Hoy podemos ver que la proximidad de estas plantas, sumado a la sombra cultural del uso medicinal y ritual de las especies locales de hongos y peyote, ha permitido que se genere un terreno fértil para el florecimiento de otras prácticas culturales que históricamente no parecen haber estado presentes en estas tierras. Entre éstas encontramos las ceremonias de ayahuasca e incluso los modelos de tratamiento para la interrupción las adicciones con Iboga e Ibogaína, que han mostrado resultados muy prometedores. Además, los procesos en México han facilitado que se vaya consolidando la red de terapeutas en el país y el mundo a través de la creación de directrices clínicas y protocolos de seguridad para lograr expandir el acceso a estas medicinas.

Otro ejemplo de estos fenómenos complejos que están sucediendo en nuestro país es el uso del sapo Bufo alvarius/Incilius alvarius del Desierto de Sonora. Este anfibio segrega de forma natural un “veneno” o “sudor” a través de unas glándulas en su espalda. Esta resina tiene altos contenidos de 5-MeO-DMT.

Bajo el argumento de que se había olvidado la medicina y que se reconecta con ella en estos tiempos modernos —a pesar de que el uso de esta medicina requiere de los utensilios para fumar cristal y piedra, y no hay ninguna explicación plausible de cómo era su uso en tiempos antiguos— se hacen interpretaciones extravagantes acerca de la mitología de las distintas civilizaciones así como una supuesta reapropiación de una medicina en una comunidad indígena con raíces ancestrales. En el caso del sapo, es bastante debatible el que tuviera un uso ancestral tradicional como parece insinuarse en algunos discursos.

Así como la etiqueta de “Medicina Ancestral” abre la puerta a muchas nuevas prácticas, el neochamanismo —o el proceso de mercar la experiencia chamánica bajo la premsa de sanación y liberación espiritual—, también se hace evidente en los negocios de ayahuasca en México. Estas personas que actúan descuidadamente y sin ningún compromiso por la sanación o el bienestar real de las personas, sino puramente a través del interés económico, han generado una preocupación compartida entre representantes de los concejos indígenas y de medicina tradicional mexicana, latinoamericana y del mundo entero.

La distorsión de las formas tradicionales para incluirlas al mercado moderno está creando un panorama bastante turbio y complejo debido a la falta de transparencia, rendición de cuentas y los abusos de confianza o de la posición de poder que el rol de “neochamán” puede ofrecer. Las acciones de unas cuantas personas están ya teniendo un impacto negativo que se extiende rápidamente y que está amenazando la posibilidad de acercar estas medicinas tan importantes y necesarias a más personas de manera segura, a través de redes de confianza, como sucede en los contextos tradicionales.

Las plantas y sustancias psiquedélicas que generalmente son las responsables de los efectos fisiológicos y psico-espirituales dentro de estas ceremonias te dejan en una situación de total vulnerabilidad, a lo que usualmente responde la función de la persona que “cuida” o que “guía” la ceremonia o la sanación. En una metáfora bastante acertada, ir a la ceremonia es como colocar tu vida en manos de la persona que la está conduciendo.

Por esto, antes de ir a una ceremonia es importante conocer sobre las personas que van a desempeñar este rol. Los hombres y mujeres medicina están aquí para ayudarnos a sanar y reconectar, de la misma forma que las plantas y las medicinas. Si lo pensamos así, es fácil ver por qué el dinero y el reconocimiento nunca están involucrados en una práctica honesta de sanación. Hay que cuidarse de los farsantes, infórmase, protégese.

Otra forma de entender estos riesgos es pensar en los accidentes relacionados con algunos usos que se pueden dar a estas mismas plantas. Éstos se están volviendo cada vez más cotidianos y en su mayoría se presentan durante el uso experimental, por ser el más descuidado. En estos casos, los accidentes pueden resultar de sustancias adulteradas y mezclas imprevistas que pudieran causar reacciones adversas. En muchas ocasiones, la persona que ofrece esta sustancia a sus amigos no tiene conocimiento sobre el contenido de lo que les está facilitando y no tiene la intención de lastimar o provocar algún daño en los demás. Pero también en las ceremonias de ayahuasca o clínicas de Ibogaína se han presentado casos de contaminación de las medicinas.

Identificar cuando hay intenciones dudosas y cuando hay o no una formación real en el manejo tradicional de esas plantas o medicinas pueden ser factores de vida o muerte. La información nos puede evitar accidentes, tragedias y malos ratos.

Al cambiar nuestro entendimiento sobre los riesgos reales y los beneficios potenciales que el uso de cualquier tecnología nos puede traer, incluyendo las prácticas construidas alrededor del uso de las plantas maestras, podemos aprovechar de mejor manera el conocimiento, los recursos y las herramientas en pro de la sanación y el bien común.

En México el tema de drogas o sustancias psicoactivas se ha convertido en una gran red de situaciones sociales, culturales, económicas y políticas que atraviesa todas las áreas de la vida; desde las campañas de prevención que implementa el ejército, los carteles olvidados con el lema “Para que las drogas no lleguen a tus hijos” hasta la estela de sangre que han dejado las miles de personas desaparecidas, desplazadas y ejecutadas por el crimen organizado o las fuerzas del Estado.

Aunque tenemos una gran riqueza natural de plantas y sustancias psicoactivas, las dinámicas de mercado que se han desarrollado en la última década han generado una situación compleja y abrumadora que se ve reflejada en cambios culturales, tendencias y patrones en el comportamiento de las distintas poblaciones en nuestro país.

 

Así como por un lado se ha exacerbado el uso de la violencia y las técnicas de ideación del terror, por otro han surgido iniciativas y respuestas que buscan desarrollar herramientas teóricas y prácticas colectivas para hacer frente a estas problemáticas a través del conocimiento, la información, el pragmatismo y el fortalecimiento de la comunidad. En los últimos diez años, uno de los cambios más relevantes en las temáticas relacionadas con las drogas en México es el fortalecimiento de las estrategias y las iniciativas de reducción de daños y la expansión del alcance de una comunidad que se libera de las referencias históricas y se adentra en los mares desconocidos de las Nuevas Sustancias Psicoactivas y los químicos experimentales de investigación.

La reducción de daños de espectro completo desde el sur global se ha venido trabajando como una perspectiva que permite incluir los distintos impactos negativos de las políticas y las dinámicas sociales que involucran a las sustancias psicoactivas. Se busca atenderlas con la misma o mayor prioridad que cualquier daño potencial que pueda surgir del uso de estas plantas y sustancias, tomando en cuenta los impactos culturales y ambientales, además de los impactos a la salud de las personas y sus comunidades. Todos podemos ayudar a reconstruir los conceptos colectivos que sostienen lo que entendemos por “drogas”. Esto nos permitirá relacionarnos con estas sustancias y herramientas, no desde el miedo sino desde el sentido común y la experiencia.